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Inicio arrow Misticismo arrow Los caminos de Cristo en la conciencia humana y en el mundo 19 noviembre 2017
Los caminos de Cristo en la conciencia humana y en el mundo Imprimir E-Mail
Índice del Artículo
Los caminos de Cristo en la conciencia humana y en el mundo
Página 2
Un recorrido por los textos; se puede acceder a los capítulos también desde aquí: Para los capítulos referidos más abajo (en el índice), primero debe estar cargada la página completa.
1.  INTRODUCCIÓN al sentido y uso de este texto, con consejos metódicos para la meditación, entre otras cosas
2.  „En un principio fue el Verbo" „y el Verbo se hizo carne..."
3.  Jesús de Nazaret: su nacimiento
4.  ¿Hay algo interesante en los años de juventud de Jesús?
5.  Comentario en torno al debate sobre los „dos niños Jesús“
6.  Sobre el bautismo en el Jordán por Juan el Bautista
7.  El silencio en el desierto
8.  Las tentaciones
9.  La boda de Caná
10.(Puntos de vista sobre la sexualidad, la simpatía, la comprensión y el amor)
11.La „ira sagrada“ (y puntos de vista sobre las emociones)
12.Sobre el Sermón de la Montaña (Mt. 5; con puntos de vista sobre el entendimiento)
13.La Transfiguración de Cristo sobre el monte Tabor (Mt.17)
14.La cuestión de los „milagros“
15.La resurrección de Lázaro

16.„Las ovejas"
17.Cristo y el lavatorio de pies; y la unción en Betania
18.La Última Cena, arresto y flagelación 
19.La coronación de espinas y el discurso de despedida
20.Crucifixión y sepultura 
21.La cuestión sobre el sepulcro vacío, la „bajada a los infiernos“ y la „ascensión al paraíso“
22.La resurrección
23.La „ascensión al cielo"
24.El suceso de la Pascua de Pentecostés
25.Un retrato de Jesús


Introducción al sentido y uso de este texto.

Durante dos mil años (y si se tienen en cuenta anteriores profecías, aún algunos milenios más) hay hombres que dan testimonio de sus diversas y directas experiencias de Cristo. A pesar de la diversidad de caracteres, y de los diferentes entornos religiosos, filosóficos o científicos, con independencia unos casos de otros, todos muestran algo común. Hablan de la realidad siempre presente de Cristo; también, a veces, de la posibilidad para otros, de prepararse para experiencias similares; y de las capacidades que, en estos 2000 años de desarrollo de la humanidad, han surgido por intercesión de Cristo, capacidades que exceden el mero ámbito histórico-cultural. Aquí, de una forma novedosa y con todo detalle, seguiremos la senda de estas etapas de „crecimiento", que no sólo es teórica, sino de práctica asunción.

En el siglo XII, el abad Joaquín de Fiore profetizó una "Era del Espíritu Santo" en la que una acorde relación con Dios, independientemente de las instituciones, llegaría a ser bien común de los individuos. Hoy día se extienden por todo el mundo diversos intentos que no sólo promueven la correspondiente metamorfosis de Cristo en los hombres, sino que ven al individuo como célula que cobra consciencia en el „cuerpo de Cristo".

La „segunda venida de Cristo" y el „apocalipsis" del presente, en tanto que sucesos a gran escala, puestos a veces en relación con todo esto, apuntan a algo aún mayor que a una „reencarnación" entendida en términos humanos.

Qué específicas posibilidades de desarrollo para el ser humano y la tierra pueden encontrarse en todo ello que no se dieran ya antes de la vida terrenal de Jesús es la cuestión a la que esta contribución se asoma reuniendo, como iniciativa, propuestas de solución.

Justo en un tiempo,

- en el que el fenómeno Jesucristo se aborda desde muchas y diversas teologías y dogmas, desde los enfoques de la ciencia lingüística, histórico-críticos, arqueológicos y paleográficos, sociorreligiosos y de la psicología del inconsciente, científico-naturales, políticos, etc.

- en el que, al igual que en los tiempos del primer cristianismo, se da, junto al viejo escenario materialista, otro espiritual y muy diverso, corrientes ambas que producen tanto accesos fluidos al cristianismo como distanciamientos de él.

- en el que se dan las más desconcertantes apariciones, como, p. ej., varios presuntos Cristos corporeizados en el presente, y en el que tan a menudo se ponen en relación con el nombre de Cristo desde cuestiones harto problemáticas, si no ya negativas, puede resultar importante discernir cuál podría ser exactamente la especial contribución de Cristo en medio de esta maraña. 

Aquí se hará referencia a experiencias interiores propias, así como a diversas fuentes místicas, entre otras. Las perspectivas empleadas son interdisciplinares, proceden de muchos ámbitos del conocimiento y la experiencia, es decir, no son sólo teológicas. En lo que refiere a puntos de vista espirituales, no se debe servir a ninguna pseudointerioridad separada de la conciencia política. Por ello, los dogmas del pensamiento mecanicista propio de las ciencias naturales del pasado siglo no pueden, claro está, aceptarse como límites del marco de consideración; ni tampoco las doctrinas procedentes del ámbito oriental que parten de que no hay nada que no estuviera ya en los ancestrales Vedas indios, y de que Jesús no fue más que un „maestro eventual de tercera clase" de los mismos. De las referencias a libros u otras fuentes que aparecen en el texto, sólo con el fin de establecer comparaciones o de complementarlo, no se pueden derivar tales conclusiones y, de este modo, esos libros o preconcepciones teológicas tampoco son imprescindibles para su comprensión. (Lo mismo puede decirse de la lista de libros, ahora en confección, para los interesados en teología, v. a la izquierda). No hay nada que deba ser interpretado como dogma u opinión de alguna organización religiosa pública. No se dirige contra ninguna iglesia o comunidad religiosa, tampoco, p. ej., contra la confesión apostólica. Este escrito, ni dogmático ni materialistamente superficial, puede resultarle igualmente provechoso a personas de otra procedencia religiosa o ideológica, con una actitud positiva hacia los nuevos desarrollos del ámbito cristiano.  Por ello, se hace referencia también a la relación en que están los caminos cristianos con respecto a otras propuestas. A semejanza, en parte, del Evangelio de Juan que, en una lengua comprensible para aquellos que en su tiempo buscaban conocer, profundiza en lo específicamente cristiano, este escrito presenta aportaciones de diversos ámbitos. En su estilo, el escrito es también algo desenvuelto; la investigación es cosa diferente de la misión. Aquellos cristianos que prefieren la fe más sencilla a las profundas reflexiones, quizá aprendan con este escrito cómo lograr un diálogo más fluido con personas de su entorno de diferente actitud o confesión, sin que surjan constantemente malentendidos.

El libro sólo quiere transmitir lo que sus contenidos expresan.

 „Debo aún deciros mucho, pero vosotros no podrías sobrellevarlo. Pero aquel, el Espíritu de la Verdad, vendrá y os guiará en la verdad" (Jn.16:12-13). Que este espíritu inspire este proyecto.

Consejo metodológico.

Los siguientes 37 capítulos siguen los pasos de los Evangelios y el Apocalipsis de Juan. Se recomienda no perder de vista esta secuencia, sirviéndose, entre otros medios, del Evangelio de Juan y del Apocalipsis.
El estudio bíblico, es decir, la atenta lectura de los textos, tanto desde el punto de vista filológico como referencial, es tan sólo uno de los métodos. Durante el estudio, los capítulos del texto, y no en menor medida Dios, pueden darnos un conocimiento más profundo.

La página web consta de un largo texto ininterrumpido, a cuyos capítulos también se puede acceder desde el índice. Para un estudio más profundo, se recomienda imprimir el texto: según la configuración del browser y la impresora serán unas 55 páginas (parte1).
Quien, más allá de la simple lectura, esté interesado en seguir un método de trabajo integral (que incluya capas desatendidas del alma), puede, luego del estudio de un capítulo de estas concentradas reflexiones, leer el correspondiente capítulo, p. ej., del Evangelio de Juan, y meditar sobre él. (Juan o sus discípulos se ocuparon especialmente del más profundo significado espiritual de lo sucedido.)

„Al principio fue el Verbo (del griego logos) ... y el Verbo se hizo carne..." (Jn. 1).

Originalmente, el fin de tales representaciones no era excluir la figura humana de Jesús, sino que expresaban su íntima conexión con Dios y con el curso de la creación. De qué clase sea esta conexión, eso sí, puede interpretarse de formas diversas; pero despacharla de antemano como incomprensible e inauténtica es un recurso inaceptable. Algo similar se encuentra en el Evangelio de Juan 1, Jn. 5, Jn. 6, 69, Jn. 7 ..., en Mateo 16,16, en la Carta a los Colosenses y en la Carta a los Efesios, etc.; está aún viva en los padres de la Iglesia, en místicos como Jakob Böhme, Rudolf Steiner (Helsingfors 1912), y renace en los „Escritos esotéricos " del sabio cristiano „Daskalos", así como en los libros de los teólogos americanos Matthew Fox „La Gran Bendición" y „Visión del Cristo Cósmico ", y también en las sesiones, p. ej., de la Academia evangélica de Bad Boll sobre la cuestión del „Cristo cósmico" entre otras.

En la iglesia católica y, en parte, en la iglesia evangélica, se trató de conservar por medio de principios doctrinales la cada vez menor proximidad a ese plano de la tradición oral. Otras partes de las iglesias evangélicas, que enfatizaban la acción social de Jesús, optaron por renunciar a ella, interpretándola como una „sobremagnificación divina" de Jesús. En las doctrinas de origen hindú, el concepto de los „avataras" (descensos) en diversos niveles, puede servir de comparación. Se juzga que hay hombres que no se hallan en la tierra a fin de llevar su propia vida, sino que, voluntariamente, tratan de contribuir al progreso de un pueblo o de la humanidad misma; como si se tratara de gotas de la „perfección divina". En estas concepciones, la diferencia entre estos „avataras" secuenciales con frecuencia se desvanece, mientras que la concepción judía y cristiana enfatiza el „Dios de la historia", el aspecto del progreso, así como el del especial papel, aparejado con ello, del „Mesías". 

Debe observarse que el Corán, en diversos lugares, reconoce a Jesucristo como profeta enviado de Dios y también como „palabra" de Dios, „creado como Adán". En una correcta lectura del Islam, en todo caso, se le concede un papel mucho más relevante que aquél que le han adjudicado ciertos teólogos cristianos modernos, ¡que sólo ven en Jesús un reformador social! Sólo la doctrina de la filiación divina de Jesús (interpretada de forma excesivamente terrenal por los cristianos del tiempo de Mahoma), en el contexto del posterior dogma de la Trinidad, es lo único que el Corán no aceptó. Apenas hubo cristianos que pudieran explicar verdaderamente lo que se pretendía decir con ello, de forma que otros hombres con diferentes concepciones lo hubiesen podido comprender (v. página adicional "Jesús y el Islam").

No debe olvidarse, en primer lugar, que este lado del enigma de Cristo no procede con frecuencia del pensamiento especulativo, sino de experiencias límite visionarias, tal y como se aprecia, p. ej., en Jakob Böhme, quien ciertamente tenía además la rara habilidad de elaborar conceptualmente lo experienciado. Aunque todas las experiencias de tipo espiritual precisan de una elaboración (auto-)crítica, considerar que tales vivencias pueden juzgarse sin que se dé un plano de percepción de esa naturaleza está abocado al fracaso como método inapropiado.

 En la página alemana e inglesa, se inserta un extracto del Evangelio de Juan, comienzo del capítulo 1.

La meditación evangélica se describe en la introducción bajo el rótulo de "Consejos metodológicos". Este texto se empleó especialmente para entrar, como receptor bien predispuesto, en sintonía con Cristo, y no para entrar en contacto con aquellas fuerzas que sólo presuntamente se dicen cristianas. El texto está basado en un vieja traducción luterana, con la que se cotejaron diversas traducciones. El testo original es griego. A continuación, se vertió el antiguo texto griego en una transcripción propia, para dejar percibir de forma más clara la fuerza de las palabras o „cadencia". Para la meditación, sin embargo, se emplea el texto en la correspondiente lengua materna. Para los restantes pasajes del Evangelio y del propio Apocalipsis, remitimos a las Biblias disponibles. 

 

 Jesús de Nazaret: su nacimiento.

Siguiendo la secuencia de los Evangelios, abordamos ahora sucesos más humanos. El nacimiento de Jesús está tradicionalmente ligado a la celebración de la Navidad (si bien, en algunos sitios, estas fiestas apenas si aluden a este origen), Lc. 1, 26 y ss.; Mt. 1, 18 y ss. A la luz del crucial significado de los posteriores „tres años de enseñanza" de Jesús, deberíamos preguntarnos por qué los teólogos dedican hoy tanto esfuerzo a cuestionar el nacimiento virginal de Jesús. Mientras que el temprano gnosticismo ultraterreno se decantaba por abrazar la opinión de que Jesús sólo había tenido un „cuerpo aparente", otras corrientes llegaron en este punto a la común opinión de que Jesús debía atravesar todas las etapas de una forma viva humana, aportando, al mismo tiempo y de forma ejemplar determinados modelos. En esta discusión, si de lo que se trata es de buscar la verdad, se echa de menos, desde luego, una mayor apertura de miras. En un tiempo en el que, en conexión con la transformación de la sexualidad y el amor, aparecen nuevos puntos de vista extraídos, en parte, de prácticas orientales, y que recuerdan los viejos usos en los templos, no parece tan descabellado conceder a la tradición oral un núcleo de verdad. Los budistas, que atribuyen extraordinarias circunstancias al nacimiento de Buda, no tendrían ninguna dificultad para aceptar un „nacimiento virginal" de Jesús, ni tampoco para aceptar una virginidad en un sentido predominantemente espiritual, tal y como, p. ej., Steiner señala. Al igual que la Biblia menciona un ángel, el Corán habla de un „enviado de Dios" por cuyo medio se opera el nacimiento de Jesús a través del cuerpo de la Virgen María.

Podría resultar que este rasgo de la naturaleza de Cristo, el de no ajustarse a ningún rígido esquema de pensamiento, está ya anunciándose aquí. Sin duda, en el posterior transcurso de su vida, reconoceremos con mayor claridad atributos específicos. También abordaremos entonces el significado de la posibilidad de „volver a nacer" en vida con Cristo.

 En la página alemana e inglesa, se inserta un extracto del Evangelio de Juan, 3, 5-8: el nuevo nacimiento.

  No se trata de una parábola. Es uno de esos pasajes bíblicos „apenas comprensible", pero con un significado totalmente preciso y muy importante para aquéllos que poseyeron experiencias y saberes como para poder, probablemente, lograrlo. Jesús no se dirige a aquéllos individuos que, del significado de sus palabras, desde el primer momento, nada hubieran podido sospechar o aprovechar. En el curso de los capítulos de nuestro texto principal, p. ej.,. en "El silencio en el desierto", y en "La transfiguración", entre otros, se describirá algo que puede contribuir a hacer más accesible el tema del "nuevo nacimiento".

También, para el que buscaba en esta dirección, aunque de forma menos directa, las fiestas de Navidad tenían, especialmente en tiempos pasados y más sosegados, algo que ver con ello. Las fiestas del „año eclesiástico", en este caso, el tiempo de Adviento, ponían a la comunidad en sintonía con una interiorización plástica del nacimiento de Cristo, de igual modo que el tiempo de Cuaresma preparaba espiritualmente para la fiesta de la Pascua. Así, al correr de los años, podía experimentarse (si bien no comprenderse plenamente) algo que en nuestro tiempo actual, mucho más apartado de todo ello, casi tan sólo puede vivirse por medio de la meditación intensiva o prolongadas sesiones de oración.

La Navidad es, en sentido amplio, una fiesta del amor y un recordatorio de que Jesús ha sido un don concedido a la humanidad. Todo ello no cambia, empero, el sentido profundo, pues todos los pasos en la vida de Jesús son igualmente asimilables. Cfr., además, el capítulo „Y el Verbo se hizo carne" en el texto principal.

 

¿Hay algo interesante en los años de juventud de Jesús.

También a este tema se le ha concedido a veces, esta vez en algunos escritos espirituales modernos, un significado desproporcionado. La Biblia tan sólo relata la alabanza del sabio Simeón y la admiración de los doctores ante el niño de 12 años, Lc. 2, 29 - 51. El más auténtico de entre los „evangelios de la infancia" apócrifos, el „Evangelio de Jacobo", conservado en fragmentos y reelaboraciones (la última de Lorber-Verlag), contiene, sin embargo, simbólicas escenas y encuentros. Nada hay en él que justifique, sin embargo -tal y como sostiene una tesis moderna- la afirmación de que Jesús lo había aprendido todo de los esenios, o de la comunidad del Qumrán relacionada, en parte, con aquéllos, o, según otros, en los templos de Egipto o de Grecia, o, al decir de otros, en la India, etc. A la vista de puntos de apoyo, podría resultar provechoso activar la fantasía creativa, siempre y cuando ésta no condujera a nuevos y precipitados dogmas. Así, carece de toda base ofrecer un perfil de Jesús, según el cual éste habría conocido a fondo no ésta o aquella, sino todas las corrientes espirituales fundamentales de su tiempo y, a partir de ello, habría desarrollado, en cada caso, aquello que debía el mismo desarrollar desde su propio interior y que no podía ser idéntico a lo que otros creyeron que era lo apropiado. Se trata de una experiencia fundamental, que para el niño es íntegramente asimilable y que algunos conocen a la perfección. Excede los planos conceptos psicológicos de „impronta" y comportamiento. En el caso de destacados individuos y místicos es algo muy habitual. Ya en la más tierna infancia puede manifestarse de forma rudimentaria. Una descripción, si bien algo fantástica, en esta dirección lo constituye el así llamado „Evangelio de Acuario" de Levi (1908).

R. Steiner describe en el así llamado „Quinto Evangelio" una escena según la cual, para el Jesús anterior al bautismo en el Jordán, era ya estremecedoramente claro que, en los nuevos tiempos, las labores de órdenes esotéricas, herméticamente apartadas del mundo exterior, como la de los esenios, podía ser contraproducente. Su observancia de la Ley, que implicaba numerosas reglas de purificación corporales, éticas y espirituales, les mantenía tan sólo a ellos libres de influencias negativas, pero éstas cada vez afectaban más a su entorno. Al menos, en el posterior curso de la vida de Jesús encontramos también un impulso fundamental, documentado en la Biblia, el de „estar en el mundo, pero no ser del mundo" y el de incluir al mundo en el propio desarrollo. Así se explica, entre otras cosas, que Jesús, a la postre, enseñara algo que, en otros tiempos, habría quedado reservado al secreto; lo cual no está en contradicción con que ciertas enseñanzas fueran enseñadas en primer lugar en sencillo lenguaje a los discípulos mejor preparados.

Frente a las antiguas tradiciones mistéricas, basadas en la más rígida regla del silencio, aparece aquí, de hecho, una importante novedad histórica. Resulta llamativo que algo similar aconteciera, p. ej., en las nuevas orientaciones del budismo mahayana, donde de repente se enfatiza de forma notoria la compasión para con todas las criaturas. Pero sólo en nuestro tiempo se ha convertido en hecho cotidiano la posibilidad de que al fin todos tenga acceso a las profundidades espirituales. Ahora nadie puede decir que él/ella no había oído nada al respecto. Del hecho de que, pese a todo, la actual colección sobre esoterismo del quiosco de la estación sea aún tan superficial se desprende que esta tendencia aún tardará en realizarse por completo. En este sentido, está claro que, p. ej., la práctica de guardar secreto propia de la biblioteca vaticana tiene carácter „precristiano".  

 

Comentario en torno al debate sobre los „dos niños Jesús".

Aquí habría de mencionarse la teoría de los dos „niños Jesús", la interpretación de Steiner de las dos historias genealógicas, la de Mateo y la de Lucas. Puesto que nadie discute que la naturaleza divina de Cristo sólo se manifestó en un hombre, resulta algo cómico ver cómo el intelecto, tanto de antropósofos como teólogos, oscila aquí en medio de una cuestión crucial „1 ó 2". Se trataba de algo distinto, a saber, de cómo la encarnación de Cristo y su entorno vital vino acompañado por fuerzas de sabios de diferentes culturas: Adán, Krishna, Buda, Zaratustra. Dado que los objetos de investigación espirituales pueden ser mucho más alambicados de lo que en las teorías profanas se aprecia, los informes concretos de la literatura no siempre son más exactos que esos mismos puntos de vista comunes.  

 

Sobre el bautismo en el Jordán por Juan el bautista.

La forma originaria del bautismo no era un acto simbólico ni una declaración de pertenencia a una comunidad religiosas. La inmersión guiada por el experto, en este caso, Juan el Bautista, proseguía a menudo hasta casi el ahogamiento, de forma que representaba una verdadera experiencia límite. En este sentido, se asemejaba a las antiguas „iniciaciones", o más precisamente, a las „pruebas iniciáticas"; sólo que aquí las posibles vivencias psíquicas no eran el fin último, ni se trataba de un método para superar el miedo a la muerte, sino que el bautismo confirmaba una apelación al „arrepentimiento "; o dicho más correctamente al „retorno", a saber, a la voluntad del Dios creador, cuyo „reino de los cielos" se anunciaba „en camino", Mt. 3, Jn. 1.

Cuando Jesús pide el bautismo, Juan no se cree capaz de servir de ayuda; accede, pero, no teniendo ya ningún control sobre la ocasión, se limita a contemplar con otros cómo sobre Jesús sobreviene una transformación mayor de la que él mismo habría podido operar. Ya había anunciado la posibilidad de una clase superior de bautismo, por el fuego, de la mano de Uno que viene tras él, y ahora ve el „Espíritu de Dios" descender sobre Jesús. Los esotéricos cristianos vieron en ello el efectivo „nacimiento de Cristo en Jesús"; esto no implica, sin embargo, la teoría a veces defendida de que Jesús y Cristo habían sido hasta entonces dos seres sin ninguna conexión el uno con el otro.

En general, el bautismo, especialmente el „bautismo del espíritu" (el término se emplea de diferentes maneras, p. ej., en las iglesias libres) debe entenderse como el acceso a un „nuevo nacimiento" de la persona, Jn. 3. Por su posible confusión con el de „reencarnación", no se empleará aquí el concepto de „renacimiento", más difundido entre los enfoques cristianos; no quiere decirse con ello que la cuestión de la reencarnación no asome en la Biblia. Mt. 11,14, p. ej., es susceptible de una interpretación en esta línea.

En lugar de entablar debates teológico-teóricos sobre con el fin de determinar el carácter del bautismo, por una vez el interés podría dirigirse hacia el significado práctico que para el hombre puede tener tal „nuevo nacimiento". Puede, desde un estrato profundo de su ser, iniciar su entera vida, sentirla e iluminarla; desde una capa del ser que está dirigida a Dios. En el hombre, Dios puede „tomar forma", y el hombre reconocerse más claramente como „vivo retrato" suyo o, tal y como lo expresan los místicos, la „chispa de Cristo" en el corazón puede llenarse con vida y comenzar a crecer en el hombre. El hombre que en la meditación se ocupe con ello puede percibir esto en al figura de un niño que realmente se desarrolla, o también en la de un niño con su madre, como figura del alma. A diferencia de la imagen pasajera creada como ejercicio, se da aquí un progreso que refleja los desarrollos interiores en el hombre y que no pueden ya provocarse a voluntad. Este niño interior se hará mayor más tarde y más tarde seguirá presente de forma permanente en la conciencia.

En el caso de personas menos dotadas imaginativamente, el mismo fenómeno puede expresarse a través de sentimientos internos o impresiones de tipo mental, tal vez a través los mismos desarrollos de la vida. Obras de arte como la „Virgen sixtina" pueden haber aparecido como visiones y por ello pueden servir de ayuda para lograr acceder a la realidades interiores.

Aunque de otra forma, Lorber distingue tres niveles en el „Camino hacia el renacimiento espiritual" (Lorber-Verlag).

Lo mismo puede decirse de la consideración meditativa, p. ej., del Evangelio de Juan, una práctica que hoy en día apenas si puede verse. En la misma, se trabaja un capítulo hasta que algo profundo surge, ya meditativa u oníricamente, se esclarece y se puede trasladar a la vida. Véase los „Consejos metodológicos" en el capítulo introductorio.

Puede aquí apreciarse otro rasgo esencial de uno de los caminos de Jesús: el desarrollo y su medida se traslada al individuo. Éste puede, desde sí y en intercambio con la vida, desplegarlo todo, sin requerir obligatoriamente de una institución que intermedie para su salvación. Esto no excluye el consejo fraternal de otros. El propósito del camino es la „imitación", la „asimilación".

Esta clase de vivencia „interior", sin embargo, no debe entenderse como sucedánea de la oración a un Dios „externo": „Permaneced en mí y yo en vosotros ", Jn. 15.

Una vez hubo Jesús iniciado sus enseñanzas, ya incluso después del „bautismo espiritual" de la experiencia de la Pascua de Pentecostés, no era necesidad obligada proseguir con la práctica del bautismo. Incluso en el mismo caso de Jesús, se trataba tan sólo de un signo externo de una fase de desarrollo madurada ya en su interior. Si el movimiento del Bautista enseñaba „arrepentíos y bautizaos", los discípulos de Jesús, tras la fusión con aquel movimiento, enseñan „creed", es decir, abríos a la fuerza de la fe, y „ bautizaos ". Entre otras cosas, se trataba de una concesión a los seguidores del Bautista. En cualquier caso, se podía ya empezar desde algo positivo. Ambas corrientes bautizaban adultos que podían tomar ya la decisión por sí mismos. Lo que no excluye que, desde hace 2000 años, se perpetuara como una clase de bendición también para recién nacidos, como un „derecho de nacimiento"; pero habría resultado más adecuado con su fin distinguir esta práctica del verdadero bautismo y también de la cuestión de la afiliación a una determinada iglesia. De esta forma se habrían resuelto por sí solas todas las disputas en torno a esta cuestión.

Con la inevitable propensión, presente por doquier en el antiguo Israel, a concebir al anunciado Mesías como rey, el bautismo se percibió también como la entrada en el nuevo Reino. Resultó casi vano el intento de explicar en aquel entonces a los hombres que no se trataba, sin embargo, de un reino nacional real, ni tampoco de una organización eclesiástica pública, sino de la comunidad de aquéllos que reconocían a Dios como Padre y, por ende, a sí mismos como hijos/hijas renacidos en sus almas en el seno del Padre. Esta seguridad, ligada a la actitud fraternal de estos „hijos" e „hijas" entre sí y para con el Hijo del Hombre, el Hijo de Dios, Jesús, en tanto que el mayor de los hermanos, constituyó el núcleo de las enseñanzas que, para su comprensión, se ofrecían a los demás. En el antiguo Israel, sin embargo, junto a antiguas e inaccesibles representaciones de Dios, se tenía también la imagen de Dios como un padre. Con todo, se percibía más bien como Padre de Abraham y del pueblo que éste engendró. Sólo a través del pueblo era Dios el Padre del individuo. A lo sumo sólo unos cuantos individuos podían entonces aspirar a tener aquella vivencia de Dios como Padre directo del individuo, una percepción que únicamente Jesús trae a las gentes; la de un individuo que se sabe guiado en el camino de vida por el influjo de Dios en su alma y que puede, en cualquier instante, buscar la comunicación con Dios; la de un individuo que, por medio de esta conexión con el Dios eterno, sería ya también capaz de imaginar lo ultratemporal de su propia esencia. Todo ello se verá consolidado con mayor claridad en el posterior transcurso del camino de Jesús, pero ya se presenta aquí.

Nota: es posible que las experiencias de Jesús en el desierto descritas a continuación (junto con otras similares experiencias con Dios, de las que nada se dice en la Biblia) hayan tenido lugar, en realidad, antes del bautismo en el Jordán, o que hubiera más de una etapa de retiro de esta clase, que luego la tradición ha hecho confluir. En todo caso se dan paralelismos espirituales.

 En la página alemana e inglesa, se inserta un extracto de Mateo 28, 18-20; con comentarios sobre el bautismo en el presente.

Hoy día se bautiza sobre todo por aspersión con agua o por inmersión.


Por regla general, las iglesias se reconocen la una a la otra, como mínimo, el bautismo y, con él, la cristianización del creyente. Las iglesias libres conceden, sobre todo, mayor valor a que el bautismo, o bien se administre a personas adultas y conscientes, o bien tenga lugar, en todo caso, un nuevo bautismo ya como adulto. Adicionalmente, se concede entre ellas un gran valor a la profunda experiencia del bautismo por medio del espíritu. (Al principio, en realidad, se bautizaba a los adultos. Sin embargo, no se excluía con ello proporcionar así una bendición también a los niños. Pero el carácter de ésta sería entonces algo diferente al del bautismo). En su sentido original, el bautismo no se entendía aún como la simultánea afiliación a una concreta confesión, tal y como hoy se practica especialmente en las grandes iglesias.


Por regla general, las iglesias aceptan que „en caso de necesidad", allí donde no haya sacerdote, cualquier otro cristiano pueda administrar el bautismo: "Te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo (Jesucristo) y del Espíritu Santo. Amén".

 

 El silencio en el desierto.

Al comienzo de su actividad como Cristo* o Mesías (en hebreo, „el ungido"), éste se halla solo. A este período corresponden el bautismo y los 40 días en el desierto (véase, p. ej., Mc. 1, 12-13) con las tentaciones. Acto seguido tiene lugar la llamada a los discípulos.

Tanto exterior como interiormente, el desierto impone un apartamiento que contribuye tanto más a hacerse más consciente y a conectarse más poderosamente con el Dios en que todas las cosas se hallan. Esta preparación para todo lo demás resulta indispensable para el genuino camino de la religión, de la renovada ligazón con la divina fuente primigenia, si bien no completa, de ninguna manera, todo el camino. También Jesús atraviesa, desde el plano de su experiencia, una fase de este tipo, que es mucho más que, p. ej., las sesiones diarias, igualmente probables, de meditación.

Las iglesias, las mismas que tan a menudo hablan de „interioridad" (algo que, p. ej., preséntase como aparente contradicción de las manifestaciones públicas por la paz), apenas si dedican algún esfuerzo a mostrar verdaderamente a los hombres un camino practicable hacia esa „paz interior", etc. En los oficios religiosos de más de 30 iglesias diferentes en ningún momento se pudo encontrar la consideración debida al elemento del silencio, del mudo ensimismamiento interior, de la muda expectación apenas acabada la oración. Cántico, sermón, oraciones, cántico, si es posible con la simultánea distracción de la colecta, casi sin pausa: se trata casi de una reproducción del frenesí de la sociedad moderna, con el que los hombres, inconsciente o, tal vez, conscientemente, se apartan de su inexplorado interior. Sólo recientemente, debido a la búsqueda de experiencias –de este estilo- por parte de muchos hombres, aparecen pequeños avances y se organizan de forma alternativa seminarios de fin de semana o reuniones similares dirigidos, p. ej., al menos, a algunos interesados, o bien se hace referencia, en los círculos bíblicos o en casa, a las correspondientes cuestiones sobre estas posibilidades. Sin embargo, también aquí suele faltar la enseñanza directa. De esta forma, podrían unos descubrir que una mayor cercanía a Dios también precisa de esta „silenciosa estancia", y otros que sus valores sociales, tales como la capacidad de autocrítica, tolerancia o la actitud pacífica reclaman asimismo, como punto de partida, la efectiva desconexión temporal de las ocupaciones externas. Naturalmente, difícilmente sería suficiente si esto ocurre tan sólo esporádicamente en los oficios religiosos, pero podría ser un estímulo reconocerla como una necesidad, en el fondo, diaria y desoída.

El místico Jakob Lorber escribe sobre el consejo de Cristo a los hombres en torno al „corto camino hacia el renacimiento", lo que hoy, para evitar malentendidos, se puede denominar como „nuevo nacimiento", tal y como éste se describió en el artículo precedente. Véase, también, „Vom inneren Wort, Stimme der Stille" („De la palabra interior, la voz del silencio") de Lorber Verlag:

La regla práctica es ésta: en la medida en que uno quiera renacer por Cristo, así debe reconocer sus pecados, es decir, todo aquello que le aparta de Dios; esto es algo bien distinto de dejarse sermonear. Pues se trata de arrepentirse profunda, sensiblemente, tanto exterior como interiormente, y de emprender un sincero retorno. Asimismo, debe uno proponerse romper por completo con el mundo (entiéndase aquí con sus egoístas ataduras, no con la vida activa), „y entregarse a Mí por completo y tener, en su amor, un gran anhelo hacia mí, y debe, en este gran anhelo, apartarse cada día del mundo y de sus ocupaciones y, durante al menos siete cuartos de hora, con puertas y ventanas cerradas, no orar ni leer, sino ocupar este tiempo para, en calma absoluta, dedicarse a Mí en su más profundo interior ". Tras la debida actitud acogedora, „¡entregaos al descanso y creced en el anhelo y amor hacia Mí! Así, a poco que practiquéis, os lo digo, al pronto veréis relámpagos y oiréis truenos, pero no os estremeceréis ni tampoco sentiréis miedo! ¡Pues si bien acudo a cada uno primero como juez en la tormenta, el relámpago y el trueno, después lo hago como Padre en dulce soplo de bendición!... Mirad, éste es el más corto y más eficaz camino hacia el puro renacimiento, el único que otorga la vida eterna. Cualquier otro camino es más largo e inseguro, pues hay muchos caminos de salteadores,... aquél que no lleve dura coraza‘ y esté armado hasta los dientes‘ (apenas) si llegará a la meta".
Puede rogarse por una limpieza e iluminación a través de su espíritu.

Los yoguis, p. ej., saben que las personas dicen „no tener tiempo". En consecuencia, suelen entonces rebajar sus instrucciones pasando de unas horas a media hora, incluso hasta 11 minutos, es decir, hasta conseguir que nadie pueda seguir diciendo que no dispone aún de tiempo. Incluso el más corto intervalo de silencio, en el que otros pensamientos, sentimientos o sensaciones, aunque sin llegar a suprimirse, tan sólo se contemplan sin más implicación, tiene su efecto, especialmente cuando se conecta con una orientación hacia Dios. Empero, ese intervalo no puede hacer las veces de un silencio prolongado. En la Iglesia Oriental – p. ej., en el monte Athos– se usa como apoyo a la concentración el„kyrie (inspiración) eleison" (espiración), es decir, Señor, ten piedad; cfr., p. ej., Kreichauf: Als Pilger auf dem Berg Athos (Como peregrinos en el monte Athos).

También es un gran reto, p. ej., en un austero zen-zesshin (una sesión de meditación que también se ha extendido algo en los conventos cristianos), de aprox. 6 días, permanecer ininterrumpidamente callado, incluso fuera de las horas de meditación, hasta cuando se come con otros. Son muchos los poco acostumbrados que a duras penas logran aguantar hasta, por lo general, el tercer día, para luego, al cuarto día (algo parecido a lo que ocurre con el ayuno), sentir el alivio y comprender un provecho que no puede expresarse mediante las palabras.

El silencio favorece la extroversión. Al mismo tiempo, una relación con Dios proporciona una protección para esta extroversión. Después de una meditación procede realizar un cierto ajuste del yo en previsión de otras circunstancias, tal vez menos favorables a la extroversión.

Sería importante, desde luego, incorporar algo del silencio a la vida real, de forma que aprendiéramos a mantener con mayor vigor una cierta claridad de conciencia. Para el individuo, esto significaría, en primer lugar, dar cabida a ese momento para el sosiego que ordena y recapacita en medio de circunstancias particularmente intensas, como las que siguen a complicadas experiencias, o al menos tan pronto como, luego de ellas, sea posible; es decir, afrontar directamente los contenidos y no tener que repensarlos luego; dejar a los sentimientos tranquilamente seguir su curso (y, más tarde, anotar lo que deba ser examinado), e incluso proceder con ordenados estiramientos de los músculos; todo ello, sin embargo, manteniendo conciencia del individuo en su integridad, sin concentrarse en las propios sensaciones de bienestar.

En encuentros, trabajo o reuniones, esta misma actitud significaría no encadenar de forma cansina un tema tras otro, sino permitir al menos pequeñas pausas, que no sólo han de servir para reanudar las conversaciones, sino, sobre todo, para considerar sencillamente el caso y, en esa medida, poder ordenarlo y, si es posible, conformarlo, de modo que uno pueda dirigirse siempre a otra tema con plena conciencia. Asimismo, en la alimentación procede percibir cada uno de los alimentos también de forma consciente. Se pueden encontrar muchos paralelismos entre las conclusiones de las ciencias nutricionales y la „nutrición" anímica o espiritual.

El proceso que puede denominarse „dejar en calma transcurrir los hechos", y que renueva las fuerzas para el presente y el futuro, no es un vacuo alejamiento de los problemas. Procura un punto de partida desde el que, de hecho, se puede realizar un muy fructífero ajuste del todo. Incluso referido a las circunstancias externas, no se pierde tiempo con ello, sino que se ahorra, pues, en última instancia, todo transcurre de forma más fácil y mejor. Hasta que no consiguen esta calma interior, son muchos los hombres espirituales y reflexivos que apenas se percatan de todo lo que les sale al encuentro.

Por sí sola, esta sencillísima experiencia espiritual, el silencio, en el fondo, encierra ya dentro de sí los secretos de mayores alturas espirituales. Esta elevación, empero, impone un camino hacia ella. El mismo Cristo enfatiza en primer lugar cómo la sencillez humana a menudo debe descubrirse primero, y luego ascender hacia horizontes cada vez mayores y, por ende, más complicados, hasta que luego, en medio de esta complicación, resplandece de nuevo la básica sencillez.

En el silencio de la concentración, se puede, p. ej., arraigar más profundamente un progreso interior, ya duramente logrado, ya concedido, en tanto que capacidad que no puede ya „criar polillas"; v., p. ej., Mateo, 4. Ésta puede encajarse a la perfección en el mosaico de otros progresos del ser. El silencio puede llegar a un punto en el que la „vida" de aquel todo que en nosotros podría asemejarnos cada vez más al arquetipo divino se vuelva perceptible. Es éste un modo de vivir en nosotros „lo nacido de nuevo por Dios". Tenemos como un hálito de esta posibilidad cuando, en la consciente calma, la cabeza –tal vez en vinculación con un reconocimiento- se libera, las fuerzas del corazón se hacen más perceptibles y los pies se relajan. Entonces „algo ha pasado", por pequeño que sea ese parcial aspecto de la vida. En ausencia de esto, por el contrario, „no ha pasado nada", y lo esencial queda inmodificado, como „detenido"; esto, no sólo puede provocar trastornos en el sueño –donde sólo muy parcialmente pueden ser tratados–, sino también problemas de salud o de otra especie.

* Cristo es, en realidad, un título. En el cristianismo temprano se escribía habitualmente el nombre de "Cristo" de diversas maneras, las cuales también tenían diversos significados. La más conocida es la griega "Christos", análoga a la denominación hebrea de "Messias" = "el ungido". También existía la denominación griega de "Chrestos" = el bueno, el santo; y, raras veces, también "Chrystos", del griego "chrysos" = dorado (resplandeciente).

 

 

Las tentaciones y la llamada a los discípulos.

También Jesús debía profundizar en sus cualidades humanas y orientarse cada vez más a Dios. Después de 40 días en el desierto se apareció el „tentador"; p. ej., Mt. 4, 1-11.

Asimismo, en menor medida, afloran en los caminos interiores y en la vida fuerzas negativas que, como todas las fuerzas, pueden percibirse también con una u otra figura. En primer lugar, han de mencionarse aquí también tendencias rezagadas, emancipadas, en el hombre, sin un corazón integral y, con ello, sin Dios; a esta emancipación, en primer lugar, del pensamiento, y más tarde también de la voluntad, es a lo que se refiere el „haber probado del fruto del árbol del conocimiento".

Por un lado, se trata de propiedades que endurecen, que se encadenan a las constricciones materiales. Arraigadas profundamente en el inconsciente, aunque se les puede presentar batalla y pueden reconocerse en esencia, en el fondo cuesta mucho más tiempo superarlas. Un consciente poder-renunciar y un poder-tener, y no un deber-tener, junto con un trato creativo, ético, constituye un entrenamiento para la superación de estas fuerzas.

Por contra, los deseos contrarios abocan a la evasión y hacen que los problemas materiales destaquen, de forma despreciativa e indiferente, incluso sobre los de ámbito espiritual. A veces se olvida que todo esto sólo representa la otra cara de la misma „negativa" medalla, unida como por el „principio de oscilación del péndulo" a la otra cara. Este segundo ámbito está hoy ya mucho más abierto y es mucho más fácil de aclarar. Un medio para lograr esta inversión es la compasión, la liberadora entrega del amor.

En conexión con ambas, otra propiedad que puede verse tendría que ver con la ambición de poder. Desenmascarar esta ilusión requiere una defensa incondicional de la verdad y, fundada sobre ella, tolerancia y libre solidaridad en el trato con los demás.

En general, falta en todos estos ámbitos la individualidad, fuerte y a pesar de ello, al mismo tiempo, altruista, de la persona, aquélla que podría ocupar esos ámbitos en lugar de las tendencias conducentes a lo negativo.

En Mateo 4 Jesús rechaza estos tres impulsos desviados, a los que se nombra como „Satán" o „el diablo". No remite sencillamente a lo contrario en cada caso, sino que echa mano de algo más elevado, algo que está más allá de los devaneos de las fuerzas negativas, de la „palabra de Dios", de „Dios, el Señor" y de „Dios, el Señor, a quien únicamente hay que adorar y dar culto". Cristo está más allá de la dualidad entre tinieblas y luz (aparente), y supera ésta por medio de su tercer y superior camino, tal y como podrá verse en otros acontecimientos de su vida.

Breve observación: con frecuencia se lee el error de que el zoroastrismo y el cristianismo, o mejor dicho, las „religiones medioorientales" son dualistas. Esta afirmación no se sostiene si se atiende a sus orígenes (v. página "Zaratustra", la parte 4).

R. Steiner describe las dos principales fuerzas negativas como entidades distintas, tal y como pueden percibirse en el mundo de la contemplación espiritual. Como se dijo, aunque sea oportuno considerarlos como dos modos de operar, fuera del mundo de la contemplación espiritual no está del todo justificado obrar así, si bien los antropósofos rechazan que aquellas representaciones cristianas de una única entidad negativa puedan aunar las dos caras. De tal suerte aparecen también con frecuencia mezcladas las tendencias que, en última instancia, se puede hablar de tendencias „antidivinas", tratándolas como un todo al que, asimismo, no una pluralidad de dioses, sino el Dios de Cristo se enfrenta, con todo aquello que actúa junto a él.

Hay, sin embargo, orientaciones espirituales que, en lo que aquí concierne, se limitan de hecho a ver con un sólo ojo, y consideran divino todo aquello que se encamina a las alturas espirituales.

Teólogos evangélicos modernos, en fin, cierran ambos ojos, casi como algunas otras orientaciones espirituales, y rechazan las representaciones de una entidad negativa, argumentando, p. ej., que éstas aparecen sólo en muy pocos pasajes de la Biblia. Se olvidan con ello de que no se trata tan sólo de representaciones, sino de sólidas experiencias que no sólo tuvieron lugar en la antigüedad.



Sin los miedos y otras sensaciones negativas, las fuerzas negativas no tienen ningún poder directo; en este sentido, puede tratarse de un mecanismo de defensa no mentar al diablo, también frente al alarmismo eclesial. Hoy día, la percepción espiritual podría probar que los presuntos „incrementos" de círculos negativos representan en última instancia potenciales desenterrados, tiempo ha existentes y previamente ocultos. Las capacidades auténticamente positivas, por contra, pueden, de hecho, incrementarse, aunque crecen hacia un arquetipo que ya está ahí.

Así, tales „puntos flacos" representan, al mismo tiempo, tal vez, una superficie de resonancia para fuerzas externas asociadas. Se puede encontrar rastro de ello, p. ej., -simplificando algo las cosas- en la unidimensionalizada práctica occidental, especialmente en su forma antigua, sin seguridad social, y con el egoísmo y el dinero como máximo valor; en las limitaciones del nacionalismo y del nacionalsocialismo –especialmente en su arrogancia e indiferencia hacia el resto del mundo-, y en las actividades „religiosas" destructivas; de igual forma, en los extremos del estalinismo, p. ej., en su brutal igualación. Esto no significa, empero, una condena general y sin reservas de esas sociedades.

No es la radical „oposición frente al mal" lo que Jesús enseña; sí afirma, sin embargo, que no hay ninguna necesidad del mal, ya sea en pro de un „equilibrio" (tal y como enseñan algunas doctrinas orientales), ya sea como necesario contrapunto para llegar a conocer el Bien divino. Ni tan siquiera todo el mundo requiere una vez de un procesamiento –con frecuencia necesario- de „lo negativo". Para algunos, al menos, puede funcionar un camino tal y como el que se recomienda a todos en la „Ciencia cristiana" de Mary Baker-Eddy. Esto no implica, sin embargo, que no se den fuerzas reactivas, tan sólo que éstas pueden cambiarse, por tales medios, de una forma indirecta. En Cristo tampoco se da una condenación eterna, todas las fuerzas destructivas son, en última instancia, cambiables, hasta el tiempo del último capítulo del Apocalipsis de Juan, donde se promete que las tinieblas ya no existirán nunca más (v. el correspondiente capítulo).

A este tiempo en el desierto le sigue la llamada a los discípulos, Jn. 1, Mt. 4, 18 - 22, Mt. 10. 

La boda de Caná.

Aquí -Jn. 2, 1-12- vemos, en primer lugar, un ejemplo que ilustra cómo los problemas derivan menos de erróneas traducciones, o de tempranas „correcciones" de los Evangelios encargadas por la Iglesia, que sencillamente de interpretaciones imbuidas de un sesgo unilateral, emocional y patriarcal. Que Jesús diga a María „Mujer, qué tengo yo que ver contigo", se interpretó más tarde como reprobación. Quien se pone en la situación del texto y ve luego cómo Jesús, a continuación, hace todo aquello que María deseaba, puede fácilmente deducir que la oración tiene más bien un carácter admirativo, que mejor habría resultado traducir por: „Mujer, !cuánto he de hacer contigo!" La expresión original, que la tradición no transmite, en un arameo, en parte, bien sencillo, vista desde el griego, debió haber sonado así: „Mujer, yo contigo": sin ponerse en el contexto, incluso en tiempos de Jesús, en muchos aspectos resultaba oscuro el exacto sentido.

Desde este momento hasta la cruz, se produce un fecunda vinculación vivencial paralela entre Jesús y María. Ella actúa como inspiración, participa en las estaciones fundamentales de la vida de su hijo y también experimenta una transformación espiritual.

Si ahora, en los tiempos modernos, el concepto de „novia de Cristo" aplicado a las hermanas de una orden, a menudo se toma sólo en un sentido externo, originalmente se refería a un modo real de experiencia de vida.

La „figura" de Cristo en el hombre, tal y como ya se dijo en el capítulo sobre el bautismo en el Jordán, se funde con el lado masculino del alma (animus). Éste puede contraer una „boda interior" con las partes „femeninas" de nuestra alma bajo los auspicios divinos. Asimismo, en virtud de su alquimia transformadora, puede obrar hasta en las fuerzas vitales y en el cuerpo. De forma pareja, la figura de María podría ponerse en contacto con el lado femenino del alma (anima).

Así, para los varones, resultaba a veces también natural el camino a través de María o, mejor dicho, a través de las Marías*. Ambos sexos pueden emprender, con todo, ya el camino vía Jesús, ya vía María, o los dos, pues desde el alma hasta las hormonas, no hay persona que esté atada por completo al patrón de reacción del propio sexo, ni deba así permanecer. Hay, sin embargo, personas que encuentran un más fácil acceso a un camino que al otro. Al final, desde luego, se mostrará la totalidad interior. En la iglesia católica se dio la hoy ya casi olvidada práctica de la adoración del Corazón de Jesús y del „puro corazón de María". Este desarrollo interior no tiene nada que ver con que el autor de este capítulo no sea católico, es decir, con que, en principio y oficialmente, poco haya tenido que ver con María; tampoco ha recibido por ello los prejuicios que el culto mariano oficial acarrea a muchos de sus practicantes.

Sólo aquél que recorre un camino de transformación de esta clase podría hacer un camino sin limitaciones „por sí solo". Pero incluso para él o ella no debe ser éste un camino en soledad; desde una mayor libertad interior puede conseguirse una relación con el otro sexo, incluso una relación más completa.

Es de esta forma cómo aspiran a integrarse en la personalidad aquellas partes del alma recibidas del padre y de la madre.

Los elementos de la psicología profunda pueden ponerse en perfecta relación con la experiencia religiosa. Aunque de otra forma, tal fue el intento de Eugen Drewermann. Desde una rigurosa consideración, las experiencias religiosas fundamentales aparecerían, con todo, en un plano particular, desde el que obrarían sus efectos en los procesos de la psicología profunda. Hoy día se tiende a considerar la búsqueda religiosa como un „impulso vital integral, de búsqueda de sentido, que atraviesa barreras, un impulso, en el fondo, común a todos los hombres", v. Hubertus Mynarek: „Posibilidad o límites de la libertad", 1977. Debe, empero, diferenciarse entre un amorfo impulso espiritual genérico y un impulso religioso en el sentido riguroso de re-ligio, de regreso a o renovada unión del hombre con el divino sustrato primigenio, el „Padre", que, para los creyentes cristianos convencidos, es posible a través de la vinculación a Cristo.

Ciertamente, en Dios, en tanto que el mayor misterio del mundo, apenas si se puede penetrar reduciéndolo a una sola ciencia, a una clase de experiencia o a un único fenómeno, los cuales, en el mejor de los casos, tan sólo proporcionan aspectos parciales; debe procurarse, más bien, reconocer los diversos enfoques y considerarlos todos juntos. Hasta ahora, esto rara vez ha sido así. Si los cristianos, a su manera, llevaran a cabo el ya tratado proceso alquímico y, con él, entre otras cosas, un uso simultáneo de los hemisferios cerebrales izquierdo y derecho (algo a lo que aspiran hoy diversas técnicas), obteniendo como resultado un „reconocimiento creativo y pleno de amor", entonces las disputas teológicas pertenecerían al pasado. Incluso entonces podría darse una especialización en los aspectos particulares, pero ésta sería como tal reconocida y no podría reclamar una validez exclusiva. Se reconocería justamente la complementariedad de los hombres entre sí.

Aquel que, mientras tanto, pueda sentir, en su sentido universal, la frase de Jesús „Ama a tu prójimo como a ti mismo", con el tiempo podría alcanzar por su solo medio lo mismo y mucho más. Aquel que se esfuerza por este simultáneo amor hacia uno mismo y hacia el prójimo, se percatará ciertamente de que primero éste debe aprenderse. Este interior „hacerse más completo" puede, por su parte, facilitar este amor.


La cuestión de los „milagros", que pudo haberse planteado ya en relación con la boda de Caná, se tratará con más detalle en un capítulo especial.  En lo concerniente a los aspectos femeninamente divinos de María-Sofía, v. más abajo el capítulo "Primera Pascua de Pentecostés". 

*Mientras que María, la madre de Jesús, es considerada como una madre del espíritu o alma de aquellos que quieren contar con su guía, para aquellos que la veneran María Magdalena está asociada más bien a la vida terrenal.


María Magdalena (María de Magdala) era una mujer que seguía a Jesús. De acuerdo con la tradición muchos piensan que se trataba de una prostituta, que cambió su vida por Jesús. Pero lo que Jesús dijo fue: "Ella ha amado mucho". Esto no implica necesariamente sexo en abundancia, sino –cuando menos, también– la capacidad de amar a la personas (en general), se sentir como ellas y de ser buena con ellas. Amó a Jesús, es decir, le admiró como hombre y le veneró como líder espiritual (o religioso). De acuerdo con la literatura mística (Jakob Lorber), fue depurando más y más sus sentimientos hacia Jesús, orientándolos hacia un amor espiritual. El amor fue, así, su vía para comprender cada vez más a Jesús y a Dios. 


(Posiblemente, como Clara, la mujer que en torno a 1100 amó al monje Francisco de Asís/S. Francisco, y a la que al principio éste rechazó y luego acogió, cuando su amor se había convertido en un amor puramente espiritual. (Hay una interesante película sobre esta historia en alemán e inglés.)


Hay una tradición especial referida a María Magdalena: la leyenda del "Sagrado Grial": José de Arimatea y María Magdalena y otros seguidores de Jesús llevaron el Grial (originariamente la copa en la que se recogió la sangre de Jesús) al sur de Francia o Inglaterra. A este Grial se le atribuyen algunos milagros. (El Grial es también un símbolo del amor divino).


Hay, además, algunas nuevas especulaciones sobre María Magdalena. P. ej., la idea de que habría tenido un hijo con Jesús que habría iniciado una antigua dinastía real europea (la de los Merovingios). Nadie puede demostrarle tales especulaciones sacadas de libros modernos de corte sensacionalista.

 

Puntos de vista sobre la sexualidad, la simpatía, la comprensión y el amor.

El curso de las declaraciones eclesiales sobre sexualidad, así como las posiciones contrarias tanto dentro como fuera de la Iglesia, causan la impresión de que a los hombres en este terreno les resulta muy difícil asumir, y no digamos ya descubrir, lo que podría ser un enfoque no sólo humano, sino incluso „cristiano" de la misma. Desde los años sesenta, las prohibiciones morales oficiales han ido perdiendo fuerza; al mismo tiempo, las iglesias eran incapaces de entresacar de las tradiciones ese núcleo, éticamente significativo, que, ya existente, podría examinarse a fondo en relación con la sociedad actual. La „revolución sexual", como producto de una reacción contra una sexualidad reprimida, condujo al otro extremo, el de una nueva ideología caracterizada por sus exigencias sexuales –disipación de la energía vital- y una desconsideración del deseo de unas relaciones también anímica y espiritualmente responsables: constantes rupturas que ocasionan hasta la incapacidad laboral. De aquí que, con frecuencia, hasta los años ochenta, no quedara más que la resignación; y resultaba aquí, por lo demás, casi imposible lograr un motivo nuclear parcialmente coherente para un ulterior desarrollo social más allá de estos extremos. Podría estar en la actitud de superación de la „manía de poseer". De esta secular agonía de los seres humanos puede extraerse que las dos cosas, responsabilidad y libertad, sin importar a qué tipo de relaciones entre hombres y mujeres nos refiramos, no pueden realizarse, o no se pueden conjuntar de forma totalmente armónica, sin una referencia al desarrollo integral del ser humano. Pero parejas concretas, p. ej., donde aparente o incluso verdaderamente ésta se ha dado con éxito, nos indican que es posible encontrar el modo de llevar a cabo tal referencia.

Sea como fuere, Cristo se dirige a los hombres como semilla y posibilidad a la espera de completarse, de perfeccionarse, la única cosa que proporciona el fundamento de verdadera libertad. No aboga por un nueva disgregación de las, por otro lado ya muy disgregadas, facetas del hombre; tampoco por un goce hasta el éxtasis de todo, sino más bien por una reintegración en la „sabiduría del corazón".

Tampoco es un representante de las „imposiciones externas ", de las formas externas y de su sobrevaloración, o del mal uso de los conceptos responsabilidad, fidelidad y honradez a modo de embellecimiento de la envidia, los celos o el afán de poseer; para él, es del espíritu de lo que se trata. Ni tampoco para él, en el matrimonio, resulta automáticamente ideal todo aquello que, desde fuera, se percibe como inconveniente.

Amar a Dios –y al prójimo- como a uno mismo, es decir, también a uno mismo; aquella regla por la que Cristo reemplazó la lógica admonitoria del Antiguo Testamento, representa, en primer lugar, una actitud universal, que atraviesa estos tres ámbitos y los conecta. En este sentido, pues, el amor al prójimo es algo bien distinto a la mera preocupación instintiva por los parientes y demás, aunque naturalmente pueda incluir, en un sentido más laxo, a los parientes. Por este papel del hombre como amorosa ayuda, donde quiera que ésta se precise, el amor propio no es ya aquél egoísta, sino, en última instancia, el que se dirige hacia uno mismo, también hacia su propio cuerpo en tanto que herramienta y por medio de la cual se sirve a otros y a Dios.

La máxima expresión del amor es incondicional. Cf. incluso el amor a los "enemigos", Mt. 5, 43-48, lo que no quiere decir renunciar a la sabiduría.

En este sentido, debería quedar ya claro, p. ej., que también algunas de las tesis que a veces se oyen y que equiparan la sexualidad al amor, o han intentado equiparar el amor propio al autodesahogo y a las fantasías, están a años luz de entroncar con Cristo. Todo aquello que representa más bien un aislamiento interior de fuerzas concretas y que interpone imágenes entre los hombres y los otros reales es una de tantas imperfecciones del hombre, de las que, aunque algo pueda aprenderse, no puede hacerse nunca una meta.

Así, en el caso de los europeos de hoy, puede vivirse una cierta transformación de la sexualidad especialmente si dos personas aprenden a manejar las irradiaciones de antipatía y simpatía ya desde la primera vez que entran, por sus asuntos, en contacto, tanto espiritual como anímico. No sobre todo éstos, pero también éstos, deberían, por el hallazgo también de cara al exterior, considerarse con pleno sentido contactos. Sólo después entra en juego el plano corporal; no es que deba darse automáticamente en toda amistad o en todo encuentro. La fuerzas del corazón pueden entonces impulsar de forma sensible energías sexuales, y éstas no deben disiparse de una manera explosiva, tal y como hoy, por el condicionamiento cultural, suele ser el caso. Corresponde aquí una actitud fundamental de amor.

Muchas tradiciones espirituales, en vez de la supresión, en vez de la disipación, defienden una transformación de la sexualidad que pueda ser algo más que la „sublimación" freudiana.


Cotéjese, p. ej., Tao Yoga, y Tao Yoga del Amor (Mantak Chia et al..), así como las variantes hinduistas y budistas del Tantra del Amor (Yogi Bhajan, Bhagwan Sri Rayneesh, y otros). Hoy pueden añadirse, entre otros, „Karezza", en italiano "tierna caricia" y „Amor-sin-sexo de G.Brown, así como una búsqueda de formas de sexualidad femeninas, junto a algunos trabajos de la corriente antroposófica. 


Muy antiguas escuelas orientales tienen, entre otros, el defecto de que, en parte, se aplican de inmediato a la sexualidad, en vez de permitir el encuentro integral de las personas ahora y siempre (algo que hoy podría conseguirse con medios técnicos); en vez de empezar, al menos desde arriba, es decir, por conocerse primero tanto espiritual como anímicamente, lo que sería hoy mucho más conveniente. Sí resulta indicado el punto de vista de las escuelas orientales de que una unión sosegada –no orientada al orgasmo masculino ni femenino- puede conducir poco a poco a una sintonía con la totalidad. En el ámbito cristiano hubo también propuestas en esta dirección que hoy por hoy ya no se ve y que, en consecuencia, habría primero que desenterrar; así, algunos legados de los minnesänger y troubadours revelan conocimientos de esta clase.

Dado que en la sexualidad pueden darse complicaciones inconscientes, en tanto que empresa arriesgada, se la vinculó en las más diversas religiones con una asociación en la que, en lo sucesivo, se podía ya tener relaciones en común. Quien quiera reservar esta experiencia, en sentido estricto, para el matrimonio, puede conseguirlo si, en las relaciones amistosas previas, ambos conscientemente declaran qué quieren y qué no, y se apoyan mutuamente. 

Esta antigua premisa que Jesús hace valer hasta la negativa caracterización de la mirada concupiscente dirigida, p. ej., a la compañera de otro, no debería, sin embargo, excluir un fuente más elevada de encuentro directo y entusiasta de dos extraños: fuente que está implicada más a menudo de lo que se cree y que ni siquiera los propios afectados entienden siempre correctamente: „Cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy en medio de ellos" (o, en otra traducción igualmente correcta „en ellos"). Tal cosa no precisa de una reunión eclesiástica anunciada, de ningún preparativo especial, puede ocurrir en cualquier lugar, allá donde el „Espíritu de Cristo" reúna a dos personas con cualquier propósito posible. Interpretar esto también, en lo que respecta a un hombre y a una mujer, y, además, en la situación en la que éstos se ven con simpatía, y, en ese instante, conservar plena conciencia de que se trata del punto de partida, puede resultar difícil; pero se trata de una necesidad terrenal. No se trata aquí ya ni de vínculos ni de algo sexual; los propios implicados deben seriamente determinar de qué se trata.

Ya la propia vida terrenal de Jesús nos muestra a éste como extremadamente poco convencional. Podría demostrarse que las convenciones, como mucho, son necesarias mientras no quede él „subordinado a ellas".

Un requisito también mejorable para un encuentro adecuado entre dos personas es, naturalmente, un estudio de la propia individualidad, incluyendo aquí al „aura" o a la irradiación. Incluso como pareja, ambos persisten como individuos; en ningún caso aspira Cristo a una disolución completa de los dos en la pareja. 

 

La „ira sagrada" (y puntos de vista sobre las emociones).

En Jn.2, 13-25, después de las bodas de Caná, se describe la „purificación del templo". Jesús, preso de la lógica ira, expulsa de forma contundente a los mercaderes y cambistas del templo. Quiere lanzar una rotunda señal contra la hipocresía del mundo, que llama al templo la casa de Dios, al tiempo que no piensa más que entregarse allí mismo a sus vulgares mercadeos. Dado que las circunstancias son tales que no puede esperar ya nada de las autoridades civiles o espirituales, acomete él, como única persona que „en la casa de su padre", se siente responsable, la tarea; una acción de resistencia civil, sin herir a nadie. „Obedecer a Dios más que a los hombres", es, ahora y siempre, su actitud, que nada tiene de sumisa. Incluso cuando declara: „Dad al César lo que es del César" (y a Dios lo que es de Dios), no debe entenderse ahí un alegato en pro de la sumisión, tal y como se ha intentado frecuentemente, sino, antes bien, el intento de ahorrar a los discípulos inútiles modos de confrontación con ajenos poderes sociales. La religión y la política tienen, cada una, sus propias leyes. Servir a los demás y „desear lo mejor para la ciudad" no es tampoco ser sumiso.

Podría plantearse, a este respecto, la cuestión sobre cuál deba ser la relación del hombre con sus impulsos emocionales. Pues no todo el mundo tiene sus emociones en el mismo elevado plano que Jesús, el cual vivía permanentemente en „positivo estremecimiento ante Dios" y en la compasión hacia los hombres, y cuya ira obedecía siempre a un motivo consciente y honesto. En el caso del hombre normal, casi todas las emociones están mezcladas, sobre todo, con mecanismos de estimulación y reacción que, si bien biográficamente son todos ellos muy diferentes, en su estructura básica, son muy similares. Es más, sin contentarnos con las interpretaciones de otros que, de las propias reacciones, entresacan siempre mecanismos diferentes, examinarlos, para de este modo llegar finalmente a domeñarlos, es decir, a confiarlos a Dios, es un largo proceso de aprendizaje.

Aunque aquí nos ocupemos de la psique, para los buscadores de Dios y de la verdad, tales análisis, o por mejor decir, terapias conductuales al uso, no están especialmente indicadas.


Mientras todavía se dejen sentir modelos interpretativos parciales, que reducen los problemas psíquicos a la sexualidad y a la temprana impronta en la infancia, y mientras, además, de las „razones" de las debilidades se hagan „fundamentos" para que todo siga como siempre, en lugar de enfatizar, al modo de Erich Fromm, la capacidad de desarrollo del hombre, la psicología puede resultar incluso contraproducente para el camino espiritual. Pero si la psicología, es decir, la „ciencia del alma" dirige la mirada hacia los procesos espirituales, y si en el alma se ve algo más —lo que suele ser raro— que una función cerebral quimioeléctrica, su estudio podría ser una útil herramienta. Se desarrollaría mejor si estuviera dispuesta para seguir el rastro de los conocimientos, es decir, de las tesis de corrientes psicológicas alternativas. Resulta de poca utilidad querer tratar, de la forma acostumbrada, complejos globales de problemas también de forma global. Resultaría más efectivo, buscar primero las partes componentes individuales de un complejo de esa clase, y así diferenciar de forma consciente si se trata de una „viga en el propio ojo" o de una „paja en el ojo ajeno", y quién es de ello responsable. Algunas escuelas cristianas enfatizarían mucho lo primero, dado que la consideración de las propias acciones problemáticas es algo más difícil y debe aprenderse primero, y porque éstas se corrigen más bien por uno mismo; en tal sentido, la confesión en la iglesia tiene también, junto a su dimensión espiritual, un efecto terapéutico. En la práctica psicológica con frecuencia se pondría en primer plano más la otra perspectiva, como sacrificio. Al final se observa, sin embargo, que ambas vertientes entran en juego, en mayor o menor grado. Las doctrinas espirituales orientales, p. ej., enfatizarían la relación de ambas como fuente del „karma"/destino.

Cuando se trate de resolver efectos postreros de días difíciles, podría resultar útil también uno de los métodos recuperados por R. Steiner: hacer una retrospectiva en la que, de la noche hacia atrás, hasta la mañana, sencillamente todo se examina. Después de esto, es tanto más fácil retornar al presente.

También es posible, llevar registro escrito de un „espejo del alma", con cualidades por mejorar y dignas del esfuerzo, y repasarlo con frecuencia, una práctica demostrada ya en el terreno de la mística.

Los progresos en el ámbito espiritual hacen también, p. ej., que se pueda mejorar el diálogo entre los diversos hombres, eliminando muchos prejuicios y precipitadas valoraciones, en la medida en que el hombre se vuelve más transparente para sí mismo y se libera de inútiles cargas. La importancia que Jesús concede al „no juzgar" y a „lo que sale de la boca" no es ya un requisito moral irrealizable, sino una invocación a empezar con este proceso de aprendizaje. Esto presupone entregarse primero al silencio en lugar de continuar la disputa y, luego, ya en calma, comunicarse con el otro. Véase también el capítulo "El silencio en el desierto".

En este sentido, existen caminos de aprendizaje europeos que pueden estar refiriéndose, bajo otros nombres, a los elementos que, en el yoga se conocen como centros nerviosos o de conciencia, los chacras (antroposofía; vida universal, etc.). Estos enfoques no son, de forma automática, „no cristianos", tal y como se ha dicho por parte de las iglesias; estos centros en el hombre eran ya conocidos por los teósofos cristianos de la Edad Media (J. G. Gichtel) y, desde entonces, se puede demostrar su existencia como reales estructuras energéticas en todas las personas; de la misma forma que el conocimiento chino de los puntos de acupuntura no es, automáticamente, „taoísta", pues se han podido registrar sobradamente con aparatos y, recientemente, también de forma histológica en los tejidos humanos.

En conexión con todo esto, puede ver, además, la página adicional „Fundamentos de los valores éticos"

 

Sobre el sermón de la montaña  (con puntos de vista sobre el entendimiento).

Se ha escrito mucho sobre la inversión de los valores de la antigua (y también moderna) sociedad en el sermón de la montaña. Cfr. Mateo 5 - 7, 29. Unos lo alaban por sus implicaciones sociales. Otros lo rebajan a la categoría de una „ética de la convicción" y dan preferencia a lo que ellos llaman una „ética de la responsabilidad" con las conminaciones y la milicia altotestamentaria, etc.. Algunos, sencillamente, intentan vivir conforme a él. También desde fuera del ámbito cristiano se ha valorado el sermón de la montaña (p. ej. por Gandhi).

Desde el punto de vista de la investigación de la conciencia, se ha de tener en cuenta que el sermón de la montaña se dirige especialmente a quienes consideran que la conciencia puede ser algo más que la analítica del entendimiento humano y a quienes no creen que la vida deba restringirse a la esfera privada. Los „pobres de espíritu", aquéllos que „saben que no saben nada (o muy poco)" y que abiertamente apuestan por la continua relativización, por que Dios sabe más que ellos, y por que Él sabe enseñarles mucho en todas las cosas, son „bienaventurados" y „el reino de los cielos es suyo". Esta actitud puede resultar una fuerza de desarrollo más continua y poderosa que aquélla otra, a la que los hombres consideran más „lista".

„Aquellos que sufren" no deben siempre soportar sólo su propio destino, –y, de este modo, acarrear con su parte en el estado general, en vez de evadirse frívolamente de todo–. Algunos asumen algo más difícil, que concierne al entramado de personas en el que viven y, en última instancia, al destino de los pueblos y de la humanidad. En vez de hombres de estado, con frecuencia se trata hoy de movimientos de base, ¿y quién les da la necesaria participación, quién reza por ellos, en lugar de hacerlo siempre sólo por los poderosos, los famosos y los económicamente grandes?

Los „humildes" son, por antonomasia, los voluntariamente „humildes" (es decir, no sólo temerosos). Ellos „heredarán la tierra", y sólo bajo su mano debe ésta permanecer y desarrollarse.

„Aquéllos que tienen hambre y sed de justicia": no la envidia, sino la auténtica búsqueda de justicia para sí y para otros, es lo que abre a los hombres hacia „arriba", siempre, más tarde o más temprano, con respuesta, aunque no sea siempre la que uno se imagina. „Los misericordiosos" elevan, voluntaria y muy claramente, a sus hermanos y semejantes, hacia arriba, y son asimismo elevados por Dios.

Aquéllos que son „puros de corazón" y que han reconocido sus anteojos espirituales, es decir, sus prejuicios, y los han rechazado, ésos „verán a Dios". Éste es el significado más general de la expresión „No juzguéis".

„Los pacíficos", también los que construyen la paz, en el sentido de la oración de paz de Francisco de Asís, hacen ver a otros que aquí hay otra fuerza en acción, diferente de aquellas fuerzas que, en general, determinan la vida. Así, „serán llamados hijos (e hijas) de Dios".

„Aquéllos que son perseguidos por la justicia (/probidad)" y „por mi causa ", es decir, los que son calumniados o perseguidos por Jesús, también serán considerados dichosos y, aunque su exterior padezca, su estado interior tanto más se regocijará. Lo que no quiere decir que el sufrimiento sea un fin por sí mismo.

Los aludidos deben también ejercer su papel de „sal de la tierra" y „luz de la tierra". Por descontado, en este capítulo Jesús se refiere a las „leyes" y profetas del Antiguo Testamento. Se vale en muchos casos de lo considerado correcto antes de su tiempo, aunque lo elabore para hacerlo provechoso en un tiempo nuevo, en el que el protagonismo lo puedan tener, no ya las leyes, sino sus fuentes, y en el que cada hombre pueda recrear los fundamentos interiores de la vida.

Todo lo demás le será „dado" a aquel que „procura el reino de Dios". También aquí resulta visible, que el plano del pensamiento intelectual, si bien no queda destruido, debe quedar abierto, de forma que pueda también asumir aquello que procede de una lógica más alta y espiritual. No se trata, sin embargo, de que deban despreciarse los condicionamientos terrenales en favor de una disipación en determinados estados de conciencia espirituales. Se debe, antes bien, confrontar las más elevadas intuiciones de forma global con la conciencia terrenal y la vida, hasta que el mundo cambie. La claridad permanece o sólo aparece cuando el hombre se mantiene, en relación con determinadas preguntas, en la escala de incertidumbre que va de la especulación, la conjetura, la teoría y la convicción, hasta el conocimiento, y es éste un importante fundamento del desarrollo. Es ésta, además, una diferencia, p. ej., con respecto a la búsqueda la felicidad que se observa en algunas antiguas corrientes espirituales. 

Este elevado pensamiento del sermón de la montaña (v. también el próximo capítulo), considerando su contenido, se dirige en primer lugar a aquellas personas que no sólo quieren aplicarlo en la reordenación de su acción espiritual individual. El camino se dirige, sobre todo, a la vida individual, desde la que entonces se puede buscar un compañero o „prójimo", tal y como se indicó en el capítulo „Bautismo" y „El silencio en el desierto". Luego, se desarrolla especialmente en el plano también de las relaciones hombre-mujer y, de nuevo, se proyecta la antena en la dirección de otras transformaciones espirituales añadidas en la relación entre las personas. Todo esto ya se indicó en los capítulos „Las bodas de Caná" y „...amor". Aquí, en el sermón de la montaña, se construye de nuevo sobre este plano anímico y ético, al que se deja abierto, una vez más, en la amplia dirección espiritual desde la que podría formarse una comunidad a partir de las relaciones entre las personas. Todo ello se corresponde, de forma prototípica, con la relación entre tono, intervalo, tritonos y escala musical: con la totalidad. 

En la página alemana e inglesa, se inserta un extracto del sermón de la montaña, de Mateo 5: Las bienaventuranzas y la sal de la tierra.

 

 La transfiguración de Cristo en el monte (Mt. 17).

Muchas acciones de Jesús, desde el diálogo con Nicodemo -Jn.3 - , pasando por el sermón de la montaña, hasta la curación del ciego de nacimiento y la multiplicación de los panes en la montaña forman, en su simbología, la cara exterior de aquello que luego viene a expresarse de forma íntima en la „transfiguración". Esta transfiguración está emparentada con el concepto oriental de la gran iluminación. El espíritu es iluminado. Sin embargo, tanto en el caso de Jesús como en el de aquellas personas que han llegado a una perfecta comprensión de esta posibilidad, se trata de una estrecha relación con Dios, que aquí, no es entendido como un absoluto general, sino como una entidad.

El mero „pensamiento positivo", podría, de no practicarse de forma egoísta, enajenada y con manipulaciones técnicas, situar al pensamiento en una actitud emparentada con lo que puede proceder de Dios; podría incluso prepararnos para ello. Sin embargo, la literatura de esta corriente desaprovecha en gran medida este enfoque, lo que con frecuencia puede también terminar en autoengaño.

No se trata aún, en realidad, de una „transfiguración". Mediante ella, no es que sencillamente se añada un suplemento de programas positivos a la confusa diversidad de „programas" espirituales común a todas las personas, de modo que se dé así un superávit de programas positivos, un ejercicio bien posible. Más bien todo se esclarece gracias a que se hace posible poder atender a los orígenes espirituales, todo se libera de desfiguraciones y extraviadas valoraciones. Se hace visible un más elevado orden divino en todo. Si se observa cómo puede transcurrir la maduración del hombre también en esta dirección, ésta toma la forma de una profundización de los procesos psíquicos de purificación, tal y como se describen en el capítulo „La ira sagrada". Todo se ilumina desde una capa más fundamental de los saberes. Los saberes no son sólo pensar, pueden surgir con o sin el pensar, no se pueden forzar y liberan. El mundo del pensamiento no precisa restringirse aquí aún más, tal y como pretenden algunas otras vías.

El pensamiento se libera de los patrones de reacción instintivos y el controlable pensamiento analítico-sintético se transforma más fácilmente en herramienta de la supraordenada conciencia racional. La diferenciación en el pensamiento progresa, sin que por ello se haga más indeciso („tibio"). Aquí, p. ej., se comprende también qué ha de aplicarse en cada caso particular.

Es de suponer que Cristo mismo no tuvo que apartar todas aquellas perturbaciones que separan al hombre normal de este plano. Así y todo, también para él debió ir haciéndose una claridad cada vez mayor. Más tarde, en la así llamada oración pontifical, reclama aquella claridad que él, antes de la creación, tuvo por Dios.   

En la edición alemana e inglesa, se inserta un extracto del Evangelio de Mateo, capítulo 17, 1-13:  la transfiguración de Jesús.

 

La cuestión de los „milagros".

Jesús no obró para satisfacer el deseo de sensaciones de muchos hombres, ni tampoco para mover a los hombres a la fe por medio de prodigios observables. Todo su camino está atravesado de claridad interior sobre lo que tenía que hacer en cada momento; es decir, no „para lograr éste o aquel fin en ésta o aquella circunstancia". Las curaciones, con frecuencia, eran „signos" a pequeña escala que tenían un significado mayor y más fundamental. En el caso de la curación del ciego de nacimiento en sábado, Jesús responde que no está ciego a causa de los pecados, sino „para que las obras de Dios puedan manifestarse en él". Cfr. Jn. 5, 6-9; Jn. 6; Jn. 9, 3 etc.

Al mismo tiempo, con seguridad se busca aquí como efecto añadido sacudir los rancios esquemas de pensamiento y lograr una reflexión sobre el significado más profundo de tales acciones. Que haya personas que reclaman, en estos casos, la posibilidad de una observación externa, de la numeración, la medida y el peso, lo reconoce Jesús en la persona de Tomás, del que puede decirse que representa el „tipo del científico natural" entre los discípulos. Cuando éste recibe la ocasión de comprobar escrupulosamente si el que está frente a él es realmente Cristo resucitado, dice Jesús: „no seas incrédulo, sino creyente"; Jn. 20, 19-29. Es decir, la reciente comprobación debe emplearla Tomás, a través de una seria y profunda reflexión, de forma que la raíz de su duda desaparezca, „iluminándolo". Que Jesús, después de todo, tuviera que decir esto, significa también que Tomás no era un escéptico al que sólo la realidad tangible lo pudiera „doblegar" y „forzar a creer", acaso ya, por temor al castigo; al contrario, significa que Tomás, incluso después, seguía conservando su capacidad de arribar a nuevos convencimientos, o no, a partir de su propio interior. A pesar de todo, debía aprender que había otras formas de autoconvencerse más allá de la observación exterior.

Jesús sabía lo que convenía a Tomás. No quería forzar a nadie, algo que habría tenido la apariencia de un juicio; y tampoco conduce a ningún sitio provocar el rechazo de alguien que aún no está maduro para tomar una decisión.

También merece la pena leer el „Evangelio de Tomás", una colección apócrifa, precisa, de dichos de Jesús, sin que importe mucho si fueron escritos por el mismo Tomás o no. Este texto fue, asimismo, reconocido por los cristianos espirituales en Egipto y en otros lugares. 

En consecuencia, los „milagros" de Jesús no fueron tampoco el punto central de su labor. A menudo, obra de este modo sólo para ayudar, y después de que se le solicite, sin que se hayan congregado en torno a él, y „exhorta" a las personas para que no cuenten nada.

Cuando, sin embargo, los teólogos/as, entre otros, los de la escuela de la „teología de la desmitificación" de Bultmann, presuponen aún hoy que podríase menospreciar por completo estos milagros, es decir, considerarlos como descripciones simbólicas, debería recordárseles que se amoldan a la imagen mecanicista del mundo y del hombre propia del siglo XIX, y que, sencillamente, no han asimilado las más modernas corrientes científicas. Pues los recientes avances en física cuántica, biología y biofísica, de la investigación en medicina natural y parapsicología, en astrofísica, etc. son tan de largo alcance que puede hallarse entre ellas al menos elementos de apoyo sobre los que acomodar lo „inconcebible" de los sucesos bíblicos. Todo ello no debe abrir una búsqueda de la „prueba de la existencia de Dios", para la cual existen otros planos distintos de los propios de la ciencia natural.

Sólo hay una cosa correcta en esta corriente teológica: que no estima necesaria una objetividad científica como prerrequisito para la fe.

Ha pasado el tiempo de las limitaciones de la antigua Ilustración. Ya resulta posible, incluso para los espíritus científicos, creer sin caer en la esquizofrenia. En un tiempo en el que las personas creen sin más en conocidos fenómenos parapsicológicos, tales como que algunos individuos posean la facultad de doblar a distancia cucharas (a pesar de los fraudes frecuentes, no puede seguir cuestionándose), sería sencillamente absurdo no conceder al gran Jesucristo tales posibilidades. Jesús no se movía por la diversión propia del que dobla cucharas, pero hoy las más diversas experiencias apuntan a que Jesús podía dominar de hecho todas las fuerzas naturales, y que incluso para nuestro tiempo resulta extremadamente importante no perder de vista este fenómeno; para nuestra actual imagen del ser humano, para una recuperación integral, es decir, cristiana, etc.. Tal percepción espiritual de Jesús no está en contradicción con la percepción de Jesús como „Hijo del Hombre" que pretendía servir de ejemplo real para los individuos y para sus relaciones sociales, es decir, para la comunidad. Con frecuencia, la asunción de esta aparente contradicción provoca la negación de los „milagros", pues los que así piensan se creen en el deber, voluntariamente aceptado, de rechazar falsas corrientes que se desvían de un cristianismo humano y socialmente crítico. En realidad, de tomarse ambas en conjunción, se lograría una imagen más aproximada de la radicalidad real de Jesús y de su conexión con la voluntad y, por ende, también con la fuerza del Creador.

Ahora, en las curaciones por parte de Jesús, podemos examinar otra perspectiva. Él no remite, como tantos sanadores de hoy, a una „energía cósmica" que sienten fluir a través de sí mismos, sino que remite a la fe, a la fe en una curación a través de él, en última instancia, por Dios, a través de la persona exteriormente perceptible de Jesús. Aquí la energía no es una fuerza sin entidad; es, al mismo tiempo, un efecto del ser de Cristo. En el yoga oriental, p. ej., se considera con frecuencia a la energía de forma aislada. También hay hoy curaciones que, en el sentido más originario, se producen por la oración y en relación con ese interior más profundo y vinculado a Cristo del hombre que desea la curación y la reintegración del hombre, y que, también según Cristo, „puede más" que él.

La curación espiritual misma y el progreso anímico-espiritual aparejado con ella son, sin embargo, una gracia que no puede forzarse, por mucho que el hombre la procure.

Sobre el „don del Espíritu Santo", así como el don de la curación, el don „de la lengua" y los dones proféticos, v. además, 1 Cor. 12, 7-11; Hechos de los apóstoles 2, 17-20; y el capítulo „El suceso de la Pascua de Pentecostés" en este escrito.

 

La resurrección de Lázaro.

Hasta este punto, todos los estratos del ser humano de los que se ocuparon las antiguas escuelas mistéricas durante milenios han sido elaborados de nuevo por Cristo. De este modo puede hacer acto de presencia el „sobreconsciente" yo interior de la persona en la comprensión de la vida corporal, lo anímico y lo mental. Con ello se despliega la facultad de aclarar conscientemente, integrar y de ampliar en el otro lado los estratos más profundos y antiguos.

En los misterios del antiguo Egipto, p. ej., el camino descendía desde lo espiritual-anímico hasta las fuerzas de la voluntad de vivir propias del cuerpo.

Con la resurrección de Lázaro -Jn. 11*- se hace referencia a otra profundización. En primer lugar, muchos detalles aparentemente accesorios recuerdan a aquel saber egipcio ya indicado. Este registra la experiencia en la que un hombre pasaba tres días en un estado, que la moderna parapsicología conoce como „out-of-body-experience", es decir, una experiencia extracorpórea, como en un viaje astral, tan sólo consciente. El cuerpo yace aparentemente muerto. La persona tenía desde entonces la seguridad interior de que continuaría existiendo como ser anímico-espiritual después de la muerte. Los „hierofantes" deben tener en cuenta que el probando volvía a la conciencia terrenal, como muy tarde, después de 3 días, de otro modo habría resultado de todo punto imposible un despertar, y los tejidos del cuerpo habrían empezado a descomponerse. Justo esto es lo que se nos dice de Lázaro, después de cuatro días „ya despedía mal olor". Muy profundo, hasta en la misma sustancia física, debe actuar una fuerza tal, capaz de „recuperarlo". A través del suceso bíblico, una tendencia trata de demostrar que resulta reconocible también un modo espiritual cristiano, especialmente en lo material y en el hecho observable; una tendencia que, justo en nuestro tiempo, puede ponerse de nuevo de actualidad, después de que la mística de pasados siglos, p. ej., penetrara de forma clarificadora por primera vez en los estratos espirituales y anímicos.

Es de este tipo de experiencias, sentirse fuera del propio cuerpo físico, de lo que podrían provenir las doctrinas de todas las religiones en torno a la vida después de la muerte, antes que de especulaciones filosóficas, que no se corresponden especialmente con el estado de conciencia de los hombres de los tiempos prehistóricos, protohistóricos o antiguos. Una descripción más ajustada puede encontrarse en „Origen y presente" de Jean Gebser . Éste diferencia un nivel de conciencia arcaico, mágico y mítico antes del nivel del pensamiento abstracto y de una conciencia integral. Otra cuestión es ya si los límites entre estos niveles son los correctos; en cualquier caso, se puede trabajar sobre ellos hoy día. También R. Steiner enfatiza la inconmensurabilidad de los antiguos modos de conciencia. Tan sólo pueden apreciarse ecos de aquéllos en los diversos niveles antiguos de los individuos de nuestro tiempo.

La comparación con los antiguos ritos de iniciación no debe, por lo demás, interpretarse en el sentido de que la resurrección de Lázaro fuera, como en Egipto, un procedimiento ritual abiertamente convenido por todos los partícipes. Jesús separa en multitud de ocasiones sus acciones en la vida de los preceptos cultuales de tipo ya temporal, p. ej. el sabbat, ya espacial, p. ej., el templo, ya orientados a determinadas situaciones. Sólo por esta libertad, usa a veces de tales circunstancias, sin embargo, de una manera positiva, p. ej., de las fiestas de Pascua, del templo... Por ello puede ser hoy modelo para interpretar diversas tendencias, p. ej., para aceptar puntos de vista astrológicos, „lugares de fuerza" y otros usos. (Véanse también los libros de Marko Pogacnik : "Caminos de curación de la tierra ", "Sistemas terrenales y fuerza de Cristo", ...) 

También en conexión con la resurrección de Lázaro, Jesús y el círculo que en torno a él se anda formando se hace más claramente visible hacia el exterior como conjunto. Se muestra en todo ello una conciencia ampliada de Jesús que abarca también el círculo de los discípulos y, de este modo, fecunda ahora también la esfera mayor del ámbito social. Una ampliación pareja de la conciencia puede tener lugar también hoy entre los que siguen a Jesús cuando sus actividades como grupo se irradian hacia afuera.

Sucede ahora el camino de pasión. Con sus palabras, el sumo sacerdote pone en relación lo que ha de ocurrir con Jesús y el destino del pueblo (Jn. 11). En una visión profética, percibe claramente que Cristo ha de morir por todos. Pero interpreta incorrectamente que Jesús va a traer desgracias al pueblo de permanecer con vida. Esto precisa de una conciencia que pueda concebir al mismo tiempo procesos y conexiones por encima del pensamiento, facultad que, antes que nada debe adquirirse. No se trata ya de imágenes que surgen de forma instintiva. Se pueden desvelar, resolver y lograr las más profundas causas. Los pensamientos negativos o de otro tipo no pueden depositarse ya semiconscientemente, no pueden ya aglomerarse estructuras problemáticas, activas hasta en los estratos más profundos, incluso corporales. Esta problemática se resuelve lentamente, también de forma retroactiva, cuando el hombre sigue también tras los pasos de estas leyes. El camino hacia un futuro libre y creativo se hace libre.

En la página inglesa y alemana se inserta un extracto del Evangelio de Juan 11:


La resurrección de Lázaro

El padre de la iglesia Clemente de Alejandría estaba aún en posesión de una edición ampliada y „secreta" del Evangelio de Marcos. Era éste, según sus palabras, „un Evangelio más espiritual para el uso de aquéllos que buscaban la perfección", según la guía de un „progreso en el conocimiento". Se recogían aquí apuntes de Marcos y de Pedro, como la resurrección de Lázaro, que luego se suprimieron del Evangelio para uso común. Sólo Juan o un discípulo recogieron tales sucesos, plasmándolos en un Evangelio. Clemente describe a Cristo como „mistagogo" o „hierofante", es decir, como aquél que —a diferencia de los antiguos „cultos mistéricos"— introducía, o sea, iniciaba en los nuevos misterios (secretos de la fe). (Cfr. Prof. Morton Smith, "The Secret Gospel...").

 

„Las ovejas".

Poco antes del lavatorio de pies, se refiere a los unidos a Cristo como las „ovejas" (Jn. 10, 11-18), así como a Cristo mismo también se lo llama en otro pasaje el „cordero". Se enfatiza aquí la ya existente, o por mejor decir, renovada disponibilidad de los discípulos —especialmente para todo lo que procede de Cristo—, así como la pareja relación de Cristo con Dios. Por muy maduro que uno pueda ser, el hombre sólo puede llegar a reescribirse, como si de una página en blanco se tratase, en un plano, el propio de un niño. El verdadero progreso conduce —por mucho que el orgullo ande siempre renovándose— más bien a la humildad; la intuición de que todas las personas tienen un papel, sí, importante, pero en última instancia pequeño con respecto a Dios, hace crecer. Incluso puede hablarse aquí de „sumisión"; pero en un sentido libre y espiritual, y no en el sentido de la conducta servil ante las autoridades terrenales, lo que con frecuencia ha ocasionado algún malentendido. No por casualidad declara Cristo en el mismo capítulo „yo soy la puerta". Para aquél que abre su ser, es decir, su corazón a Cristo, para ése está él también abierto como una puerta que conduce a Dios, un requisito para todo lo demás. 

"Ovejas" y "carneros" son separados (p. ej., Mt. 25:32-33).

 

Cristo y el „lavatorio de pies", y la unción por parte de María de Betania.

El resto de los pasajes evangélicos relatan cada vez más acontecimientos simbólicos, mientras que se echan de menos las correspondientes enseñanzas pormenorizadas. Desde este mismo momento podemos ya sin remilgos dejar de lado las comerciales historias, ya puestas en su sitio, sobre „Todo Jesús al descubierto", de cuyo fin aún nada sabemos. Por contra, algunos conocimientos objetivos pueden resultar útiles aquí, si bien lo decisivo tan sólo puede desvelarlo una consideración meditativa. A otros, sin embargo, esto sólo puede servirles de estímulo para la propia búsqueda de conocimiento, algo que no puede hacer por nosotros ningún pastor o historiador.

En el texto bíblico —Jn. 13, 1-20— se representa el lavatorio de pies como una purificación. Dado que, algo más tarde, tales pasajes „esotéricos" apenas si podían comprenderse, cuando menos, se conservaron sin ninguna clase de censura. El implicado es „perfectamente puro"; en otras palabras, lo importante no son los pies, sino el significado simbólico para todos los hombres. En las más diversas culturas, este pensamientos se ha difundido en forma de analogías: pueden encontrarse las mismas funciones en el organismo humano, es decir, en el micro- o mesocosmos y en la naturaleza exterior o macrocosmos. Los pies están dirigidos a lo terrenal, y su movimiento obedece a la voluntad. Tanto si el hombre objetivamente „emprende" ésta o aquella otra dirección, es preciso que tome una decisión voluntaria. Lo que aparece como el contenido del lavatorio de pies es una purificación de esta voluntad y de sus contradictorios caprichos. Cfr. también que Jesús en Mt. 25, 31 y ss. concede a la buena acción un valor mayor que a la declaración, cristiana, pero de boquilla.

Sin embargo, esta acción, al igual que los sucesos subsiguientes, no representa una mera repetición de los impulsos ya vistos en los años anteriores en pro de la purificación de los diversos ámbitos ontológicos del hombre. Todo se sitúa bajo el signo de que Jesús interiormente sabe que „su tiempo ha llegado" y que sus discípulos deben estar preparados para continuar sobrellevando por sí mismos, en amplios círculos, „ese algo". En este punto ya no se trata de sus cualidades personales, de que la meta sea su buena voluntad, bajo la guía de su yo interior. Es más bien que este yo más elevado —ahora purificado con la „persona"—, puede ya fundirse cada vez más estrechamente con el „Cristo" que en nosotros ha tomado forma; como si se tratara de un „yo dentro del yo".

Esta experiencia podría muy bien describirse así: en la comprensión interior de esta acción puede producirse una purificación tal que todo pueda ya controlarse más directamente desde la fuente más profunda, a través de los más diversos estratos del ser. Sin embargo, se trata en primer lugar de la voluntad. El sentimiento y el conocimiento se perfeccionarán sólo más adelante en este curso, de modo que pueda el hombre directamente explicarse el porqué de sus impulsos. También Dios sigue en nosotros la secuencia que se muestra, en un plano más profundo, en el desarrollo de un niño. Esto no significa que esta nueva fase del desarrollo se produzca de forma, p. ej., „atolondrada". El desarrollo humano del sentimiento ético y del claro conocimiento ya ha recibido antes su fuerte aldabonazo. Tan sólo no se da aún un nuevo perfeccionamiento del mismo en la dirección de Cristo, tal y como el que recibe ahora el ámbito de la voluntad.

Otro modo de experimentar estas fases de difícil descripción podría poner a éstas en relación con el apercibimiento de la propia conciencia o de la mirada, con la que el „ángel", o el yo más elevado podrían considerar la vida. El yo más elevado (angelical) puede ahora mostrarse estrechamente unido a Cristo y de este modo experimentar una transformación. En algunas corrientes de los nuevos movimientos espirituales las experiencias de ángeles están hoy al orden del día; mientras tanto, los cristianos, pese a la Biblia, dudan con frecuencia de que haya tal cosa, por no hablar ya de la cuestión sobre qué podría haber de real en el „propio" „ángel de la guarda" del habla popular y de qué aspecto tendría tal relación. Cristo, sin embargo, representa a la criatura formada y personal del ser humano y la conservación de las conquistas de la vida humana al abrirse al mundo de fuerzas impersonales de los „ángeles". Para Cristo, empero un hombre que posea tal experiencia no es, ni mucho menos, perfecto. Deja que los discípulos se hagan las primeras impresiones al respecto en Jn. 1. Algunos orientados hacia la espiritualidad opinan que se trata sólo de la experiencia angelical y que, en consecuencia, podrían retraerse de lo terrenal; mientras tanto, la investigación en estos asuntos requiere mucho de una trabajada estabilidad, si se quiere evitar caer en laberinto de las ilusiones; es más, con esta fase se abre de seguro la posibilidad de una penetración más amplia de lo terrenal por el espíritu. Menciónese aquí, como punto de partida, que, p. ej., R. Steiner, en tanto que investigador del espíritu, adjudica a la evolución del hombre sobre la tierra largos periodos de tiempo, tal y como hace alguna otra corriente. No es preciso resaltar más aquí que otras prácticas, como las „invocaciones espirituales" hipnótico-espiritistas, no tienen nada que ver con la experiencia prototípica fundamental de los ángeles aquí aludida. Hay, sin embargo, muchos serios esfuerzos por parte de los hombres por estar en contacto, en su vida diaria, con los ángeles. 

En el lavatorio de pies apenas si se ha tenido en cuenta hasta ahora que aquel pasaje –p. ej., Jn.12- está en estrecha relación con que María de Betania unja simbólicamente a Jesús y seque sus pies con sus cabellos. ¿Se representa ésta sólo a sí misma, como ser humano, o representa el aspecto femenino de Dios, tal y como se podría pensar, en otros pasajes, de María, la madre de Jesús y María Magdalena —a la que probablemente no se debe confundir con María de Betania—? ¿Por qué tiene lugar antes del famoso lavatorio de pies? Para las propuestas —sin embargo contradictorias— de la teología de la experiencia femenina se esconden aquí tesoros aún no desvelados o sólo parcialmente desvelados. La „extremaunción", p. ej., de la iglesia católica puede verse como una reminiscencia de este suceso.

Es también digno de atención que el lavatorio de pies no sea sólo una acción realizada personalmente por Jesús una única vez, sino que los discípulos son animados a lavarse los pies los unos a los otros, de modo similar a como la última cena se deja sencillamente (provisional) en manos de la comunidad existente, en el sentido de un sacerdocio de todos. La voluntad, es decir, la voluntad de vivir, refinada por medio del lavatorio de pies, se ensancha, más allá del propio ser, hacia los demás, al principio hacia el prójimo a quien uno le lava los pies, luego hacia la corresponsabilidad para con el resto y con los discípulos en general.

El lavatorio de pies también puede verse como un deber para con el otro. Sólo con este lavatorio de pies toman ellos, en palabras de Jesús, „parte en él". Esto subraya el significado, en muchos aspectos de largo alcance, de este paso. Se alude sobre todo, en primer lugar, a aquél ámbito al que los jóvenes se refieren así: él/ella „me acompaña". Sin embargo, no se trata aquí de „tener una relación", sino de „estar en una relación (viva)". El lavatorio de pies sólo puede comprenderse como „paso hacia delante". Menor importancia tiene la representación externa de una acción de esta clase. Adquiere, antes bien, pleno significado en el sentido de la práctica alquímica, que también usaba de procedimientos externos como soporte visible para alimentar actitudes y procesos en la persona; pero sólo con la correspondiente actitud interna. Ni siquiera una posible y correcta intervención de un pastor oficiante bastaría; se precisa del implicado en ello, pues de esto es de lo que se trata. Esto vale también para la última cena, sobre cuyos más variados aspectos debaten los teólogos; en cierto sentido, pueden éstos tener incluso algo de razón en cada caso, pero a este aspecto de la transformación del mismo implicado, que es, considerándolo bien, de lo que se trata, ni la iglesia católica ni las evangélicas han prestado suficiente atención.

Ya fueran, en las enseñanzas más sencillas, p. ej., 5000 personas, luego 500, o 70 los que las siguieran, en el lavatorio de pies, en principio, tan sólo toman parte los 11 apóstoles, que habían aprendido mucho de Jesús y estaban ya preparados de modo que pudieran comprender la ocasión. Judas, probablemente, no se hallaba aún preparado. Tampoco Jesús imparte sus enseñanzas de igual forma para todo el mundo, sino por pasos. Con todo, es posible que los individuos progresen también al aplicar su más profunda consideración justo a estos acontecimientos que preludian la crucifixión. Tal cosa fue la que intentaron los rosicrucianos cristianos. Lavatorio de pies, flagelación, coronación de espinas y sepultura, resurrección y ascensión al cielo, se entendieron como „iniciaciones cristianas". Trasladadas a las profundidades de cambio de un tiempo nuevo, produjeron también las ensoñaciones de los siete días de la „Boda química de Christian Rosenkreutz", publicada en forma de sátira en 1616 por el teólogo luterano J.V. Andreae.

Un paso de esta clase, con seguridad, no concluye en general con la primera experiencia del mismo en la vida real, en la meditación o en los sueños. En muchos sentidos, el ser del hombre, con todas sus facultades, puede ampliarse, y pueden darse luego otros pasos, cruzándose con algunos otros anteriores, pero sólo podrán llegar, de cierta forma, a perfeccionarse aquellas cualidades que se asienten ya sobre fundamentos que antes hayan sido perfeccionados.

Después de la unción en Betania viene, en Jn. 12, la entrada de Jesús en Jerusalén como Mesías. Después del lavatorio de pies, en Jn. 13-17, p. ej., se recoge el anuncio de la traición por parte de Judas Iscariote, los discursos de despedida y la oración pontifical de Jesús.

En la página alemana e inglesa, se insertan extractos del Evangelio de Juan 13, 3-15:  el lavatorio de pies.

 

La última cena; la entrada como Mesías, arresto y flagelación.

Jesús entró en Jerusalén recibido con vítores al Mesías anunciado (Jn. 12, 12-19). Las rígidas castas sacerdotales supieron muy atinadamente pulsar las „teclas psíquicas" de los hombres para dirigir el sentir de la masa, en parte, en una dirección negativa. Son aquellos individuos que, al descubrir en sí lo negativo y la indiferencia, se procuran un cambio, los que podrían recibir aquella estabilidad y unión con Dios, con la que ya no podrían ser tan manipulables por la sugestión de masas (y por las reales fuerzas negativas cuya realidad se ha intentado probar tantas veces también en fenómenos del siglo XX).

En el arresto, en Jn. 18 –primero derriba a los soldados con la palabra– muestra Cristo que él no esta sometido a su poder. A pesar de todo, permite que todo le suceda a continuación.

La „flagelación" de Jesús -Jn. 19, 1- afecta a su espalda. El plano medio del hombre, su sentimiento, su capacidad de superación del sufrimiento en lo emocional, son cualidades que pueden aflorar por medio de la comprensión meditativa, y no ya sólo en pasivo y acobardado sufrimiento. Empero, todos los místicos cristianos que, voluntaria o involuntariamente, lo reviven en su interior atestiguan el dolor. Cristo no lo rehúye tampoco temerosamente, algo que le habría resultado tan fácil de hacer como a un maestro indio, por medio del pratyahara, la retracción de los sentidos. Se palpa más bien aquí una ampliación de la conciencia hacia el sufrimiento de otros.

Debe observarse que no era del todo acertado sostener, tal y como se ha dicho, que la flagelación de Jesús es símbolo de una determinada „fase de iniciación", es decir, de una fase de desarrollo del hombre actual en su camino hacia un mayor perfeccionamiento. El verdadero paso lo da ya Jesús en vida, en la última cena, que sigue a la unción en Betania (Mateo 26, 26-29).  Esta cena es el mejor símbolo de aquello que Jesús entrega a la humanidad sufriente. El pan representa ante todo la sustancia (es decir, el alma) de Jesucristo, de la „palabra" ("Verbo"). El vino simboliza el espíritu divino de Cristo, que vivifica este Verbo para la acción altruista. La iglesia católica enfatizó la transformación física del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo; las iglesias evangélicas enfatizan la celebración de la rememoración de Cristo. Ambas tienen, en este sentido, razón: las investigaciones científicas han demostrado ya en la sencilla „agua bendita" una alteración del ángulo de las moléculas de agua. Pero el verdadero punto importante estaría en la transformación del mismo participante, en tanto en cuanto éste se concentra en dejarse transformar por aquello que Cristo emana del „cuerpo y sangre" transformado y transformante. Por ello, el pan y el vino son, de esta forma, un apoyo visible. Algunos intentaron incluso una purificación espiritual sin el pan ni el vino, remitiéndose al „cuerpo y sangre" transformados y transformantes de Cristo, y sintieron los efectos. Esto es, cuando menos, más difícil. Y si alguien quisiera practicar una comida bendecida, sin la pretensión de administrar un „sacramento" eclesiástico, sería mejor llamar a eso un ágape o „comida de confraternización".


La flagelación puede entenderse como una forma externa y una respuesta caricaturesca de reacción de poderes ignorantes de aquello que tenían precisamente delante; por tanto, no debe colocarse en el centro de la rememoración. Esto vale también para la subsiguiente coronación de espinas. El a veces parcial énfasis en el sufrimiento propio de la antigua esotérica cristiana está con respecto a los nuevos conocimientos en este punto en la misma relación en que se halla el modelo de Juan el Bautista con respecto al modelo de enseñanza de Jesús y sus discípulos. El hombre es libre de elegir, cuál de estos caminos quiere ante todo tomar.

En la página alemana e inglesa, se inserta un pasaje de Mateo 26, 26-29 sobre la última cena (sagrada comunión y eucaristía).

 

La coronación de espinas y los discursos de despedida.

Dado que la flagelación era, entre los romanos, un castigo menor al uso, la interpretación del concepto, en el sentido de los antiguos cultos mistéricos precristianos, fue relegada a segundo plano. Por contra, la coronación de espinas —Jn. 19, 2-3, un consiguiente concepto de estos misterios— no es parte integrante del normal repertorio romano. La ironía no puede resultar más notoria: espinas en lugar de oro. Sin embargo, queda sin contestarse la cuestión de cómo puede ocurrir que los soldados se ajusten tan exactamente a las tradiciones mistéricas, incluso cuando, en aquel momento, tal cosa no puede haber sido de su conocimiento. Incluso de haber sido conscientes de tal semejanza externa —muchos soldados romanos eran seguidores de tales cultos—, éstos no habrían podido reducir a Cristo a la forma de vivencia que ellos conocían.

Mientras que la corona de oro habría sido símbolo real de poder —no necesariamente entendido en un sentido negativo—, la corona de espinas en Cristo era símbolo de una clase de liderazgo sin valor en el mundo. Con ella se le clavan las espinas en la cabeza. Tampoco aquí hay que fijarse sólo en el dolor, sino una fuerza capaz de superar todo abatimiento mental, del cual Cristo no muestra ninguna señal. Sólo aparece ésta en el momento previo a que definitivamente haya decidido no querer apartar de sí el „cáliz". Con la flagelación y la coronación de espinas encontramos la referencia a algo que, en este sentido, prolonga el lavatorio de pies; también el sentimiento y el conocimiento —contra toda resistencia— aparecen más bien „santificados".

La permanente tendencia, ya referida, en el episodio a superarse a uno mismo, tiene, en tanto que fuerza, también una relación con los nuevos movimientos, como el movimiento pacifista, el movimiento ecologista y las corrientes espiritualistas que pretenden „curar la tierra"*.

Como ya ocurriera con la „flagelación", en la „coronación de espinas" se trata también de una reacción, de un patrón de aquello que ya, de hecho, había sucedido previamente. Precisamente es éste punto, del que viene a manifestarse, desde un lado positivo, aquella disponibilidad espiritual a superarse a uno mismo, el que se aprecia en los „discursos de despedida" de Jesús, p. ej., Jn. 13, 31-17, y en los encuentros con Pilato, p. ej., 19, 5* (*"¡Mirad, éste es el hombre!", lo que, meditativamente, puede indicar como un asomo de Jesucristo como prototipo de un hombre redimido). No sólo el lavatorio de pies y la última cena como tales, también las palabras de Jesús eran hechos.

En relación con estos conocimientos, puede tener hoy pleno sentido, cuando se habla de „ cristianas iniciaciones o fases de desarrollos", considerar más decisivamente los fundamentos positivos.

 

Crucifixión y sepultura.

Los puntos de vista sobre la crucifixión y muerte de Jesús son aún más divergentes que sobre cualquier otra estación de su evolución; esto se debe, por un lado, a la relevancia que a ambos momentos se les concede por parte de las iglesias; por otro lado, a que los intérpretes quieran acomodar todo en su particular sistema conceptual. P. ej., Juan 19, 12-37.

Así, hubo corrientes gnosticistas que, a pesar de estar al margen del primer cristianismo, estaban dispuestas a involucrarse con Cristo. Desde su perspectiva, la griega antigua, no podían, sin embargo, imaginarse que un ser de luz de tal magnitud hubiera nacido de mujer y luego hubiese muerto. Así, se le consideró como un ángel o, tal y como se hizo más tarde con algunos maestros orientales, se le adscribió un cuerpo aparente visible, que ni siquiera era mortal, sino que, sencillamente, fue disuelto de nuevo. Dado que en su doctrina, el mundo terrenal y la materia son algo por siempre viciado, les resultaba también ajeno aceptar que un ser tal atravesara todas las estaciones de la vida terrenal, o que tuviera que hacerlo con su luz. El concepto „gnosticista" se emplea aquí para distinguir a éstos de la gnosis apostólica, una distinción que el propio crítico de las sectas F. W. Haack hizo valer. Con todo, se dan las más diversas interferencias en las doctrinas de esta clase; el „Evangelio de la verdad" gnóstico reconoce, p. ej., que Jesús fue clavado en la cruz.

Hombres de fuertes inclinaciones materialistas o recusatorias no sólo propagaron las leyendas de que Jesús había sido hijo ilegítimo de un soldado romano, lo que, dados los cánones morales del momento, era extremadamente descalificatorio. Se especuló también con que Jesús no había muerto, sino que había sido curado o se hallaba convaleciente. Incluso hoy pueden encontrarse intentos similares, p. ej., de relacionar con el Jesús bíblico la tumba en Cachemira de un hombre, probablemente ya mayor, de nombre Jesús. Al menos otra sepultura europea de Jesús, aún no hallada, aparece en la literatura moderna. A ello hay que decir que Jesús, también llamado Jehoschua, Jeschua, Jesat, no era un nombre para un único individuo. También en los apócrifos (los escritos no aceptados dentro del „canon" bíblico) aparecen varios Jesús: Jesús Sirach, Jesús ben Pandira; y esto sin tener en cuenta que el propio Jesús, según la interpretación de R. Steiner de las dos genealogías divergentes, en Mateo y en Lucas, fue entendido como dos niños Jesús diferentes puestos en relación el uno con el otro.

Relacionados en parte con estas tesis, las investigaciones han proporcionado hallazgos contradictorios sobre el sudario de Turín de Jesús. Por un lado se dice que la sábana contiene polen del tiempo y patria de Jesús, por otro, que es originaria „de la Edad Media". Por un lado, la impresión de la imagen sólo pudo haber sido causada por una súbita irradiación de alta energía, p. ej., a través de una súbita desintegración; por otro, los restos de sangre, se dice, son indicios de que Jesús aún vivía cuando fue bajado de la cruz. Una justa valoración del actual estado de la investigación avala, una vez más, la autenticidad del sudario, así como la inusual procedencia de la imagen. Esto puede ayudar a las personas (cfr. las observaciones sobre el camino del discípulo Tomás en el capítulo „Milagros"), así como a su comprensión objetiva, para que avancen hacia la realidad del acontecimiento que es Cristo. Lorber sólo considera inauténtica la „levita de Tréveris"; y sólo con el propósito declarado de buscar la fe en el interior de uno mismo y no hacerla dependiente de las mudanzas provocadas por hallazgos y teorías concernientes a objetos externos.

Sin embargo, tales investigaciones pueden estimular las indagaciones meditativas. Se declara con ello que hay algo ahí que no encaja en ningún esquema conocido. Cfr. también Grönbold „Jesús en la India: el fin de una leyenda", y el escrito hectografiado de Margarete Eckel, „Am Kreuz gestorben" ("Muerto en la cruz").

Tal y como ya se dijo antes, los testimonios de los místicos son, a menudo, de mayor ayuda para abordar la cuestión tanto del significado de los acontecimientos pasados para el desarrollo actual de los hombres, como la cuestión sobre el carácter que aquéllos tuvieron. Cuantas más experiencias espirituales tiene alguien en este sentido, tanto más llega éste a comprender. Las percepciones de los místicos cristianos y los estigmatizados —portadores de las llagas de Cristo— están, sin que haya habido contactos, a veces relacionadas; aunque presentan algunas singularidades de la vida de Jesús desconocidas en la Biblia, resultan en ellas coincidentes, desde Francisco de Asís, hasta el Padre Pío y Teresa de Konnersreuth. Todos coinciden en que la crucifixión y muerte de Cristo está real y profundamente marcada en este mundo, y que una inesperada o también consciente conexión con ese acontecimiento hace sentir un dolor inimaginable, pero también una fuerza inimaginable, que no subyuga sino que todo lo ensalza. La vida de tales personas extraordinarias está a buen seguro mucho más cerca del carácter existencial, que afecta a todo el ser, de la crucifixión; más cerca de lo que pueda estarlo una aproximación que se apoye sólo en el intelecto. En el tema de la muerte y la vida se trata de algo más que de los estratos particulares del ser aquí generalmente implicados, incluyendo aquí los del plano „causal" de la producción de principios y del destino. Incluso las personas carentes de esta notoria vinculación mística con Dios, por incompleta que sea su experiencia, pueden usar de estos acontecimientos de forma meditativa como puentes hacia la realidad. Con las palabras dirigidas al criminal crucificado junto a él, sobre que éste pronto se hallará en el paraíso" con él, Cristo nos indica que también es posible una rápida comprensión de su camino.

La consciente comprensión de estos profundísimos sucesos de la existencia humana, vinculados a la aflicción, el sufrimiento y la degeneración, puede manifestarse, en el grado que sea, como una posibilidad real en el presente. Aunque esta posibilidad no está ligada a ningún momento del año o al lugar geográfico del suceso, la Pascua parece facilitar la experiencia. Es como si Cristo hubiera imprimido otra „octava" al ritmo antiguo, estacional y tradicionalmente condicionado de muerte y regeneración.

Que Jesús no acepta el convenio de que la materia física imponga insuperables barreras al espíritu es algo que se puede ver ya en el caso de Lázaro. Salvo Dios, nada, con independencia de lo inerte o incluso negativo que pueda ser, es para él inalterable, todo puede, en última instancia, modificarse. Cuanto más profundo o inconsciente sea lo que ha de transformarse, tanto más difícil es naturalmente lograr un efecto.

También en la crucifixión, al igual que en los acontecimientos que tuvieron lugar poco antes, se manifiesta, junto a una fuerza de superación, una conciencia universal, p. ej., en las palabras en la cruz que hallan su culmen en la frase „¡Se ha cumplido!". En este sentido, el sensible y universalmente provechoso „amor que se sacrifica" no halla, sin embargo, su justa expresión ni siquiera en la antigua fórmula teológica, así como de resonancias jurídicas, de la „redención de los hombres por medio del sacrificio de Jesús". Éste rescate puede verse hoy como un intento de hacerlo más comprensible también para la conciencia intelectiva; sin embargo, pudo ser originariamente una adaptación al mundo representativo de los israelitas de entonces, cuando de lo que se trataba era de ganarse la benevolencia divina a través de sacrificios rituales (de animales, etc.), algo que Jesús mismo nunca predicó.

Aquellas otras teologías en las que se ve como punto central, p. ej., el hecho de que Jesús permaneciera hasta la muerte fiel a sus principios, tampoco dan una explicación satisfactoria de las experiencias místicas; ni tampoco de los fenómenos concomitantes como los estigmas, la ausencia de alimentación, etc.; cfr., p. ej., Thurston, „Los fenómenos concomitantes corporales de la mística", y Höcht, "De Francisco al Padre Pío y Teresa Neumann", (aleman), así como el próximo capítulo. 

Rupert Sheldrake, un biólogo que, entre otras cosas, por sus planteamientos integrales, se dio a conocer entre los nuevos movimientos espirituales, desarrolló la teoría del „campo morfogenético". Si monos situados en una isla desarrollaran una nueva habilidad, monos de la misma especie en otra isla apartada y sin ningún contacto podrían desarrollar al poco tiempo la misma habilidad. Debería tratarse entonces de un influjo no meramente casual, a través de un campo de fuerza que vinculase a los animales de la misma especie. Cuando el autor Rupert Sheldrake se preguntó, si podría imaginarse que, p. ej., la evolución de Jesús hasta la crucifixión o hasta la resurrección pudiera haber irradiado un campo de fuerza de esta clase sobre la entera humanidad, después de asombrada reflexión, contestó: „Sí; pero en tal caso no se debería suponer un campo morfogenético, sino un campo de fuerza espiritual."

Aunque no sea ésta una „demostración de la existencia de Dios", se ve que algunas nuevas corrientes científicas proporcionan ya mejores aproximaciones a estos asuntos de difícil comprensión que aquellas teologías que o bien interpretan dogmáticamente las antiguas enseñanzas o, sencillamente, eliminan lo que resulta difícilmente comprensible.

En la crucifixión aparecen también similitudes —si bien no una identidad total— con respecto a los antiguos ritos de iniciación. La cruz o el árbol del que se cuelga al hombre, se encuentra también, p. ej., en el norte (cfr. los mitos sobre Odín, que permaneció colgado nueve días de un árbol, durante los cuales tuvo elevadas experiencias). El motivo de la sepultura, en tanto que lugar de iniciación, está ampliamente difundido en la era megalítica, así como en el período celta, e impregna especialmente la cultura de las pirámides de Egipto. Las pirámides, tanto si fueron en realidad lugares de enterramiento —lo que no está probado, pues una inscripción dice poco— como si no, fueron usados, en cualquier caso, para el culto, al igual que ocurrió con los túmulos celtas. Puesto que, para discutir esto, estaríamos hoy obligados a pasar por algo ciertos hechos, no se tratará más este punto. R. Steiner ha sugerido que ambas corrientes espirituales de desarrollo, el motivo de la cruz y el de la sepultura fluyen, renovándose, de forma pareja.

La rememoración de la crucifixión, de la „media noche del alma", de la „muerte mística", del paso por el abandono de todo al que el hombre podría aferrarse, aquello que, de una u otra forma, todos los místicos cristianos llegaron a percibir, tiene también un cierto parecido con la experiencia suprema del yoga, con el nirvikalpa samadhi, es decir, con la experiencia del vacío del „nirvana". La mística cristiana proporcionó, con todo, la experiencia de que, por detrás de este vacío, se encuentra de nuevo „algo", a saber, Cristo o Dios. Que, dentro de la vía india, resulta posible traspasar este nirvana hasta acceder a lo se halla detrás, lo enseñó Aurobindo. Sin embargo, en la vía cristiana, puede encontrarse algo de esta plenitud en el trasfondo de todo directamente desde el primer momento del camino religioso, pues el ser de Cristo que recorre la tierra representa un puente.

Puede dar la impresión de ser una proeza que alguien como Aurobindo llegue a confrontarse con fuerzas que guardan relación con la evolución de Cristo, pero sin el debido trasfondo. Pero no es imposible de ningún modo; piénsese tan sólo en el caso del muchacho hindú Sadhu Sundar Singh que, sin conocer nada del cristianismo, en su intensiva búsqueda de Dios tuvo súbitamente una experiencia de Cristo que luego narraría en un libro. También en los ejercicios hinduistas, tántricos aparece de pronto, entre hombres que antes hubieran esperado una aparición de las figuras divinas indias, una visión de Cristo. „El espíritu sopla allí donde quiere".

Aunque en una teología determinada por el cristianismo, en tanto que comunidad religiosa, pueda resultar difícil de aceptar, en otros círculos culturales parece muy interesante la propuesta de R. Steiner, que ve en Cristo una entidad solar perfectamente conocida, ya en tiempos precristianos, por algunos de los mejores sabios; véase también el capítulo „Al principio fue el Verbo..." en este texto y la página adicional sobre "El Antiguo Testamento y las religiones precristianas".

En su descenso, según otras fuentes como Lorber, tiene lugar, además, la vivencia de Jehová. Esta experiencia, probablemente, como ha ocurrido en otros lugares, sufrió alguna tergiversación humana. Pero esto no significa que cualquier suceso altotestamentario pueda ser juzgado desde la lógica humana de nuestra sociedad actual. Dios, mejor que nosotros, sabe lo que se hace.

Más tarde, hace 2000 años, asistimos a la encarnación de Cristo sobre la tierra y, en tanto que ejemplo puesto en un punto de inflexión de la historia del mundo, lo vemos asumir esta historia, por así decirlo, hacerse responsable de la humanidad y reemprenderla con su vida. Los antiguos cultos están, en parte, degenerados, del mismo modo a como, más tarde, el cristianismo se volvió superficial, pero nada de ello resta valor a una investigación en esta línea. Cristo se mostraría entonces como algo que no encajaría con ese papel que a veces se le atribuye, el de garante del poder de una particular comunidad religiosa. Un ser que encarna ya lo genéricamente humano, una vez renovado, el „nuevo Adán" del Gólgota.

En teología se habla del perdón de los pecados (Jn. 1:29). Lo que, sin embargo, puede en realidad experimentarse es que, para manifestarse realmente en la vida, la „redención", como una posibilidad germinal, precisa de una „acción continuada". Lo que en realidad puede experimentarse es que al tomar como guía de vida a Dios, representado por Cristo, esta vida puede transcurrir de forma mucha más orgánica que si se toman las leyes de compensación del destino o del karma, de acción mecánica. También Cristo habla de la reparación „hasta el último céntimo", pero no dice que ésta deba suceder ahora y siempre „ojo por ojo y diente por diente". La nueva tarea del hombre toma el protagonismo: lo que para él y para su entorno resulte provechoso se recoge de sus posibilidades y se traslada. Ya no se anuncia una superación del pasado como fin en sí mismo, o como motivo de desarrollo. Hoy puede observarse una ayuda „desde arriba" en la conjunción de las diferentes posibilidades de los hombres.

Mientras que, en este tema, el estudio de R. Steiner podría dar la impresión de que Cristo sólo se ocupó del destino de la humanidad, y que es el individuo quien debe buscar su propio destino, muchos cristianos tiene la inequívoca y comprensible experiencia de que Cristo puede resultar de gran ayuda en el plano individual en la búsqueda del propio destino. Él puede procurarnos una transformación, en lugar de la plena consumación de todos nuestros empeños: y nunca sin la debida consideración hacia la humanidad también de las personas a nuestro alrededor. También la fuerza del perdón entre los hombres es una experiencia bien real, específica y propiamente cristiana. De este modo, se romperán los eternos círculos, p. ej., de violencia y contraviolencia. No se trata, empero, sólo de una doctrina de liberación de las ataduras terrenales, es decir, de no identificación con las mismas; en este sentido, pueden apreciarse similitudes con las doctrinas, p. ej., de Buda. En lugar de ello, surge de esta profunda actitud una fuerza que permite disolver las ataduras desde dentro y, a pesar de ello, no recluirse, como habría sido ya posible; es decir, disponer al mismo tiempo de la fuerza para, en el sentido más amplio, permanecer „en el mundo" como „obrero en la viña".

Resulta claro que, en este elevado plano, el hombre tampoco se disuelve como una gota en el océano. No se lo describe adecuadamente por medio de aquel súbito abandono de la persona que se diluye en mil partes, tanto psíquicas como mentales, estado que en el ámbito teosófico, p. ej., se describe como „crucifixión", y de modo similar, en Castañeda, que se inspira en el ámbito chamánico, sin llegar a usar el concepto de crucifixión; y sin embargo son experiencias reales.

Célula en el todo, que conserva su responsabilidad por todo, como algo propio de su filiación ontológica, es, en esta fase, una descripción más adecuada de una persona que „carga con su cruz" y cuyos previos empeños profundizan ahora arracimados en la magistralidad de lo existencial de la vida.

En todo intento de sacar en nuestro tiempo, con fines espirituales, pleno provecho del acontecimiento y la simbología de la crucifixión, no debería, sin embargo, pasarse por alto que aquí se dan diversos factores:

- que Jesús hubo de atravesar todas las fases de la vida humana, desde el nacimiento hasta la muerte, transformándolas todas con la nueva actitud que aplica;
- que la crucifixión —con independencia de otros antiguos significados de la cruz— consta, sencillamente, también como una forma de condena oficial en aquel tiempo, y que, en este caso, se aplicó por las artimañas inequívocamente aviesas, ilegítimas y materialistas de sus rivales. Fue como fue y nada más, de modo que no hay nada que respalde el fetichismo en torno a la cruz. Se trató de una última reacción de resistencia de los rígidos poderes de aquel tiempo, cada vez más negativamente inconscientes; justo una caricatura de la verdadera conciencia transformadora de Jesús.
El efecto finalmente beneficioso del suceso no dependió de este violento proceso contra él y debe verse también en relación con la resurrección. Es la obra de Dios.
- La cruz, como símbolo, incluye el contexto de aquel entonces, si bien luego devino, en general, símbolo del amor dispuesto al sacrificio, sentido con el cual aún puede emplearse hoy adecuadamente: como contraposición a la indiferencia, el odio, etc..
- Una imagen más neutral de los procesos en el interior de Jesús, más allá del contexto condicionado por el tiempo la aportarían las últimas palabras de Jesús en la cruz, p. ej., „en tus manos encomiendo mi espíritu"; y también la sepultura, que, a diferencia de antiguas representaciones no representa un „nivel" especial, sino que viene aparejada con la crucifixión. Y el sentido de la muerte de Jesús no está en la muerte misma, sino en la superación del curso mortal en el hombre.

Que las „últimas cosas en la vida de Jesús" hayan sido tratadas con tanto detalle en este escrito obedece a que éstas han sido mucho menos esclarecidas espiritualmente que los sucesos previos, mucho más fáciles de entender; y a que, por ello mismo, han aparecido muchas más teorías desacertadas al respecto, lo que hace necesario mayores esfuerzos para desenmarañarlas, a fin de lograr arribar a una experiencia directa. No debe, por contra, malinterpretarse la muerte como el acontecimiento principal en la vida de Jesús, tal y como quieren ver determinadas corrientes teológicas, en las que la cruz parece ser el centro de todas las cosas.

 

Sería posible abordar algunas otras preguntas en relación con la crucifixión. Por un lado está la cuestión del sepulcro vacío de Jesús -Jn. 19, 38 y Jn. 20, 10. Ya se ha mencionado que no puede haberse tratado de un normal procedimiento curativo con hierbas aplicado a un paciente vivo. Nicodemo empleó también inequívocos elementos de embalsamamiento y momificación. Que, para una mentalidad no limitada por el punto de vista materialista, queda prácticamente descartado que se trate de un sencillo robo del cadáver —y posterior sepultura en otro lugar— es algo que mostrarán los hallazgos que, en torno a la „resurrección" se describen en el próximo capítulo. Planteamientos poco habituales permiten alumbrar aún más:

Así, se podría, p. ej., abordar la cuestión de qué suele ocurrirle a una persona en y después de su muerte y de si hay en ello diferencias. Así ha ocurrido en multitud de ocasiones en el terreno de las revelaciones y tradiciones religiosas, también en el terreno de las especulaciones filosóficas y, luego, con ayuda, p. ej., de las investigaciones parapsicológicas, de la psicología humanística y transpersonal, así como de las experiencias clínicas e individuales (p. ej., Elisabeth Kübler-Ross, ...)

Prácticamente todas las religiones dan por hecho, en última instancia, que el hombre no sólo „sobrevive" a través de su descendencia y por medio del legado cultural de su acción, sino que, como individuo, continúa existiendo como espíritu. Ni siquiera los cultos a los antepasados limitan la „supervivencia" al ámbito de los descendientes, sino que, en general, presuponen tanto la efectiva supervivencia espiritual de los antepasados, como la posibilidad de que los descendientes puedan sentir su presencia en rituales o en su vida ordinaria. Incluso allí donde aparece la creencia de que el hombre puede adoptar otras formas vivas, incluso de piedras o de cualquier otra cosa, se reconoce también el principio de la supervivencia como ser espiritual. Las nuevas grandes religiones enfatizan igualmente la supervivencia tras la muerte; entienden ésta de forma más inequívoca en un plano del ser distinto del físico; hablan, a veces, de la posibilidad del contacto entre estos planos de existencia, pero también de la problemática implicada en ello. Con el fin de lograr un ascenso consciente a las altas esferas, se han desarrollado depuradísimas ceremonias. Cfr., p. ej., el „Libro de los muertos tibetano", del que se ocupó incluso, p. ej., C. G. Jung. Sobre la cuestión en torno a la reencarnación hay muy diversas experiencias y planteamientos. 
En este sentido los cristianos coinciden con otras religiones en que la muerte no es el fin. Sin embargo, en los detalles hubo diversas interpretaciones ya en el primer cristianismo; p. ej., sobre la cuestión de la "preexistencia" del alma antes de la concepción o de la reencarnación... . Hoy hay algunos teólogos que ni siquiera creen en la continuidad de la vida tras la muerte o en la posible "vida eterna" a través de Cristo*; hicieron suyo un estado de las investigaciones científicas, etc. que, en lo esencial, procedía del siglo XIX y hoy está ya largo tiempo superado. 
La constante pregunta de los hombres, „¿qué se oculta detrás (detrás de la superficie exterior del mundo)?", sí que conduce a experiencias prácticas.
*La vida eterna en sentido cristiano, como promesa hecha a los "justos" (p. ej., Mt. 25:46) o a aquéllos que siguen a Jesús (p. ej., Lc. 18:29-30) y a los que creen en Cristo (p. ej., Jn. 3) no tiene necesariamente sólo un significado "ultramundano". A partir de aquello que con Cristo en nosotros se ha vuelto como "el Cielo", la vida se transforma también en el "futuro mundo" mencionado también en tales pasajes bíblicos.

En el terreno de la medicina, no sólo están los relatos de narcotizados o muertos aparentes que volvieron e informaron de sus vivencias en otros planos de conciencia. Hay, además, determinadas investigaciones científicas en torno, p. ej., al hecho de que, en el momento de la muerte, se produce siempre una disminución del peso de aprox. 21 g. En la antroposofía y en la teosofía se hablaría de la separación del yo o „ser" espiritual y del „cuerpo astral o emocional" así como del „cuerpo de éter o de energía" y del cuerpo fantasma del cuerpo físico, al que sigue otro autorretraimiento en lo emocional y, luego, en el yo o plano mental y mundo causal, siempre con el yo más elevado en un plano superior.

En particular, en el caso de los suicidas, los hallazgos paracientíficos y mediumnísticos informan de que éstos permanecen encadenados durante mucho tiempo a su entorno terrenal. Sus perturbadores recuerdos no se borraron tal y como ellos habrían deseado.

El conocimiento actual podría contribuir en gran medida a que uno se ocupe, durante la vida, de valores permanentes en su propio interior, algo que, p. ej., la Biblia siempre ha recomendado. Quien ha vivido sobre todo de forma destructiva, egoísta y posesiva, tendrá problemas a causa de esta carga, y lamentará su negligencia. Quien, por el contrario, ha sabido tratar consideradamente a sus prójimos y aprendió a apreciar la creación como una parte de sí mismo, y a ser solícito, tendrá buenas experiencias a causa de su noble carácter.

Se podría plantear la pregunta de más largo alcance de qué relación tiene el ser del hombre en la muerte con las consabidas habilidades, experiencias y elementos de sus diversos estratos ontológicos, incluidos los del cuerpo físico; y también de qué aspecto tienen, a este respecto, las diferencias. También sobre esta cuestión pueden hallarse informes en la literatura, p. ej., los del padre Roesermüller. Éstos apuntan a un „acarreo" más o menos marcado de lo esencial de cada una de las miembros del ser; así como, de ser posible, a una inhumación preferentemente, antes que una incineración, a causa del proceso señalado. Es justo de una disolución sustancial, repentina e inesperada, observable en un sepulcro, de lo que se allí se trató.

Por otro lado, existen desde hace varios siglos hasta el presente informes comprobados por las iglesias sobre „cadáveres incorruptos", p. ej., aún hoy el de Bernadette Soubirius en Lourdes. Del mismo modo, existen numerosos informes sobre „sepulcros vacíos". En tales casos, puede comprobarse sobradamente que estas personas llevaron una vida en muy estrecha relación con Dios.

Al principio no se pensó abiertamente en una relación con el sepulcro vacío de Jesús; este planteamiento sólo apareció más tarde en las publicaciones esotéricas. Se podría enumerar toda una serie de otros fenómenos muy particulares que, si bien no son todos ellos comprobables sin más, tampoco pueden ser descalificados sin distingos como poco serios. Lo que sí es seguro es que la materia física esconde aún grandes secretos. Por lo demás, investigaciones del campo de la química y la física hacen tambalear la imagen de los que se suponían relativamente estables átomos del cuerpo, asunto que aquí sólo puede mencionarse de pasada, pues merecería un capítulo entero.

Por lo demás, debería tenerse en cuenta los apócrifos, los escritos del primer cristianismo que, aunque no considerados „heréticos" por la iglesia, tampoco se vieron como cien por cien correctos, y que no fueron aceptados por ello en la Biblia. Una parte del así llamado „Evangelio de Nicodemo" describe la „bajada a los infiernos de Jesús" después de su muerte y sus efectos sobre los seres que allí están sometidos a una —muy emocional— purificación. Luego, se describe su encuentro con las figuras que viven en el —muy superior y espiritualmente concebido— paraíso, p. ej., del Antiguo Testamento. Por un lado, tales representaciones parecen muy naturales, pero podría tratarse de verdaderas visiones, que pueden ser unas veces directas y otras simbólicas.

Como imagen, el sepulcro muestra por un lado una fase del camino de Cristo, una última transformación del cuerpo de Cristo —ya en vida espiritualizado— y los correspondientes sucesos del ser espiritual separado de la conciencia corporal. La aparición de un „nuevo Adán", de nuevo integral, se anuncia aquí. Resulta simbólico que, según las respectivas tradiciones, „Adán y Eva" deban estar enterrados bajo aquel paraje del Gólgota („lugar de la calavera").

Tampoco se ha agotado aún todo el significado del relato en Jn. 20,11-18, según el cual, María de Magdala, llamada María Magdalena, es la primera en descubrir el sepulcro vacío y reconoce a Cristo en una fase transitoria*. En un sentido espiritual, parece simbolizar aquí el papel de Eva. *„No me toques, pues aún no me he elevado al Padre". He aquí una diferencia con respecto a la posterior aparición como resucitado, en que, p. ej., consiente expresamente ser tocado por Tomás. El cuerpo muerto parece como animado de una nueva forma desde el espíritu. Pero las tradiciones no dan ningún respaldo a las especulaciones sobre Jesús como herido que luego es curado. Su apariencia había cambiado sobremanera y las reacciones de María Magdalena de ningún modo apuntan a que estos cambios fueran resultado de múltiples heridas y costras, que habrían sido muy llamativas. Incluso las dos hierbas que Nicodemo empleó estaban, en esa combinación, inequívoca y especialmente destinadas al usual embalsamamiento de los muertos. Lo que aquí ocurrió no encaja en el esquema clásico de la muerte y la vida; ni tampoco en el esquema las experiencias entre la vida y la muerte, conocidas ya de antiguo. Esto tiene también un significado para el futuro; cfr. „El Apocalipsis de Juan".

 

El sepulcro vacío y la resurrección de Cristo suponen para la conciencia de muchas personas un desafío insuperable –p. ej., Jn. 20, 11 y Jn. 21. Toda su experiencia previa, que les indica que los hombres han de morir, y la tendencia, comprensible, a suprimir lo inexplicable, así como el desfasado planteamiento, unilateral y materialista sobre la vida —pero que continúa enseñándose en las escuelas—, son algunas de las causas que explican esto.

Con todo, también entre las filas de los autores, en parte de tendencia claramente materialista e histórico-crítica, hay voces que declaran que las historias sobre la resurrección son las historias mejor confirmadas de entre las del primer cristianismo, mucho mejor documentadas incluso que el grueso de las restantes historias sobre la vida de Jesús; historias que atestiguan la aparición de Cristo en diferentes lugares, bajo una nueva forma no siempre inequívocamente reconocible, con algunas nuevas características, sí, pero perceptible para cualquiera que tuviera dos ojos, y que implican ciertas consecuencias. 

De hecho, deberíase, en consecuencia, atribuir a Jesús, desde la representación bíblica de su naturaleza, un estado que presupone verdaderos procesos de transformación en el —ya en vida espiritualizado— cuerpo de Jesús y/o en el „cuerpo" post mortem de Jesús (los así llamados „fantasmas" no son, por lo general, visibles). Los estados de conciencia esparcidos en la secuencia del desarrollo humano podrían perder su separación: „separación" es el significado literal de la palabra „pecado". La separación era también la separación del hombre con respecto a Dios, su origen. Así, lo „inferior", es decir, el cuerpo, podría ser de nuevo incorporado a los otros planos ontológicos de Cristo. Cfr. el capítulo precedente: „Y el sepulcro estaba vacío".

„'En tres días construiré este templo de nuevo'. Se refería al templo de su cuerpo": Luego de la ascensión de su ser o de su más profundo interior (cfr. el último capítulo) a otros planos, algo que se ha de asumir también para otros muertos, y dado que, en ausencia de propiedades separativas, todo obedece a lo más interno, podría producirse desde allí una recreación de las capas de la persona, incluso de su cuerpo físico, sin los planos „inconscientes".

También en los círculos antroposóficos (R. Steiner) y teosóficos (A. Bailey) se entiende la resurrección como una auténtica recreación. Por incorrecto que, en los detalles, pueda ser el punto de vista teosófico, los teólogos cristianos deberían preguntarse por qué, en cualquier caso, no desarrollan ellos mismos tales —¿acaso más correctas?— planteamientos que, cuando menos, serían más acordes con la más amplia cultura general de hoy día. La vacilación de algunos teólogos a tomar en serio, de forma plena, la resurrección no satisface ya este criterio. 

Señálese aquí que el „cuerpo resucitado", en tanto que verdaderamente perteneciente al ser, no se puede identificar sin más con el cuerpo aparente (mayavirupa) de la literatura esotérica, con el que, algunos maestros supuestamente pueden hacerse visibles como a través de las vestiduras. En cualquier caso, todo el mundo acepta que aquí se manifiesta el poder del espíritu sobre la materia. Dicho sea de paso, las doctrinas confusamente formuladas por algunos sobre „cuerpos de luz" podrían también ponerse en relación con esto. Se trata, entre otras cosas, de lo que sucede cuando las capas más elevadas del ser del hombre se reflejan en lo físico. Esto forma un puente sobre el que el hombre, sin abandonar el cuerpo, puede penetrar en las realidades por encima del plano físico, algo que en hebreo se conoce también como "merkabah";  cfr. J. J. Hurtak „Las claves del Enoc" y „Los evangelios sinópticos ", Zentrum d. Einheit Schweibenalb, CH-3855 Brienz. Se ha desarrollado un movimiento no cohesionado organizativamente que, por medio del "ejercicio de la luz" podría ayudar, con fuerzas espirituales, de muy diversas maneras en este tiempo de transición. Parece, sin embargo, demasiado tentador pensar que ésta o aquella técnica de ejercicios traerá por si sola, al fin, los ansiados resultados: la „ascensión". En realidad, se trataría más bien de un desarrollo integral, es decir, también de una maduración del carácter. Véase, también, el próximo capítulo.

Las representaciones de la reencarnación, es decir, de la renovada presencia del alma en otro cuerpo, que se pueden ver en las más diversas religiones, con una u otra fisonomía, eran más incompletas o eran una „octava" inferior al nuevo suceso de la resurrección y no pueden identificarse con éste. Las doctrinas sobre la preexistencia del alma antes de la fecundación, e incluso la doctrina de la reencarnación estaban ampliamente difundidas en el primer cristianismo, y después de Rufino eran generalmente aceptadas. Es interesante señalar que luego no se les dio una especial importancia. Esto no debe sólo adscribirse al hecho de que los hombres debieron durante algún tiempo concentrarse más en la vida terrenal, tal y como escribe R. Steiner; tampoco, como otros autores conjeturan, a los presuntos esfuerzos de Papas ansiosos de poder por hacer que los hombres dependieran de la limitaciones de una vida. Pueden hallarse aquí, además, otros fenómenos muy significativos. El más importante es el afianzamiento del motivo de la resurrección en los hombres. Si bien puede éste, en la práctica, sonar a vana música celestial, la reencarnación recibiría con ello el carácter de algo, en última instancia, superado por Cristo. El Cristo resucitado no debe corporeizarse de nuevo para poderse aparecer a los hombres. A la crítica de muchos –no todos- los grupos cristianos a las doctrinas de la reencarnación, debe reconocerse que las rígidas y „animico-mecanicistas" leyes del destino, la muerte y la reencarnación, al menos cuando se las considera como un fin absoluto, no se corresponden con lo previamente vivido por Cristo. Esto no significa que no pudiera haberse dado nunca una reencarnación o que no se dé. No se deben rechazar muchas de las pasadas o actuales supuestas „experiencias de reencarnación" —aunque no todas estas experiencias sean en realidad reencarnaciones, sino que con frecuencia respondan a otros factores concretos—. Incluso en el ámbito cristiano aparecen éstas, cuando aparecen, especialmente en casos extraordinarios, p. ej., en el caso de Juan el Bautista. No se trata de que éste tome la función de Elías —tal y como se ha interpretado—, Jesús tan sólo dice „es él". Se trataría, sin embargo, del papel de un ser enviado de nuevo para una misión especial con el fin de ayudar a los hombres, y no del ciclo obligado de los atrapados en la rueda de las generaciones. Por otro lado, en el ámbito de la mística cristiana, también allí donde se afirma como hecho la reencarnación (p. ej., Lorber), se enfatiza la mayor significación de nuevas vías de aprendizaje del más allá. Hoy, en una vida humana, puede aprenderse una enormidad de cosas. Allá donde suceda, la reencarnación en pro de una normal purificación o progreso, probablemente con nuevas tareas en relación a su entorno, no debería, tras las respectivas experiencias, poseer ya, en cualquier caso, el antiguo carácter automático. Estas antiguas teorías pueden haber sido el motivo por el que las doctrinas de la reencarnación resultaron especialmente sospechosas para los cristianos; a esto se añade que Dios y Cristo no fueron tenidos en cuenta en las doctrinas de la reencarnación de otra procedencia. Esto no quiere decir que resulte aceptable en la práctica descalificar de antemano como no pertinente en relación con Cristo todos los fenómenos que hoy defienden muy especialmente otras religiones. La naturaleza corporal, anímica y espiritual del hombre es, sobre todo, básicamente, la misma, y de aquí que todos puedan aprender de las comparaciones, sin tener que incurrir en la homogeneización sin reservas.

Ya se trató el efecto de las teorías mecanicistas sobre el karma y la reencarnación en el capítulo „La crucifixión".

Hoy puede apreciarse con frecuencia que personalidades muy marcadas, apenas alcanzada la edad adulta, presentan un aspecto muy distinto del de sus progenitores. A veces parece como si éstos hubieran impreso a su cuerpo actual, más marcadamente de lo habitual, una figura sacada de otra, tal vez antigua cultura. Esto podría relacionarse con el significado —reforzado con respecto a la antigüedad— del ser anímico-espiritual frente a las relaciones con los antepasados y la descendencia. R. Steiner ve aquí una relación con la acción de Cristo.

A pesar de este fenómeno, no existen motivos para ver en la acción de Cristo un énfasis unilateral de lo anímico-espiritual; se trata más bien de un impulso a largo plazo por depurar cada uno de esos planos y acompasarlos nuevamente. El espíritu, el alma y el cuerpo deben acoplarse entre sí (algo que, con seguridad, no es fácil de ver). Una ideología que defienda la extinción de la diversidad de los pueblos, etc. en favor de una humanidad unitaria resulta tan ajena a este impulso como la ideología de una raza superior que discrimina a todas las demás. Están las partes y está el todo; se trata de algo que puede parecer trivial, pero hoy nada es trivial, todo debe pensado a conciencia.

El lema de Cristo es „Mira, hago nuevas todas las cosas". Si bien se dirige, en última instancia, al núcleo de la individualidad, donde el hombre „ya no es ni judío, ni griego...", sino hombre, no se refiere con ello a una mera sobreconciencia humana unitaria, sino al pensamiento que Dios piensa, es decir, realiza a través del hombre individual. Desde la propia individualidad, el hombre puede construir nuevas comunidades que no procede de los antiguos vínculos familiares o de posición, etc.. Entre las nuevas relaciones del espíritu algunas pueden ser, empero, „antiguas", que, de ser antiguas constricciones inconscientes, han pasado a ser relaciones libremente decididas.

En relación con las observaciones sobre los efectos sobre toda la humanidad a través de campos de fuerza, tal y como se comentaron en el capítulo sobre la crucifixión, se ha de tener en cuenta que, una vez que Cristo ha recorrido todos estos pasos, éstos están todos ellos y al mismo tiempo „ahí". Si bien los pasos de Cristo y su secuencia se conservan aquí, la „rememoración de la crucifixión" es algo diferente, una vez que el impulso de la resurrección tiene lugar. No se trata ya, claro está, de que la muerte física tuviera que ocurrir, en la más rigurosa de las comprensiones, antes de que pueda operar la „fuerza de la resurrección". Las experiencias místicas corroboran esto: la fuerza de la resurrección puede experimentarse como una fuerza de tracción presente, por detrás de todos los pasos, incluso los más sencillos. Desde otro planteamiento, R. Steiner entiende que el suceso de Pascua actúa hoy como unidad; otros hallazgos, como una „eterización de la sangre", pueden darse también.
También juega hoy un papel aquello que "los seguidores de Jesucristo" han desarrollado con éste.

En este contexto, resulta interesante que existan nuevas tendencias que, como Cristo, no compartan la asunción general de la evidente y forzosa mortalidad del cuerpo. 

El filosofo y yogui indio Aurobindo trabajó, más allá de la experiencia del nirvana, en la una dirección similar, y trató de „hacer descender hasta la vida terrenal fuerzas supramentales, es decir más allá de lo mental". Su compañera de viaje espiritual, la „madre" Mira Alfassa pudo penetrar con ello en las capas cargadas de recuerdos del cuerpo físico —p. ej., de las células— que tienen relación con el viejo programa de la muerte. Ella percibió esto, al mismo tiempo, como „ejercicio en el cuerpo de la humanidad"  

De otra forma, Rudolf Steiner hablaba de miembros del ser más elevados y de nueva aparición, de „cuerpos" en estos ámbitos sobre el entendimiento, que posibilitarían perfilar a voluntad uno tras otro los ámbitos antiguos, emocionales y etéreos de las fuerzas de la vida, y los ámbitos ontológicos físicos. Llama a los miembros más elevados del ser: „yo espiritual, espíritu vital, persona espiritual". Podría dar la impresión de que éste está hablando de una profecía que sólo puede realizarse después de un largo periodo de tiempo. Una comparación con el actual desarrollo indica, sin embargo, que ésta, al menos en parte, puede estar refiriéndose a este momento.

Asimismo, en el budismo esotérico se alude a estos elevados „cuerpos", al menos como posibilidad para el ser de Buda: „Dharmakaya, Sambhogyakaya, Nirmanakaya". En estas diversas corrientes, sin embargo, no llega a ponerse en claro ni planteamiento, ni método, ni resultado. Lo que sí queda claro es que diferentes hombres, independientemente unos de otros, aluden a los mismos ámbitos de trabajo, de modo que éstos, como tales, deben considerarse tanto más reales.

Añádase aquí otra experiencia de nuestro siglo: Carl Welkisch, „En el fuego espiritual de Dios". En tanto que místico de una sensibilidad corporal inusual sintió, confirmándose a través de visiones, el mensaje de que también la materia corpórea puede ser transformada por Dios, y que él era, además, un instrumento. Dado que, con todo, es cada vez más frecuente que personas con extraordinarias „misiones dadas desde arriba" puedan, p. ej., opinar que son los únicos, mientras que la distribución de las misiones por Dios es cada vez más complicada, es con frecuencia fácil despacharlos como „lunáticos". Quien está familiarizado con las experiencias místicas puede, sin embargo, reconocer que las experiencias, a pesar de posibles recortes subjetivos, tienen un significado muy real. Esto también vale para Welkisch.

Nuevos grupos especiales, espiritual-terapéuticos, especialmente en los EE UU, predican la „immortality", la inmortalidad. Mediante terapia, se intenta eliminar las „representaciones de la mortalidad", y luego se busca contribuir, por medio de técnicas de respiración como el rebirthing –para el tratamiento del trauma del nacimiento–, la alimentación sana, etc., a una auténtica prolongación de la vida, de la vida que irradia positividad. Si bien en estos círculos Cristo surge con frecuencia tan sólo al margen, empiezan a sonar también allí cristianos como la mormona Annalee Skarin, que ha escrito sobre sus propias experiencias en relación con la desmaterialización y la rematerialización del cuerpo desde la perspectiva de su conexión con Dios.

Otros, en el campo de la medicina, estudian métodos hormonales para procurar un cierto rejuvenecimiento. Este desarrollo tiene perfecto sentido. No parecen todos ellos sospechosos de megalomanía.

Sin embargo, ha de tenerse en cuenta que, en el sentido de Cristo, se trata del ser humano integral, y no, p. ej., de un culto al cuerpo que considera la vida física como el valor más alto e independiente. Tampoco se trata para él de una aislada revivificación de las células, sino de la común curación del cuerpo —órganos, células, etc. incluidos— y de los ámbitos espirituales del hombre. En Cristo, además, se trata de la libertad de vivir y no de la imposición de vivir. Todo esto no debe subordinarse sin más a estos esfuerzos, pero como posibles fuentes de peligros en esta difícil empresa debían mencionarse.

La fuerza de la resurrección, vivida con Cristo, y que éste ha puesto en práctica visible e integralmente, parece representar el verdadero „fermento" de un desarrollo armónico. Mucho de lo que él ha aportado como semilla lleva mucho tiempo sin haber sido aún descubierto. De aquí que tenga pleno sentido remitirse aquí a él de forma consciente.

La „resurrección" no es, sin embargo, una experiencia espiritual. Puede renovar todo lo que queda en la vida, razón por la que uno de entre los grupos neoapocalípticos menos conocidos, a saber, el„Centro de luz de Betania" en CH-Sigriswil, en su publicación „Mensajero de luz", ha acuñado el concepto de „vida de resurrección". Tras la „puerta estrecha" de la cruz viene la plenitud. Jesús hizo hincapié en que su camino sólo se hace claro a través de las obras. Los progresos en el camino personal de „imitación de Cristo" sólo parcialmente pueden hacer comprensible este paso hacia delante. Tal y como hemos visto, este camino no es uniforme, ni tampoco uniformemente ascendente hasta desembocar en una única cumbre; se muestra en la persona concernida más bien como la edificación dirigida por Dios de un magnífico edificio, en el que cada nueva piedra descansa sobre las precedentes. Las piedras son las facultades del ser del hombre, que perduran más allá de la construcción de edificio exterior. Tal y como el primer hombre, según los testimonios de las diversas escrituras sagradas fue creado de forma completa, así puede él, después de haber pasado por las libres representaciones o dramas del mundo de la imperfección, lentamente, de nuevo, „ser creado como el Padre en el cielo"; ésa es la promesa de Cristo a los hombres. Esto vale no sólo para los pasos más fáciles del camino, sino también para el paso de la resurrección: él no tiene límite establecido y no proclama de ningún modo que el entendimiento de cada cual sea la medida. Él mismo impone nuevas medidas, cfr. las palabras que empiezan con un „Yo soy...„ de los Evangelios: „Yo soy el pan de vida", „Yo soy la luz del mundo..."; „"Yo soy la puerta"; „Yo soy el buen pastor", e incluso „Yo soy la resurrección y la vida"; quien tenga fe „vivirá (eternamente), aun cuando muera igualmente", tal cosa no señala a un „Juicio final" general, como ciertas corrientes cristianas sostienen; „Yo soy el camino, la verdad y la vida"; „Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador... vosotros sois los sarmientos..."; „...yo soy un rey, y he nacido y venido al mundo para poder mostrar la verdad". Cristo es el verdadero YO SOY en el hombre, completamente distinto del yo egoísta de cada día.

  En la página alemana e inglesa, se inserta un extracto del Evangelio de Juan 20
Dos de las apariciones del resucitado.

 

La „ascensión al cielo".

Aviso preliminar: ascensión (ascension), tal y como las modernas corrientes espirituales, es decir, los „trabajadores de la luz" emplean el término, muestra sin embargo más claras relaciones con el capítulo precedente, „La resurrección"; v. supra.

Del mismo modo que Jesucristo comienza con los 40 días de retiro en el desierto justo antes del inicio de su enseñanza, así concluye su acción visible sobre la tierra con los 40 días después de la Pascua, en los que se apareció a algunos en diferentes lugares.

Después de una última comida y discurso, „se los llevó hasta cerca de Betania, y alzó sus manos y los bendijo. Y sucedió que, mientras lo bendecía, se separó de ellos y se elevó hacia el cielo", Lc. 24, Marcos 16. „...fue visiblemente elevado y una nube lo ocultó de su vista... Allí estaban a su lado dos hombres vestidos de blanco, que dijeron también ‘...Este Jesús que os ha sido tomado de vuestro lado del cielo vendrá tal y como lo habéis visto ir al cielo‘ ". (Hechos de los Apóstoles, 1). Evidentemente, los discípulos diferenciaron muy claramente entre aquellos 40 días en los que Jesús se presentó también repentinamente entre ellos y desapareció de nuevo, y el tiempo posterior en que se sintieron reunidos en su espíritu, aunque sin su presencia personal.

Cristo había anunciado que iba con el Padre. Justo tras la ascensión al cielo se dice de él que está sentado „a la derecha del Padre", es decir, con Dios en un plano distinto al de „más allá" accesible al hombre. Aquí se alude a un punto en el que Cristo obra de forma universal con Dios. Dios es „Yo soy el que soy"; él es todopoderoso y, sin embargo, también emancipador; punto de partida vivo de todas las fuerzas y seres y, sin embargo, también de sí mismo; está más allá del espacio y también es ubicuo; es eterno y también, en todo momento, realidad velada. Esto no significa que Cristo se haya disuelto en la nada; antes al contrario, está en todas partes. También aquel puente entre el hombre y Dios por obra de Cristo fue, de ahí en adelante, experimentable en la vida: „Orad al padre en mi nombre". Todo esto es, independientemente de cuáles hayan sido las representaciones sobre los acontecimientos de hace 2000 años, una realidad única.

Los discípulos se percataron de su dignidad como apóstoles de Cristo sobre la tierra. Cristo se presenta a ellos, se manifiesta sobre ellos, de forma más rotunda. Sería incorrecto interpretar este hecho de forma meramente superficial, como si se tratara tan sólo de un maestro que, al ausentarse, les encomienda continuar la tarea. Si se incluye aquí el posible papel autónomo de la ascensión al cielo, podría describírsele como la universalización de la obra de Cristo. Como imagen podría valer la de un holograma, en el que cada fragmento contiene la imagen completa. Observación marginal: con esta comparación no debe suscitarse aquella concepción holográfica según la cual el hombre sería similar a Dios, de forma que ya no precisaría esforzarse por llegar a ser igual a él, una idea por lo demás, emparentada con aquella concepción de la redención que olvida que la redención es como una semilla que debe aprovecharse por medio de la decisión individual y la imitación.

Entre las propias relaciones del hombre, recibe éste también las relaciones de Cristo. En el fondo, ya con la ascensión al cielo, aquello que, durante la vida de Jesús había aparecido como posibilidad, podría haber sido sellado como impulso para los discípulos y, en última instancia, para todos. En el capítulo sobre el bautismo en el Jordán se hizo, por ello, referencia a la posibilidad de transfiguración de Cristo en el hombre. Es decir, lo que Cristo ha traído o logrado, tiene un carácter mucho más amplio por lo que se refiere a su efecto sobre la humanidad, sobre lo que cualquiera de los hombres haya logrado. Está enraizado en Dios, no sólo en un campo „morfogenético" (v. el cap. „La crucifixión"). Otra forma de expresar esto de modo aproximado sería „Dios atrae así todo hacia sí".

Pablo es conocido hoy con frecuencia por algunos tradicionales puntos angulosos. Prescindiendo ahora de que en algunas interpretaciones unilaterales éstos se magnifican frecuentemente, sus experiencias visionarias han de darse por auténticas. Así, a su manera, pudo percatarse de lo que se expresa también en el Evangelio de Juan y otros sitios: que el significado de Cristo sobrepasaba el papel dado al judaísmo, de que más bien el judaísmo había sido elegido para convertirse en punto de partida del Cristo universal y de su contribución a los hombres. Resulta comprensible que fuera ésta una de las primeras controversias entre los discípulos.

Los postulados de la iglesia suelen igualar „cuerpo de Cristo" e iglesia, si bien, en un sentido amplio, se incluye aquí, en última instancia al resto de la humanidad. Los postulados antroposóficos ven de forma más inequívoca a la humanidad como cuerpo de Cristo. Las corrientes teosóficas, que no siempre proceden de fundamentos cristianos, aceptan en parte también el significado de Cristo para toda la humanidad, si bien sólo le adjudican un papel de educador.

Los modernos grupos neoapocalípticos cristianos, especialmente el de la „Vida universal" conceden que Cristo tiene relevancia incluso para las criaturas no humanas, llegando a la conclusión de que el futuro destino de la tierra no estará ya en manos del hombre. Pero aquellos que no son parte fundamental del problema, sino que sean parte de la solución, tendrán de seguro su papel, tal y como se menciona en el sermón de la montaña. 

Allí donde alguien haga verdaderamente algo „en Cristo", lo hace también por Cristo y, por ende, por el mundo.

Quien, sin embargo, pueda verdaderamente unirse a Cristo y a la línea de su acción, una que el hombre no puede alterar a su capricho, no podría sencillamente aceptar muchas de las teorías, expresiones y hechos que fueron cosa habitual durante siglos por parte de las iglesias. Según el testimonio de la mística, Cristo no es ni consciente, ni mucho menos inconscientemente, „pinchable" para propósitos contrarios a él.

De dónde sacaron las iglesias entonces la fuerza para la guerra, la persecución y el odio —la mayoría de las veces, además, al servicio de poderes profanos— es algo que pueden examinar en su propia terminología. A decir verdad, detrás de los conjuntos de experiencias generalmente conocidos en los círculos espirituales, se puede arremolinar la luz, pero también las „sombras". Pero convertirse en instrumento de las sombras, en lugar de servir de ayuda para uno mismo o para otros frente a estas sombras, es una burla de las pretensiones cristianas.

Con todo, en los nuevos documentos, p. ej., en el Epílogo de la Convención ecuménica europea „Paz en la justicia para toda la creación ", 1989, se reconoce el intento de una nueva renovación. La traducción está disponible en EKD Hannover.

La „ascensión al cielo" también puede recibir verdadero significado en el marco de la imitación de Cristo. Los rosicrucianos, p. ej., experimentaron aquel descenso de la nube del cielo sobre ellos en imágenes y sueños. Una única o incluso múltiple experiencia de este tipo no significa, empero, que esa persona haya realizado un paso semejante en la vida; tan sólo significa que, al igual que ocurre sencillamente en otros pasos, esta cualidad ha empezado a actuar en él poderosamente.

La „ascensión al cielo", que requiere de algo en el desarrollo espiritual para comprenderla en profundidad, no ha de confundirse, de ningún modo, con una „abducción por OVNIs" (objetos voladores no identificados). Y para las más antiguas formas transmitidas de „ascensión" de los profetas bíblicos, habida cuenta de otras posibilidades espirituales, no es tampoco muy probable (véase el capítulo „La resurrección"). Con ello, a la vista del enorme material internacional sobre avistamientos de OVNIS, no se debe poner en duda que pueda haber „OVNIs" en tanto que manifestaciones de, en algunos casos, astronautas extraterrestres*; y, en consecuencia, se debe pensar también que algunas de las leyendas del pasado pueden referirse a fenómenos de esta naturaleza, tanto positivos como negativos; y que también puedan tener algún papel en el futuro. El intento de estos movimientos por identificar con naves espaciales cualquier espiritual inscripción en piedra con círculos es totalmente desproporcionado y deriva de la imaginería unilateral, orientada a una civilización técnico-materialista. Si bien la humanidad precisa de la ayuda divina de muy diversas clases, es ella la que debe, en última instancia dar el paso salvador. A través del progreso en el ser, en la acción y en la conciencia, los hombres de la tierra pueden sobrevivir y, sobre ello, encontrar y completar su misión. Nada, tampoco ningún logro propio externo puede suplir el progreso en otros ámbitos de conciencia. Aquel esfuerzo que, p. ej., llevó al viaje espacial del Challenger y su monitorio accidente, parece en parte como una desviada copia de lo verdaderamente necesario.


* Nota: desde la Iglesia, p. ej., el teólogo, Corrado Balducci (Vaticano) se ha expresado sobre este tema varias veces como corresponde en la televisión italiana. Por otro lado, desde otros ámbitos de la Iglesia a menudo se ha visto en ello sólo un fenómeno psíquico o sociológico.

Con ello no debe olvidarse de que también son necesarios los avances técnicos, p. ej., para conseguir apartarse de los usos nocivos de la energías atómica, y algunas formas de radiación electromagnética, ingeniería genética y otras tecnologías. También todo este debe suceder, sin embargo, desde otro espíritu. Si tiene lugar aquel ya mencionado crecimiento en una conciencia global en el sentido de Cristo, debe ser éste también un crecimiento orgánico, y no una nueva manipulación técnica. La „salvación" no puede forzarse con ninguna „técnica" espiritual. Una vez que han cumplido con su función, han de abandonarse los diversos ejercicios; sólo lo que se ha hecho propio es, en definitiva, lo que cuenta. Es por completo imposible „consumir" a Dios de forma pasiva y, en parte, subconscientemente, por medio de los actuales y sospechosos „brain-machines" electrónicos —en realidad, aparatos de manipulación del cerebro—. 

Cristo, en primer lugar, es enviado a la tierra en su especial papel; sin embargo, ha de pensarse también en las manifestaciones de otros niveles y ámbitos del cosmos: „The Urantia Book"/ USA; su irremplazable tarea sobre la muy ancha tierra física no se pone aquí, empero, en cuestión. Véase, además, los libros „Analecta" 1 y 2. "Analekta" está disponible de restos de edición en: Mag. Alois Thurner, Staudach 103, A-8230 Hartberg, Austria.

En la página alemana e inglesa, se inserta aquí un extracto del Evangelio de Lucas 24, con comentarios:


La ascensión al cielo.

 

El suceso de la Pascua de Pentecostés.

Antes de la crucifixión Jesús había anunciado que, por medio de su viaje al Padre, el Espíritu Santo, el „Paráclito", el „Espíritu de la verdad" sería enviado desde el Padre (Jn. 14,15,16).

Unos diez días después de la ascensión al cielo se reúne para la oración la primitiva comunidad en Jerusalén. „Y de repente vino del cielo un ruido, como un viento impetuoso, y llenó toda la casa... Entonces aparecieron lenguas como de fuego que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos; y todos se llenaron del Espíritu Santo, y empezaron a hablar con otras lenguas..." (Hechos de los Apóstoles, 2). Nadie describe con tales palabras la usual sensación de plenitud tras la oración. Más bien encontramos aquí ecos de las prácticas de las comunidades pentecostales y de los cuáqueros. El primer suceso de Pentecostés se cierra así con un fenómeno públicamente perceptible, algo que aquí se trató en el capítulo sobre la ascensión al cielo: la ampliación de la acción de Cristo a los discípulos y a su entorno. En el camino del „envío" del Espíritu de la Verdad se comunica de nuevo algo que tiene que ver con una acción conjunta de Dios y de Cristo. En este sentido, el suceso de Pentecostés puede también verse como el primer signo de un „retorno de Cristo" ya en marcha o, al menos, de una aproximación. Desde esta perspectiva, ha de esperarse también que la „vuelta de Cristo" tal y como queda expresada en las profecías debe referirse a algo distinto de una segunda corporeización como ser humano.

Observación: El „Paráclito" o „Espíritu de la Verdad", en sentido estricto, no se ha de identificar sin más con el „Espíritu Santo" o su correspondiente femenino: „Sofía".

- El „Espíritu de la Verdad" parece como una parte de Cristo mismo, parte que recuerda a la comunidad con él y a sus palabras, y permite a los discípulos perpetuar su labor sobre la tierra. Por tanto, no es, en el fondo, serio tratar cuestiones religiosas y filosóficas respecto de una historia de recepción literaria y derivación intelectual. Sobre ello se ha escrito mucho. Hay otros factores operando aquí, también en el hombre y, de lo que se trata en este escrito, en primer lugar, es de tratar de sondearlos.

El legado del Dios creador, del Padre en el hombre, en la medida en que éste „...nace por Dios" (Ev. Jn.1) se ofrece a todos, en la vida de Jesús, para la consciente interiorización; y así, desde el suceso de Pentecostés, el legado de Cristo mismo queda asegurado en aquellos que permanecen y lo hacen suyo.

- El Espíritu Santo, en tanto que „femenina, maternal" energía y cualidad espiritual-inteligente de Dios, podía hallarse, ya antes de la vida terrenal de Cristo, en diversos planos y manifestaciones, tanto aparte del hombre, como en su acción inspiradora.


Se dan también relaciones con el „maná del cielo" (Éxodo, Deuteronomio, Números, Salmos, Nehemías, Josué, Jn., Carta a los Hebreos, Apocalipsis).

No es del todo incorrecto, tal y como se ha hecho con frecuencia, identificar los conceptos „Espíritu de la Verdad" y „Espíritu Santo" en relación con experiencias prácticas. Es cada vez más frecuente que las fuerzas de Dios actúen de forma conjunta y encadenada como una unidad; de la misma manera a como también el hombre, que originariamente fue „hecho a imagen de Dios", puede tener la experiencia de la diferenciación de su conciencia y luego la de la integración de su ser.

Con ello, la vida en común de la humanidad y de la tierra puede manifestarse también por primera vez realmente en una forma apenas perceptible hoy, tal y como aquí, en definitiva, se ha visto en relación con el Apocalipsis de Juan; sin que ello quiera decir que este futuro sea acomodable sin más a las actuales formas de pensar.

El „Espíritu Santo" no es solamente espíritu o aliento vital, fuerza vital. Puede ser oportuno seguir su modo de aparición aparentemente por niveles en el camino de Cristo. Se le nombra en relación con la concepción de María, es decir, en el sentido de una cooperación respecto a un suceso particular.

Puede vérsele en aquel pasaje en el que Cristo en persona, presente en cuerpo resucitado, „sopla" a los discípulos y les dice „Recibid el Espíritu Santo" (Jn. 20, 22), pues también aquí actúa a través de él. Como requisito de la responsabilidad que sobre ellos recae, es decir, que se les da a conocer, puede verse una purificación de su facultad de percibir, es decir, en el sentido más profundo, de su conciencia: „Perdonar o no los pecados". Esta conciencia moral, que místicos como J. Lorber también ven como una acción del Espíritu Santo, no es ya aquella mezcla de temores biográficamente impresos y que se confunde a menudo con la conciencia moral, por mucho que detrás de ella pueda ocultarse a veces una parte de verdadera conciencia moral. En el sentido más depurado, la conciencia moral es también una consciente guía interior del individuo.

En el primer suceso de Pentecostés obra el Espíritu Santo de una forma impersonal, directamente „cósmica", y sin embargo correspondiendo de muy diversas maneras con las diferentes modalidades de transformación de lo penetrado, o correspondiendo con los diversos requisitos del afectado o del mundo: hallar precisos puntos débiles, resolverlos por medio de este deber-escudriñar, y reconocer cada vez mejor esenciales diferencias y verdades son rasgos de una conciencia tocada por el Espíritu Santo Allí donde se precisa menos de una clarificación de lo enmarañado, esta misma fuerza se muestra más creativamente figurativa, edificante de la comunidad, perfeccionadora: conducente a Dios.

Tanto el siglo XIX, con sus diversos movimientos resurreccionales y neoapocalípticos, como el siglo XX permiten reconocer, bajo una mirada más atenta, siempre nuevos impulsos del Espíritu Santo y de su acción continuada. Resulta muy claro que los impulsos cristianos y el Espíritu Santo siempre han proporcionado accesos a aquel terreno del que se ocupa el Apocalipsis de Juan, que se aplica al desarrollo a gran escala.

En estos párrafos de los Hechos de los Apóstoles siempre aparecen con los discípulos María y las otras mujeres o discípulas, „en reunión en la oración y los ruegos". El papel de las mujeres —ya tomando la palabra o, como en Pablo, „callando"— debió haber sido, por diversas razones, irremplazable. Fueron, p. ej., sensiblemente mucho más receptivas a algunos sutiles efectos, y pudieron plantearlos con seguridad en las reuniones, de forma verbal o no. Aún hoy puede apreciarse en reuniones de toda clase, también en las espirituales, la diferencia que hay cuando no sólo hay hombres presentes, sino también mujeres. Allí donde no se dan las impositivas maneras del varón, la reunión puede transcurrir de modo más inspirador y animado, supuesta también la participación interior en el suceso. Entre los antroposofistas y los rosicrucianos María, la madre de Jesús, fue vista incluso como la auténtica fuente a través de la cual el Espíritu Santo pudo obrar sobre los discípulos.

Nos topamos aquí también con el misterio de „Sofía", de la „Sabiduría" del Antiguo Testamento, de una forma femenina de expresión de la fuerza de Dios. En la iglesia ortodoxa oriental se ha identificado frecuentemente a María con Sofía. El sofiólogo y visionario Solowjoff la ha experimentado como –tal y como se presume de Cristo– una esencia que se aproxima, en su cósmica dimensión, sólo en nuestro tiempo (véase, cómo esto se interpreta también para Cristo en, p. ej.,. el libro de Steiner „La vuelta etérea de Cristo", circa 1909). De la misma forma que, a pequeña escala, se puede experimentar místicamente a Jesús y a María, así pueden experimentarse, a gran escala, claro, al „Cristo cósmico" y Sofía, como madre del cielo. Véase, además, Hildegunde Wöller "Un sueño de Cristo". La relación puede también expresarse así: el aspecto "maternal" de Dios contribuye a que la Creación pueda desarrollarse hacia Dios, tal y como Dios, por su parte, mira por ésta.

Teólogas feministas han señalado que „Espíritu Santo" en la lengua del momento, en realidad, quiere decir, „Alma Santa". María o Sofía pueden probablemente interpretarse de una manera más ajustada como una forma de expresión en la que fluye el Espíritu Santo y toma forma, como en el símbolo de la paloma.

Pero también en las diferentes tendencias de los movimientos de la mujer en este y occidente se pueden hallar „ecos de Sofía"; cfr. Dr. Susanne Schaup, en el protocolo de la Ev. Akademie Bad Boll (Alemania) sobre el simposium „New Age 3: Sofía". De igual forma, también se aprecian „ecos de Cristo" no sólo en las nuevas tendencias cristianas por todo el mundo, con proyecto modélicos como la „Vida Universal", o en las corrientes renovadoras dentro de las iglesias, sino también en otros movimientos profanos. Comentario del NT: „El Espíritu sopla donde quiere, y tú oyes bien su silbido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va". Así pasa con Aquél que ha nacido del Espíritu".

Lo que viene tiene un carácter tanto masculino como femenino; no es ya patriarcal, pero tampoco es matriarcal.

Mientras hay algo de la acción de Cristo en cada hombre, tal y como se aclaró en el capítulo precedente, ese algo sólo puede reforzarse por medio del Cristo real y del Espíritu Santo, también a través de sus palabras, pero no sólo a través de éstas.

Los Caballeros del Grial, por otro lado, dan por hecho que de la acción de Cristo hace 2000 años sobre la tierra ha quedado algo que puede ser buscado y hallado por el hombre: el „Grial". Según esta leyenda, sangre de Dios, de la que goteaba de la cruz a la tierra, fue recogida en una copa. José de Arimatea y sus compañeros la habrían puesto a salvo en Francia o Inglaterra para reunirse siempre ante este „milagroso Grial" a fin de orar y recibir inspiración. Cfr. p. ej., R. de Boron „La historia del Sagrado Grial", escrita en torno a 1200. Aunque la leyenda pueda tener un poso de realidad, salta a la vista que el Grial de oro, con su copa hacia arriba, su nudo en la mitad y su ensanchamiento o abertura hacia abajo simboliza al hombre*; un hombre que, desde su centro, es decir, desde su corazón, se abre hacia arriba, al Espíritu Santo, y hacia abajo, para la salvación de la tierra; un „hombre salvado" al que „espera la Creación"(Carta a los romanos 8, 18-28). A gran escala, puede también verse como un símbolo de una tierra que se abre hacia Dios. En torno a esta corriente se formaron grupos que, en parte, tendían a apartarse del mundo: cátaros, herejes, albigenses, minnesänger, troubadours. Varios millones de tales cristianos esotéricos fueron eliminados por el papado como presuntos heréticos (herejes). El profundo significado del Grial no está agotado en aquellas leyendas según las cuales supuestos descendientes carnales de Jesús en familias reales eran el Grial.  

Jn. 4: „... Mujer, créeme, ha llegado el tiempo en el que no tendréis que subir ni a este monte ni a Jerusalén para adorar al Padre... Llega el momento y ya está aquí en el que los que rindan verdadero culto al Padre, en espíritu y en la verdad lo adorarán; pues el padre quiere tener a aquéllos que así le adoran. Dios es espíritu y los que lo adoran, deben adorarlo en el espíritu y en la verdad". Esta actitud consciente, libre, de algunas orientaciones de un cristianismo espiritual, deberían reforzarlas las instituciones de tener el valor de renovarse sobre la base de un hombre libre cristiano. Dado que tales orientaciones de un cristianismo espiritual fueron diezmadas hasta el punto de que ahora hasta sus contenidos son difíciles de reconstruir, la propia iglesia, en última instancia, sangró toda sustancia de una tradición espiritual, algo que ahora, lentamente, va reconociendo como un vacío. Después de que muchas propuestas, en parte, bastante sospechosas, de otras culturas trataran de llenar este vacío, indagan por fin también las iglesias en la desaparecida praxis espiritual cristiana.

El famoso abad Joaquín di Fiore (c. 1100) hablaba de una Edad del Padre —la edad de la religión de la ley del Antiguo Testamento—, así como de la Edad del Hijo, con la intermediación de la iglesia, y profetizó una tercera „Edad del Espíritu Santo" –Título de libro Turmverlag – , en la que en el propio hombre crece su unión individual a con Dios. También de esta profecía, de cuya importancia somos cada vez más conscientes, han derivado, directa e indirectamente, muy diversas líneas, desde Lutero, pasando por Marx, - hasta Hitler, en las que fue malinterpretada o usada ilegítimamente. Por regla general, hay también de tales mixtificaciones una clara imagen.

Debe aquí hacerse también una observación sobre la diferencia entre la espiritualidad del Espíritu Santo y las prácticas espiritistas. La „posesión del Espíritu Santo", que prototípicamente es una asunción consciente del Espíritu Santo, atraviesa el ser interior del hombre. La hipnosis o los trances extáticos, la „posesión" por parte de „espíritus" de difuntos del más allá no tienen lugar, y mucho menos la „conjura" de los mismos. Esta experiencia no debilita ni a la persona implicada ni a otros en su derredor, tal y como ocurre en una sesión de espiritismo. La conciencia no se estrecha, sino que se extiende. De este modo, pueden darse extraordinarias percepciones en el lugar, pero de forma consciente y sin pérdida de la memoria.

El modo de operación del Espíritu Santo es compatible tanto con el silencio de la meditación —algo casi siempre ausente en las iglesias occidentales— como con el intento de conseguir lo mismo, contrariamente, mediante más y mejor comunicación, tal y como se desarrollo en occidente, especialmente en los Estados Unidos. Si se combinaran el silencio y la comunicación, es decir, sus contenidos —una ocasión señalada para la mentalidad en el centro de Europa—, entonces podría reconocerse muy claramente aquello que quieren Cristo o el Espíritu Santo. Él encarna con frecuencia lo tercero, más allá de los extremos de oriente y occidente; sin embargo, siempre que el enfoque no es egoísta, es decir, no ético. Cristo sólo puede entenderse desde una bien entendida humildad, ética y desde el sentido que él proporcionó, en tanto que historia sagrada, al mundo.

El Espíritu Santo tampoco puede considerarse de forma completamente separada de Cristo o de su deseo. Cristo otorga al Espíritu Santo el poder de hacer que los discípulos „recordéis todo lo que yo os he dicho". Además, dijo: „debo aún deciros mucho, pero vosotros no podrías sobrellevarlo. Pero aquel, el Espíritu de la Verdad, vendrá y os guiará en la verdad".

Aquello que se arregle en la dirección de la verdad, podría, ciertamente, convenir con el Espíritu Santo en la conjunción de aquellas fuerzas que desean salvar la Tierra.

En las enseñanzas de Cristo aparece el hombre con su subjetividad. Pero no aquella relativización sin límites que, según algunas teorías filosóficas modernas no deja lugar para ninguna clase de verdad objetiva.

 

Una imagen de Jesús.

Quien desee tener una clara imagen del aspecto de Jesús, remítase aquí, como conclusión de los Evangelios, a aquella representación que podría estimarse como la más auténtica, aunque no existe ninguna imagen universalmente reconocida:


La así llamada única y real „imagen de nuestro salvador", disponible en Lorber-Verlag. Según la tradición, se tomó por orden del emperador Tiberio de una imagen sobre esmeralda y fue entregada al Papa Inocencio VIII por el sultán de los turcos, que la sacó de la cámara del tesoro de Constantinopla como rescate por su hermano. A ella se halla vinculada una descripción de la figura de Jesús por Publius Lentulus, en aquel entonces gobernador de Judea por el senado y el pueblo romano:


"Apareció por aquellos días un hombre muy virtuoso de nombre Jesucristo, el cual aún vive entre nosotros y al que se ve entre los paganos como un profeta de la verdad, si bien sus discípulos lo llaman el Hijo de Dios. Resucita y cura toda clase de enfermedades. Hombre de mediana altura, espléndida figura y aspecto venerable, que despierta inmediatamente el amor y el temor entre los que lo ven. Su pelo tiene el color de la avellana completamente madura, casi lacio hasta las orejas, y desde ahí hacia abajo, algo ensortijado cae ondeando sobre sus hombros, al modo más bien oriental y, según la costumbre de los nazarenos, con la raya en medio. Su frente es abierta y tersa, su cara, sin manchas o arrugas, bella, agradablemente rosada. La nariz y la boca están formadas de modo que nada puede criticarse. La barba no es muy recia, del color de los cabellos, de mediana longitud. Sus ojos son azul oscuro, claros y llenos de vida. Su cuerpo es bien formado y fibroso, sus manos y brazos son proporcionados. En la censura es terrible, en la exhortación es amable y seductor, en la conversación, comedido, sabio, humilde, todo mezclado con dignidad. Nadie puede recordar haberlo visto reírse, pero muchos le vieron llorar. Un hombre que, en belleza, supera a los niños."

Se añade una imagen en el texto impreso alemán – con licencia de la editorial de 1992.
Sobre la impresión del cadáver de Jesús en el sudario de Turín v. también nuestro capítulo "Crucifixión y sepultura". Desde 1979 el „sudario de Manoppello" está siendo también investigado científicamente por el P. Prof. Dr. Heinrich Pfeiffer y la hermana Blandina Paschalis Schlömer. A diferencia del sudario de Turín aquí sólo se encuentra el rostro, pero con los ojos abiertos: http://voltosanto.com . En este paño la causa de la aparición resulta también difícil de explicar o inexplicable científicamente: el biso, p. ej., no puede teñirse. Las dimensiones del rostro coinciden en ambos paños. Cf. Jn. 20: 5-7. Estas imágenes han marcado de forma decisiva las representaciones artísticas de Jesús desde los primeros siglos. En el sudario enrollado, el rostro, de frente, tiene una forma oval con los cabellos; hay similitudes con la imagen mencionada algo más arriba, que muestra desde un lado a Jesús vivo.



 
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