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Inicio arrow Enigmas y Misterios arrow Brujas: ¿Realidad o Ficción? 25 julio 2017
Brujas: ¿Realidad o Ficción? Imprimir E-Mail
Índice del Artículo
Brujas: ¿Realidad o Ficción?
Página 2

¿Realidad o ficción?


Nuevamente será llevada a la pantalla la clásica obra de Arthur Miller Las brujas de Salem, basada en hechos reales, acontecidos en Nueva Inglaterra hacia fines del siglo XVII, en la que el autor nos dice que el lector descubrirá la naturaleza esencial de uno de los más terribles y extraños capítulos de la historia humana.



Escrita en plena época maccarthista, Miller sostiene que la tragedia de Salem fue el producto de una paradoja, "en cuyas garras vivimos aún y no hay perspectivas de que descubramos su resolución".



Se refiere al hecho de que el pueblo de Salem desarrolló una teocracia, particular combinación de estado y poder religioso, cuya función era mantener unida a la comunidad y evitar cualquier forma de desunión que pudiera exponerla a la destrucción por obra de enemigos materiales o ideológicos. Pero, y en esto consistiría la paradoja, evidentemente llegó un momento en que las represiones en Nueva Inglaterra fueron más severas de lo que parecían justificar los peligros contra los que la comunidad se había organizado.



Si agregamos la función de los mass-media a la teocracia a la que se refiere Miller, y la corrupción y la droga contra las que luchan hoy "las fuerzas vivas de la comunidad", tendremos un panorama que se asemeja mucho al del caso Cóppola. Así como en los aquelarres medievales brujas y demonios se unían en las brumas de la noche; los agonistas que frecuentaban las discotecas de Palermo, declararon repetidas veces que se conocían "de la noche". Una noche desacralizada, pero teñida de connotaciones sexuales y pecaminosas.



Citemos a Miller: "La caza de brujas no fue sin embargo una mera represión. Fue también, y con igual importancia, una oportunidad largamente demorada para que todo aquel inclinado a ello expresarse públicamente sus culpas y pecados cobijándose en acusaciones contras las víctimas. La similitud con la actualidad no termina allí.



El sexo, el pecado y el Diablo han aparecido vinculados desde la Antigüedad, y así continuaron en Salem, y así continúan hoy. El diablo, la corrupción o la droga. Porque, aparentemente, la droga es identificada hoy con el Demonio, como lo que enajena el cuerpo y el espíritu. "Nuestros adversarios siempre están envueltos en sospechas de pecado sexual, y es de esta convicción inconsciente de donde obtiene la demonología su atractiva sensualidad, así como su capacidad de enfurecer y asustar a la comunidad, a la gente común" (Miller, Las brujas de Salem).



Pero no hay que caer en supersticiones, como dice en la obra de Miller el Inquisidor racionalista y cristiano, Hale: "el diablo es preciso". Por lo tanto la justicia también lo es, y las pruebas deben serlo. Quienes vieron al Diablo, o estuvieron con él, o participaron de sus orgías, deben probarlo. Quienes discuten su existencia, o ponen en duda su poder, son, en cambio, desde los primeros tiempos de la Inquisición, sospechosos de herejía, cómplices encubiertos de la existencia del Mal. Agentes encubiertos y cómplices se trenzan en una historia nocturna que atraviesa Occidente desde los remotos tiempos de adoración a la Diosa Blanca, hasta los más actuales, donde la Diosa sigue reinando en la noche de los boliches marginales, o en los más exclusivos clubs privados. "Nadie puede dudar ya de que las fuerzas de la oscuridad se han aliado en un monstruoso ataque a este pueblo. Ahora hay demasiada evidencia para negarlo. ¿Estáis de acuerdo?



La venganza de las muchachitas



Lo singular, lo insólito de lo sucedido en Salem es que las pruebas de la existencia del Maligno eran aportadas por muchachitas de entre diez y veinte años, a cuyos testimonios los tribunales civil y eclesiástico les daban una central importancia. No olvidemos que el Diablo, y por ende laspruebas, deben ser precisas. Acusándose mutuamente de mentirosas, gritando histéricamente frente al Tribunal, reconocen entonces haber bailado desnudas en el bosque y haber sido tentadas por el diablo. Sólo serán condenadas a muerte las que lo nieguen y afirmen que lo han imaginado todo, que el Diablo no existe y que sus amigas mienten. También aquellos que se atrevieron a declarar que las muchachitas "son un fraude", formidables "simuladoras".



Una de las pruebas contundentes fue el hallazgo en Salem, en la casa de uno de los acusados, de un muñeco en cuyo interior se encontraba una aguja. El juez, dirigiéndose a Abigail, la testigo principal, dice: "En la casa del señor Proctor se descubrió un muñeco, atravesado por una aguja. Tu misma denunciaste cómo ella (otra acusada) introdujo su aguja en el muñeco, para guardarla allí. ¿Qué tienes que decir a esto?" Abigail responde con una leve nota de indignación: "Es mentira, señor, estaba confundida". Muñeco o jarrón, aguja o "merca", los jueces están reunidos para descubrir, gracias a los testimonios, precisamente, aquello que "nadie ha visto", pero que constituye una prueba definitiva de la existencia del Diablo o del mal que carcome la sociedad.



Agreguemos, a modo de síntesis, que el caso de Salem es raro en la historia porque representa una conjura en la que estuvieron implicadas catorce muchachitas entre los nueve y los veinte años, que se apoyaron mutuamente y, luego, denunciaron recíprocamente sus respectivas acusaciones.



Los adultos responsables, incluidos el médico y el pastor, estaban firmemente dispuestos a creer que estaban embrujadas y los juicios de estas personas resultaron tan apasionantes para la comunidad "que ya no creía en brujas" que las jóvenes continuaron su festín de acusaciones. Las niñas fueron responsables de la detención de unas ciento cincuenta personas, de las cuales treinta, incluidos seis hombres, fueron condenadas a muerte por negarse a confesar su participación en las orgías diabólicas, o sus pactos secretos con el diablo. En cuanto a Abigail, la gente durante el juicio acudía de muy lejos para verle la cara; un montón de muchachos le seguía los pasos dondequiera que se dirigía "arrojándole miradas lascivas". El teatro de Miller le presta una voz con ecos singulares en la actualidad: "He sido herida, Señor, he visto manar mi sangre. Casi he sido asesinada, día a día, por haber cumplido mi deber de señalar a los adictos del Diablo...¿y ésta es mi recompensa? Ser sospechada, negada, interrogada como una...? " Un juez clama: "¡Yo denuncio este proceso. están echando abajo el Cielo y poniendo en un trono a una ramera! " La leyenda dice que Abigail fue vista años más tarde en Boston, convertida en una prostituta.



El retorno de las brujas



Durante la baja Edad Media se consideraba hereje a quien creyera que el diablo realmente tenía poder para apoderarse de los cuerpos, pues estaba establecido que ese poder sólo existía en la imaginación de la gente enferma o en los herejes. La figura del demonio y su séquito de brujas, que no fueron incluidos en el canon de la Iglesia hasta el siglo XIII, no alcanza a recubrir totalmente los cultos paganos de la Diosa Blanca que subsisten en la noche cristiana de Occidente, en particular a partir del siglo XVI, en el que la obra de dos inquisidores alemanes, el tristemente célebre Malleus Malleficarum, o Martillo de las brujas, apoyándose en la sabiduría aristotélica de Santo Tomás de Aquino, incorpora al canon eclasiástico la existencia de las brujas y autoriza su exterminio.



El ojo clínico de la Inquisición se dirigía a las orgías donde viejos sátiros copulaban con jovencitas lascivas, a las riquezas de los poderosos, y a las drogas "el ungüento de las brujas que les permitía volar largas distancias para acudir a los sabats o asambleas donde se desarrollaban estas misas negras".



Las alegorías metafísicas que fundamentan la eterna existencia de lalucha del Bien contra el Mal se unen al sueño de la razón y a la búsqueda ordenada y sistemática de pruebas contundentes, aparatos de tortura o detectores de mentiras, la verdad dd aquello que al común de la gente le cuesta creer hay que extraerla por medio de instrumentos a los que cada época considera infalibles. La razón siempre necesita materializar la existencia de la mentira a través de metodos inquisitoriales.



Samantha Farjat, Natalia de Negri, Abigail Williams, Mary Warren, han vivido procesos semejantes. El poder de las palabras es puesto en duda cuando el diablo o la sustancia maléfica se apodera de cuerpos y mentes, entregándolos a todo tipo de desenfrenos sexuales, a los que voluntaria o ingenuamente se han sometido. La fuerza del mal que destruye a los individuos es ajena, exterior, aunque haya sido incorporada y los transforme en agentes encubiertos. Víctimas o cómplices, o primero víctimas y luego cómplices, es necesario proteger de ellos a los buenos, objetos potenciales del demonio. ¿De qué le serviría al Diablo ganar un alma ya corrompida?, dice Miller El Diablo quiere a los mejores, ¿y quién mejor que el Ministro mismo? En la noche demoníaca la causa de la corrupción es la Diosa Blanca o los caramelitos de éxtasis que unen en las orgías de hoy al inmortal dúo del viejo sátiro y la jovencita lasciva. Al igual que en la época del Renacimiento (¿pagano?) y de los albores de la Ciencia Nueva inaugurada por el racionalismo cartesiano, nuestra sociedad cree en demonios y brujas. Nuestra declinante cultura patriarcal, al parecer tan necesitada de dioses y demonios, ve atónita el retorno del reinado de la Diosa Blanca.



La conclusión inevitable de estas líneas podría ser un lugar común, "no hay nada nuevo bajo el sol", una manera de conservar, resignadamente, esa memoria apocalíptica y sin recuerdos, o sea sin elaboración, que caracteriza a la posmodernidad. Pero es posible recordar los descubrimientos del psicoanálisis que, sin conclusiones metafísicas ni moralizantes abren un camino para deshacer los pactos diabólicos y las promesas de extáticos sueños narcisistas a los que los seres humanos en busca de paraísos o de infiernos artificiales se entregan compulsivamente.



 
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