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Voces de Luz - Misticismo

La Vida de Buda

Una interpretación

Gadjin M. Nagao

Shākyamuni Buda, fundador de una de las tres grandes religiones del mundo, ha sido desde un principio la figura dominante de la tradición que él inspiró. En los países asiáticos se conoce y se estudia extensamente su vida. Es, de hecho, fascinante considerar qué clase de vida vivió un hombre tan extraordinario.

Desde tiempos muy remotos la literatura ha descrito la vida de Buda con suma elegancia, adornándola con una variedad de episodios instructivos. Aunque sin turbulencias ni conflictos, su vida fue, sin embargo, extremadamente austera y radicalmente distinta de la de un hombre cualquiera. Las biografías de Buda son interesantes, no sólo porque ilustran aquellos elementos peculiares que hacen del Budismo lo que es, sino también porque contienen las semillas de las ideas doctrinarias que alcanzaron su completo desarrollo en generaciones posteriores.  

Si se comparan las biografías, por ejemplo, de Buda y de Cristo, existen muchos puntos de diferencia. Para mencionar dos o tres, Cristo fue el hijo de un carpintero, y murió en la cruz con solo treinta y tres años de edad. La duración de su prédica fue tal vez un año, ciertamente no más de tres. Shākyamuni, en cambio, nació en el más alto nivel social, como heredero de una familia real. Además vivió una larga vida de 80 años, que terminó con una nota de paz y autorrealización. La duración de la prédica de Shākyamuni fue de cuarenta y cinco años y muchos reyes de su época se convirtieron en ardientes seguidores de él y de sus enseñanzas. Por lo tanto, la muerte de Buda no se vio rodeada por la tragedia de opresión política que marca la pena capital que sufrió Cristo. Las diferencias entre las vidas de estos dos hombres me parecen corresponder a las diferencias en el carácter de las religiones que ambos fundaron.  

Biografías de Shākyamuni, el Sabio de los Shākyas

Existen numerosos textos por estudiosos modernos sobre la vida de Shākyamuni, en japonés y en lenguas occidentales, pero cuando yo hablo de las “biografías de Buda”, mi fuente principal es la colección de las escrituras budistas sobre este tema que desde el pasado han llegado a nosotros. Estas biografías contenidas en las escrituras, que están hoy día a nuestra disposición, fueron de hecho recopiladas cientos de años después de la muerte de Shākyamuni. La actitud literaria en la India de aquella época no es como la de hoy, cuando las biografías son escritas en forma inmediata; resulta que, hace unos dos mil quinientos años, aun los discípulos directos de Buda no escribieron la biografía de su maestro. Sin embargo, muchos de los acontecimientos y logros de la vida de Shākyamuni fueron transmitidos a cada una de las generaciones siguientes; se memorizaban las enseñanzas y reglas monásticas que se extraían de ellos y éstas a su vez eran transmitidas bajo la forma de textos Sutra o Vinaya, y es en este material que encontramos información fragmentaria acerca de los sucesos que ocurrieron en la vida de Buda. Muchos siglos más tarde, con base en estos mismos textos, se desarrolló todo un género de literatura relacionado con la vida de Buda. Me refiero a obras como el Kuo-ch'u hsientsai yin-kuo ching (T. 189), y el Fo-pen hsing-chi ching (T. 190), que se presentan en forma de sutras; a los textos Vinaya, que, al explicar cada precepto, nos proporcionan información sobre sucesos y episodios de la vida de Buda; a la Introducción a los Jatakas en Pāli, que es, de hecho, una biografía de Buda; al Buddhacharita de Ashvaghosha, que es un poema de extensión épica, y a otros textos.  

La deificación de Buda estaba en su apogeo en la época en que surgió esta literatura, por lo que en estos textos se expresan profusas alabanzas de Buda, y ellos están llenos de escenas milagrosas narradas en el lenguaje más hermoso. Aunque estos relatos nos dan algunos indicios de la estructura básica de la vida de Buda, hay en ellos mucho material que no puede ser considerado histórico. Los estudiosos se esfuerzan por separar los hechos históricos de la ficción, pero es una tarea difícil. Con todo, si se tiene presente que esta literatura biográfica refleja la concepción de Buda que tenían los budistas de la época en que fue compuesta, los textos llegan a ser tan interesantes como los hechos históricos reales (que nunca podrán ser completamente conocidos) acerca de la vida de Buda. Creo que debemos considerar esto como una oportunidad de establecer el pensamiento budista durante ese primer periodo y encontrar en él los inicios de las doctrinas que florecieron mucho después. Por lo tanto, la biografía de Buda, que quiero tomar en cuenta en este trabajo, se concentrará en las concepciones que prevalecían acerca de Buda y del Budismo en la época de la creación de esas biografía, más bien que en los hechos históricos de la vida de Buda.  

Shākyamuni Buddha fue hijo del jefe de una comunidad que vivía en la ladera sur del monte Himalaya. Se casó y tuvo un hijo. Abandonó el hogar (probablemente a los 29 años de edad) para ir en búsqueda de la verdad religiosa y, alrededor de los 35 años, encontró la iluminación y se convirtió en el Buda. Viajó mucho, predicando a todo lo largo de la planicie del Ganges, adquiriendo a muchos discípulos y adeptos en el trayecto. Murió a los 80 años en algún momento del siglo V (o del IV) antes de Cristo e ingresó en el Nirvana. Todo lo aquí mencionado se considera, entre los estudiosos, como hecho histórico, pero hay muchos datos, como por ejemplo los referentes a las fechas de su nacimiento y muerte, que son aún objeto de discusión.  

En la época en que vivió Buda, la religión y la filosofía habían alcanzado un avance notable. En la literatura de las Upahishad, que se produjo en los dos o tres siglos anteriores, muchos pensadores originales habían desarrollado ideas nuevas. Desde el punto de vista económico, India se encontraba en un periodo de gran transición, habiéndose puesto en uso el dinero en forma de monedas. Políticamente, el centro de la civilización india había pasado de la zona noroeste a la del valle del río Ganges, en donde surgieron una variedad de estados autocráticos. Dos de ellos tenían en enorme poder: Kosala, situada en el cuadrante noroeste de la planicie del Ganges, y su rival, Magadha, que se encontraba río abajo en el sureste. Los dos estados mantenían ejércitos numerosos y ambicionaban anexarse a los estados más débiles de la región. La capital de Kosala, llamada Shrāvastī, y aquella de Magadha, conocida como Rājagriha, distaban aproximadamente 450 kilómetros en línea recta, pero entre 600 y 700 kilómetros en un recorrido real. Se decía que se necesitaban 60 días para ir, a pie, de una capital a la otra, lo que arroja aproximadamente 10 kilómetros diarios. El largo tiempo que se necesitaba para este viaje se explica por las dificultades que los viajeros tenían que enfrentar, al cruzar los numerosos ríos, grandes o pequeños, que cruzan la planicie del Ganges. Entre ellos los ríos más grandes son el Ganges y la Yamunā, que fluyen de oeste a este, y el Gandaki, que va de norte a sur, todos los cuales acarrean agua desde el Himalaya. Los tres tienen corrientes formidables con grandes olas y por supuesto no había puentes para cruzarlos en esa época. La prédica de Shākyamuni tuvo lugar durante sus constantes viajes dentro del área de esos dos estados.  

El nombre de Shākyamuni - “el sabio de los Shākyas”- se deriva del nombre del grupo étnico conocido como los Shākya, en el cual él nació. Este clan vivía en la región Tarai en la vertiente sur del Himalaya, en lo que ahora es Nepal, y su pequeño reino se ubicaba un poco hacia el noroeste de la ciudad de Shrāvastī. No se sabe qué clase de pueblo eran estos Shākyas, excepto que eran uno de los numerosos diferentes grupos étnicos que habían coexistido en la India desde tiempos muy remotos. Hoy es práctica común clasificar a las numerosas tribus del subcontinente como pueblos arios o drávidas. Los drávidas fueron los primeros habitantes de India y se dice que eran de piel oscura, nariz chata y labios gruesos. El término ario se refiere a las tribus conquistadoras que mucho más tarde, partiendo del noroeste, invadieron la India. Se les considera idénticos a los caucásicos que se encuentran, yendo hacia el oeste, desde el Irán hasta Europa. Sin embargo, las subdivisiones de estos grupos eran muy complejas, y se infiere por las ruinas que quedan de la Civilización del valle del río Indo que en India siempre hubo mezcla de los diferentes grupos étnicos. De hecho, parece haber habido mezcla de pueblos mediterráneos (del occidente), australoides (del sur) e incluso mongoloides (del norte). Parece que tal cosa tuvo lugar en especial en el noroeste de India.  

No se sabe a ciencia cierta qué lugar darle al clan de los Shākyas entre todos estos grupos étnicos. Algunos estudiosos consideran que eran de origen mongol. En la literatura se les llama los descendientes de Ikshvāku, es decir, hijos del sol. Lo mejor es interpretar esto como una afirmación de que los Shākyas eran de origen ario, pero era normal en esa época, entre las familias gobernantes, hacer remontar sus genealogías hasta el legendario rey Ikshvāku, hijo de Manu. Hacia el final de la vida de Buda, los Shākyas fueron dominados y aniquilados por los ejércitos del vecino estado de Kosala. A partir de este acontecimiento desapareció de la historia el nombre de Shākya. Al agregar este hecho final al enigma, nos quedamos con una información que no permite conclusiones acerca de quiénes fueron los Shākyas. Pero sí sabemos que los Shākyas no ocuparon un territorio muy grande, y que estaban subordinados a los Kosala. Se piensa que se gobernaban a sí mismos con cierta clase de gobierno republicano desde su capital en Kapilavastu. El padre de Shākyamuni, Shuddohodana, era el jefe de la oligarquía gobernante en este gobierno y se hace referencia a él como el rey. Odana significa arroz cocido, por lo que Shuddohodana fue traducido al chino como “arroz puro. También se dice que tuvo tres hermanos menores llamados “arroz blanco” (Shuklodana), “medida de arroz” (Droṇodana), y “arroz dulce” (Amritodana). Al llevar cada nombre la palabra “arroz” suponemos que la región de Tarai era muy fértil para el cultivo del arroz.  

La reina de Shuddhodana, Māyā, provenía de vecino estado de Koliya. Con frecuencia se le llama Mahāmāyā, significando “grande” el prefijo “mahā”. El término diosa o “devī” también frecuentemente es agregado a su nombre, que se convierte en Māyādevī. La palabra māyā por sí sola se traduce al chino usualmente por “fantasía” o “ilusión”. En el Budismo se dice que la impermanencia del mundo es tal que todo se nos revela sólo en forma temporal, pues ya nada tiene sustancia real. Esta idea es asimilada a māyā. Mucho después en la religión india, māyā se convirtió en un principio filosófico que se usaba para expresar el poder creativo de Dios. El nombre Māyā también ha sido usado desde tiempo inmemorial como el nombre de una diversidad de deidades femeninas, por lo que es apropiado para nombre de mujer.  

De la unión de aquellos dos nació un hijo, al que llamaron Siddhārtha. Siddhārtha significa “el que ha realizado su deseo” o “el que ha alcanzado su meta”. Parece ser que este nombre era bastante común en aquella época, lo cual indujo a algunos a indagar sobre los motivos de esta elección. Quizá tenía que ver con sus “excelentes cualidades”, o con el hecho de que es “ya perfecto en virtudes” (es decir, las virtudes que corresponden a Buda); o quizá simplemente se refería “al deseo realizado” de sus padres de producir el hijo varón que ellos habían estado ansiando.  

Además del nombre que le fuera dado de Siddhārtha, está su nombre de familia Gotaza o Gautama, que significa literalmente “vaca superior”. En la India, donde se valora tanta a la vaca, el nombre “Gautama” debe ser tomado como una expresión del alto nivel social de la familia. En la historia de India, Gotama o Gautama aparece como el nombre de muchas personas, incluyendo a varios sabios de la antigüedad. Así, el nombre completo de Shākyamuni era Gautama Siddhārtha. Con todo, los budistas casi nunca lo llamaban por su nombre personal, prefiriendo llamarlo “Buddha”, que significa “el iluminado”. En la literatura hay una lista de diez apelativos distintos para Buda, que incluye, aparte de los ya mencionados, los títulos de Tathāgata y Sugata (“bien ido”). En los sutras el mismo Shākyamuni a menudo se refiere a sí mismo como “el Tathāgata”, en lugar de usar un pronombre personal. Este término comprende muchos significados, pero por lo regular se traduce al chino simplemente como “así venido” o “así ido”. Generalmente se interpreta como “viniendo a este mundo desde la verdadera asidad”, pero probablemente se le podría interpretar como viniendo o yendo “en un estado de asidad”, o sea, vivir de acuerdo con la Verdad.  

En el periodo inicial del Budismo el nombre Buda o Tathāgata era sinónimo de Shākyamuni, puesto que no había otros Budas ni Tathāgatas. Se pensaba que era imposible que otro que no fuera Shākyamuni pudiera haber experimentado iluminación más alta y más completa y convertirse así en un Buda manteniendo aún su forma humana. Los discípulos de Buda, por mucho que avanzaran en sus prácticas ascéticas, se esforzaban por alcanzar la meta más alta que ellos conocían: el estado de Arhat. Era impensable que pudieran convertirse en iguales de su maestro Shākyamuni.  

Sin embargo, con el inicio del Budismo Mahāyāna, se amplió considerablemente el significado de la palabra “Buddha” (sánscrito por Buda), que ya no se limitaba únicamente al Buda histórico. Ya existían muchos Budas que habían aparecido en el pasado y se señalaban muchos otros que habrían de aparecer en el futuro. Además, al no estar ya restringidos a este mundo, se decía que había incontables Budas en los Mundos de Buda en toda la extensión de universo. Esto se convirtió en una verdad aceptada y es de este marco ideológico que surgen los llamados siete Budas del pasado y Maitreya, Buda del porvenir lejano. La tierra del Tathāgata Akshobhya se encontraba lejos en el oriente, y la del Buda Amitābha a una distancia de diez trillones de tierras hacia el occidente. El Buda Vairocana y el Tathāgata Gran Sol (Mahāvairocana) quedaron plasmados como “Budificaciones” de principios del universo. Otro ejemplo sería al Tathāgata Baishajyaguru (el Maestro Médico), el Buda que salva a los seres vivos de la enfermedad. De esa manera el Mahāyāna incorpora una pluralidad de Budas y, para distinguir al Buda histórico, con frecuencia se le llama Gautama Buda.

El sufijo “muni” originalmente significaba a uno que guardaba silencio y por extensión pasó a designar a un asceta o a un sabio. Así, Shākyamuni significa “un sabio que desciende del clan de Shākya”. Otro epíteto común de Buda es “Bhagavat”, que significa “el afortunado” u “hombre santo digno de respeto”. Este epíteto fue traducido al chino de muchas maneras, la mayor parte de las veces como shih tsun, que significa “El Venerado por el Mundo”.  

Es muy difícil fijar las fechas de su vida. En la India, país sin un fuerte sentido de la historia, existen muchos personajes y sucesos que no tienen una fecha clara; frecuentemente lo único que no podemos determinar es el siglo. Hay decenas de diferentes explicaciones acerca de las fechas en la vida de Buda. Esas explicaciones pueden ser divididas en dos partes aproximadamente iguales, de las cuales una afirma que vivió alrededor de los años 560-480 a.C. y la otra ubica su vida entre los años 460 y 380 a.C., estando de acuerdo ambas en que la extensión de su vida fue de 80 años. El hecho de que estas dos conclusiones académicas difieran en tanto como en 100 años no es algo inusual en los estudios de historia de la India. No intentaré aquí resolver este problema porque no afecta realmente las cuestiones que estoy presentando, pero es importante no perder de vista, cuando se leen obras modernas sobre el Budismo, que corrientemente se sostienen ambas opciones, apareciendo con mayor frecuencia las fechas más antiguas.  

Junto con la incertidumbre que rodea las fechas de Shākyamuni, hay que mencionar que ha habido algunos estudiosos que inclusive han negado la existencia histórica de Buda. Hace más de cien años E. Senart, un eminente estudioso de las biografías de Buda escritas en sánscrito, concluyó que estas biografías eran sólo otro ejemplo del mito del sol que se presenta en todo el mundo, intercalando dudas acerca de la historicidad de Buda. Inmediatamente muchos estudiosos se le opusieron. Además, existen ahora testimonios arqueológicos. Se han encontrado reliquias personales de Shākyamuni y restos de su clan, de manera que hoy podemos asegurar que no hay estudiosos que nieguen la existencia real de Buda.  

En la tradición budista las opiniones varían acerca de si dejó a su familia para entrar en la vida religiosa a los 29 ó a los 19 años de edad, si fue iluminado a la edad de 35 ó 30. Y, si bien es cierto que no se pueden tomar como realidades históricas muchas de las narraciones milagrosas en las biografías, sin embargo, como lo expresé antes, ellas crearon una imborrable impresión de Buda en las mentes de los adherentes al Budismo de épocas posteriores. Como leyendas, ¿qué nos dicen esos relatos de Buda?

Nacimiento y juventud como príncipe

Se dice que una multitud de milagros rodeó el nacimiento de Shākyamuni. La reina Māyā queda embarazada soñando que un elefante blanco desciende del cielo y penetra en su seno. El palacio está invadido por la alegría. Camino a su casa para dar a luz, Māyā se detiene a descansar en un parque en Lumbini, y es ahí, en el llamado “Bosque de Lumbini”, que nace Shākyamuni. Al estirar Māyā la mano para alcanzar una flor de Ashoka, nace Shākyamuni de su costado derecho.  

Podemos ubicar Lumbini gracias al pilar erigido ahí por el Rey Ashoka (a mediados del siglo III a. C.) y que fue descubierto a fines del siglo pasado. En 1958 hice un viaje de cerca de 19 millas desde Lumbini hasta el lugar donde existen restos de lo que se presume que es Kapilavastu. Sólo había caminos bastante malos que atravesaban los campos, y el jeep se sacudía como una barca avanzando a través de mares tempestuosos. El trayecto de dos horas y media podría haber sido mucho más fácil si hubiésemos ido en elefante.  

En la historia del nacimiento de Buda, deberíamos observar que la actitud de una mujer que estira el brazo derecho para alcanzar una flor es una manera tradicional de representar a una mujer hermosa en el arte de la India. Esa actitud es vista a menudo en la representación de diosas en la religión popular. Al aplicar esta convención a la madre de Buda, los seguidores del Budismo muestran a Buda naciendo del costado derecho de su madre.

Tan pronto como nace, unos dioses descienden del cielo para recibir a la criatura recién nacida, mientras que dos elefantes están a ambos lados de él, uno derramando agua caliente y el otro fría para bañar al niño. Esto es llamado abhishekha (acto de ungir, aspersión), ya que es similar a la purificación ritual que se realiza en la India cuando un rey es coronado. Y no es éste el único milagro, pues poco después de haber nacido, el niño da siete pasos en cada una de las cuatro direcciones, y pronuncia la famosa proclama: “Sólo a mí es al que se debe venerar en el cielo y en la tierra”. En otras palabras, entre aquellos que viven en los cielos y en la tierra, entre todos los seres vivos, no hay un ser más venerable que él. Al emitir esas palabras, el niño está de pie, apuntando al cielo con su mano derecha y a la tierra con la izquierda; esta actitud es designada con el nombre de “Buda recién nacido” y es comúnmente representada en el arte japonés.  

Aparentemente, los budistas de las épocas en que se compilaron estas biografías creían en sucesos tan milagrosos como haber nacido del costado derecho de su madre y haber sido bañado por los dioses, pues no tenían otra manera de expresar el profundo respeto que le tenían a Buda. Como consideraban que era un milagro el hecho de que una persona como Shākyamuni, predestinado a alcanzar la Budidad, hubiese nacido en este mundo corrupto, como un ser humano, introdujeron esos milagros en su biografía. Lo mismo se puede pensar del hecho de que el niño recién nacido pudiese proclamar: “Sólo a mí es al que se le debe venerar en el cielo y en la tierra”. Cuando llegamos a la etapa del Budismo Mahāyāna, Shākyamuni ya no es visto como un ser que llegó a ser un Buda, cuando alcanzó la iluminación durante su vida en la tierra, sino como un ser que ha sido un Buda desde un pasado sin límite. En el pensamiento del Mahāyāna él asume la forma humana únicamente para revelarle al mundo la experiencia de la iluminación. En otras palabras, “sujeto” o “persona” que alcanzó esta iluminación, llamada “iluminación original”, vuelve a nacer bajo forma humana como Shākyamuni. De tal manera que la escena, que conceptualiza el nacimiento de Buda, es una anticipación del pensamiento del Mahāyāna. La declaración “Sólo a mí es al que se le debe venerar en el cielo en la tierra” podría parecer arrogante pero de hecho no lo es, pues expresa la actitud de los budistas posteriores que consideraban a Shākyamuni como el supremo objeto de respeto. Además, después de haber alcanzado la iluminación, en el camino a Benares, Buda se encuentra con un hombre de Upada y, con una intención similar, le dice: “Sin maestro, yo solo, alcancé la iluminación”. Esta misma idea se refleja en la escena del nacimiento original que acabamos de referir en la cual su iluminación es una conclusión previa.  

Después de nacer en Lumbini, el recién nacido es llevado a su hogar en el castillo de Kapilavatsu. Aparece en el cielo una ligera nube morada -un buen presagio-. Asita, un ermitaño que vive en las montañas, ve la nube y, adivinando que algo maravilloso ha ocurrido, desciende de la montaña y se entera del nacimiento de un príncipe, lo observa durante largo rato con cuidado. De pronto el ermitaño irrumpe en llanto. El padre, Shuddhodana, lo reprende, diciendo: “¿Por qué lloras en un día de tan buen presagio?”

Asita responde: “El príncipe ha nacido con las treinta y dos marcas de buen auspicio”.  

Asita era también un adivino que leía las características físicas, y reconoció esas marcas como las treinta y dos características distintivas que se decían visibles en el cuerpo de un Buda. En la parte alta de su cabeza había una excrecencia, la ushnāṣa; su cabello crecía en cerrados rizos que se enroscaban hacia la derecha (pradakṣiṇāvartakesa); entre las cejas había un círculo de vello blanco llamado ūrnā; entre los dedos, una membrana de piel (jālāvanaddha), etc. Se pueden ver en las esculturas budistas los intentos por representar el mayor número posible de estas treinta y los lakṣaṇas. Existen además en Buda ochenta marcas adicionales que son más sutiles. Estas treinta y dos marcas mayores, y las ochenta menores, también se encuentran en un Chakravartin, un rey santo que “hace girar la rueda” de la verdad y es capaz de someter toda la tierra.  

El eremita Asita explica su reacción: “Este niño está dotado de las treinta y dos marcas y por eso, si se queda en su hogar, probablemente llegará a ser un Chakravartin; pero, si renuncia a la vida de familia, ineludiblemente llegará a ser un Buda. Ya sea que llegue a ser un Buda o un Chakravartin, la aparición de una persona así en el mundo es un acontecimiento extremadamente raro. Yo he alcanzado ya una avanzada edad y será imposible para mí vivir lo suficiente como para verlo. Por eso estoy llorando.”

Este tipo de relatos revelan claramente la manera en que pensaban los budistas de esa época. Los autores de estas biografías establecían una dicotomía entre rey y Buda. Querían crear la impresión de que el mundo de la iluminación de un Buda era incluso más noble que el de un rey secular con absoluta autoridad que ha conquistado el mundo. En vez de descartar estos relatos de milagros y pronósticos sólo porque carecen de credibilidad histórica, tenemos aquí un ejemplo de cómo nos permiten descubrir las emociones y afirmaciones de los budistas que vivían en la India poco antes y poco después de la época de Cristo.  

Otros diversos relatos acompañan la juventud de Shākyamuni. En uno, justo después de su nacimiento, el niño es llevado, en su primera peregrinación, al templo de la deidad local, pero cuando llegan allí, es la deidad quien desciende de su altar para rendirle homenaje a Shākyamuni. Muchos de estos relatos sirvieron de inspiración para el arte budista de las generaciones subsecuentes. De niño Shākyamuni mostraba grandes dotes y se pone énfasis en que era extremadamente capaz en letras y artes marciales. En su educación como príncipe estudió probablemente tanto de los Vedas como de las Upanishad, y suponemos que llegó a ser muy versado en ambos. También se dice que no había quien lo superara en las artes marciales, ya fuera la arquería, la lucha o cualquier cosa que él intentase. Pero a veces se le pinta como bastante débil, y de ninguna manera de complexión robusta; y uno se pregunta hasta qué grado le podían interesar realmente las artes marciales. Parece que frecuentemente caía en estados de ánimo pensativos; todas las biografías describen escenas en que él aparece sumido en la reflexión acerca del significado de la vida.  

A su padre, el rey, sólo le producía ansiedad el hecho de que Shākyamuni fuese propenso a ensimismarse en su pensamiento. Esto desde luego estaba relacionado con la predicción del asceta Asita de que si el joven permanecía en su hogar llegaría a ser un gran monarca, pero que si renunciaba a la vida de familia llegaría a ser un Buda. Si el príncipe, a quien se preparaba para gobernar a la nación de los Shākyas, renunciaba al mundo para llevar la vida de un asceta, el rey quedaría en una situación desfavorable. Por lo tanto, dio la orden de que se tomaran varias medidas para eliminar del entorno del príncipe todo aquello que pudiese producirle pensamiento tristes, esperando, de este modo, evitar que le joven reflexionase sobre las imperfecciones del mundo. El rey reunió un grupo de hermosas mujeres para que atendieran al príncipe, y el mismo Buda habla de los palacios que le fueron construidos para cada una de las tres estaciones. En India no hay realmente cuatro estaciones, sino únicamente el verano, la temporada de lluvias y el invierno, y tres palacios fueron construidos para proporcionar las condiciones más cómodas en cada estación. No se duda que, con la consideración especial que le era dada, Shākyamuni pasó su juventud en extravagancias sensuales. En cierta medida esto era lo usual para cualquier aristócrata, pero es interesante que el propio Buda mencione en los sutras que en su juventud vivió una vida de grandes lujos.  

También se casó, aunque la edad en que lo hizo varía de una biografía a otra. Se supone que el matrimonio tuvo lugar cuando él tenía cerca de 20 años. Su esposa era la bella y talentosa Yashodharā, y tuvieron un hijo llamado Rāhula. Rāhula significa “obstáculo” y se dice que el nombre deriva de la respuesta de Shākyamuni cuando oyó el anuncio del nacimiento de su hijo: “Ah, otro obstáculo”. Esto se ha interpretado como una indicación de que él consideraba que el amor paterno era un obstáculo en su deseo de renunciar al mundo y seguir el camino de la religión. Tomando en cuenta una serie de elementos relacionados con la vida de familia de Shākyamuni, parece que el nacimiento de Rāhula tuvo lugar bastante tiempo después del casamiento de la pareja. Como su consorte, además de Yashodarā, otros nombres, incluyendo el de Gopī, son mencionados. Gopī podría ser el nombre de otra esposa o podría ser simplemente otro nombre de Yashodharā.  

La busqueda de diversión fuera de Las Cuatro Puertas

Antes de que Shākyamuni renunciara a su hogar, un suceso importante se destaca en las biografías: el relato acerca de “la búsqueda de diversión fuera de las cuatro puertas”. Esto se refiere a la salida fuera de las cuatro puertas de Kapilavastu en busca de diversión. En la actualidad, los estudiosos generalmente concuerdan en cuanto a la ubicación de la antigua ciudad de Kapilavastu. Hace más de 20 años viajé a ese lugar para inspeccionarlo. En sus dimensiones era una ciudad pequeña, de unos 500 metros por un kilómetro. Quedan vestigios, un foso, y uno puede imaginar la ubicación de cada una de las cuatro puertas fuera de las cuales el príncipe buscó diversión.  
 
 

Un día, cuando el príncipe estaba dejando la puerta del este, se encontró con un anciano caminando al lado del camino. Asombrado ante la vista de la edad avanzada, le preguntó a su palafrenero Chandaka: “¿Qué clase de persona es ésa? Su espalda está encorvada, su rostro está lleno de arrugas, su cabello está completamente blanco y casi no puede caminar. ¿Quién es ese hombre tan feo?” Chandaka respondió: “Es un anciano.” Cuando Shākyamuni preguntó: “¿Qué clase de persona termina pareciéndose a él?”, Chandaka explicó: “Todas las personas se vuelven así. Puedes ser joven ahora, pero algún día te parecerás a él”. Al oír, esas palabras, Shākyamuni se tornó pensativo e inmediatamente dio la vuelta y regreso a su palacio. 

Otro día, cuando salían por la puerta del sur, se encontraron con un hombre enfermo. Al ver por vez primera a una persona que padecía el debilitamiento de la enfermedad, volvió a preguntar: “¿Qué clase de persona es ésa?” Chandaka respondió: “Es una persona enferma. Eres joven y sano, pero algún día sin duda te enfermarás.” Y otra vez, al salir por la puerta del oeste, vieron un funeral. Al ver al muerto en su ataúd, rodeado por un grupo de personas que lloraban dando fuertes gritos, mientras se dirigían hacia el límite de un campo, Shākyamuni reguntó: “¿Qué era eso?” Chandaka contestó: “Alguien ha muerto ahí. Tú también morirás algún día.”

Parece increíble que Shākyamuni nada supiera de la vejez, la enfermedad o la muerte antes de aprenderlo de su cochero. Quizá estos relatos son dados de esta manera para mostrar la gradual profundización por parte de Shākyamuni en las realidades humanas de la vejez, la enfermedad y, en especial, la muerte. De hecho el rey, por el temor que tenía, había decidido encerrar al príncipe en la torre de un palacio con mujeres que lo atendieran, pero accedió al deseo de su hijo de salir de la ciudad, pensando que tal cosa podría disipar su tristeza. Sin embargo, al mismo tiempo el rey había dado órdenes de que se quitara del camino cualquier cosa que no fuera visualmente atractiva, a fin de que el príncipe no pudiera tener la menor duda acerca del mundo. El hecho de que el anciano y el enfermero aparecieran delante del príncipe, a pesar de las precauciones, ocurrió porque los dioses intencionalmente los evocaron para que aparecieran. Los servidores fueron reprendidos por lo que ocurrió, de modo que los dioses hicieron que la escena del funeral fuera visible sólo para el príncipe. Las explicaciones dadas por el palafrenero acerca de la realidad del envejecimiento, de la enfermedad y de la muerte también fueron inspiradas por instigación de los dioses, ya que a todos les había estado prohibido hablarle de esas cosas. 

La cuarta vez, cuando estaba dejando la puerta norte en busca de diversión, el príncipe encontró un shramaṇa: un buscador de la verdad, que, después de abandonar a su familia, se retira al bosque y sigue su camino religioso como un mendigo. El nombre shramaṇa frecuentemente es mencionado con el de brahman (o brāhmana) en sánscrito (generalmente brahmán en inglés), que designa a los miembros de la clase más alta en el sistema social de India. Esto indica que los shramaṇas, considerados casi como los iguales de los brahmanes, eran sumamente respetados. El shramaṇa que Buda encontró, también había sido evocado por los dioses, para bien del príncipe. La forma de caminar del shramaṇa revelaba una actitud de serenidad y calma y su rostro reflejaba una mente libre de preocupaciones, ennoblecida por una profunda introspección. Shākyamuni fue profundamente conmovido por lo que vio. Como de costumbre, preguntó a su palafrenero Chandaka quién era ese hombre, y esta vez él mismo se le acercó para interrogarlo. A partir de esta experiencia, Shākyamuni se sintió más y más seguro del camino que él mismo debía seguir. Ese día, en que encontró al shramaṇa y tomó conocimiento de tan noble forma de vida, experimentó una felicidad verdadera, como si una alegría secreta en su interior hubiese finalmente salido a la luz. 

Fuera de este relato referente a “la búsqueda de diversión fuera de las cuatro puertas”, se han transmitido otros sucesos acerca de la vida de Shākyamuni antes de su renunciamiento, todos los cuales tienen que ver con el proceso gradual que lo llevó a la decisión de abandonar el hogar y convertirse en asceta. Estos relatos también se refieren a los objetos de su preocupación, que no son otra cosa que las preocupaciones centrales del Budismo -los aspectos ineludibles de la vida: la vejez, la enfermedad y la muerte-, es decir, el problema de la vida misma. 

El renunciamiento al mundo

Shākyamuni se fue de su hogar. En la India tradicional, había un sistema establecido que dividía la vida de cada persona en cuatro etapas (āshrama). En la cuarta etapa, reservada para los últimos años de su vida, el individuo debía abandonar a su familia y convertirse en una persona errante, sin hogar, que iba en busca de la verdad. Aunque esto representa un ideal más que una realidad social dominante, la idea del renunciamiento era familiar para los indios. Shākyamuni fue algo excepcional en cuanto cortó en forma total los lazos que lo unían a su familia, su trono y nación. A partir de ese momento él llevó realmente la vida de un monje errante sin hogar, durmiendo bajo los árboles con una piedra por almohada, y alimentándose únicamente de las limosnas que recibía de otros. La palabra bhikshu, que frecuentemente es aplicada a los monjes budistas (bhikshuṇī para las mujeres), originalmente implicaba a alguien que no tenía un lugar para vivir ni medios para ganar dinero; alguien que vivía de los alimentos que mendigaban. En una palabra, un mendigo. Más adelante el sentido de renunciar al propio hogar se refería al abandono de éste para entrar en un monasterio en el que uno vivía y practicaba la disciplina religiosa. Pero en esta primera época, los bhikshu eran personas verdaderamente sin hogar. Este debe haber sido un cambio drástico para Shākyamuni, que hasta entonces había llevado una vida tan extraordinariamente rodeada de lujo. 

Shākyamuni finalmente decidió abandonar a su familia y convertirse en un buscador de la verdad, pero en la noche en que estaba a punto de irse furtivamente del palacio, sintió deseos de abrazar a Rāhula, su único hijo. Sin embargo, al ver a su esposa Yashodharā que dormía junto al niño y temiendo despertarla, abandonó la idea y decidió irse de inmediato, teniendo cuidado de no hacer ruido. El rey Shuddhodana, en su gran temor de que su hijo Siddhārtha abandonara hogar y familia para dedicarse a la vida santa, había hecho rodear el palacio con centinelas para impedirle la salida. Sabiendo esto, Shākyamuni había hecho que su fiel servidor Chandaka tuviese listo un magnífico caballo blanco llamado Kaṇṭhaka, con el que realizaría su huida. Aquí las biografías nos dicen que, en vista de que el ruido de los cascos de Kaṇṭhaka podía despertar a los centinelas, cuatro devas (dioses), bajaron del cielo, sosteniendo cada uno de los cascos del caballo antes de que tocaran el suelo, de manera que no se oyera el menor ruido cuando el caballo saltara por encima de la muralla de la ciudad. La escena se reproduce frecuentemente en esculturas indias. En el recién construido Salón Dorado de Shitennōji, en Osaka, hay también un mural de Nakamura Gakuryō, que muestra a Shākyamuni montado en Kaṇṭhaka, con Chandaka corriendo a su lado, y si uno observa atentamente hay bajo los cascos del caballo las manos blancas de los dioses suavemente pintadas. 

Una vez que hubo abandonado la ciudad, Shākyamuni se despojó de sus joyas, de su corona y de sus costosos vestidos, se cortó el cabello y dio todas estas cosas a Chandaka, a quien ordenó volver a Kapilavastu. Shākyamuni, después de su renunciamiento, emprendió su camino solitario. Sabiendo que probablemente sería perseguido, cruzó primero el río Lohini y luego se dirigió al sudeste, para llegar finalmente al reino de Magadha. Rājagriha, su capital, era en esa época un centro de saber y muchos grandes maestros vivían ahí.

Uno se pregunta cómo recorrió Shākyamuni, en esta primera etapa de su viaje, la distancia entre Kapilavastu y Rājagriha. Hace unos treinta años, hice el intento de andar el mismo camino, con la esperanza de encontrar la ruta que él siguió. En la actualidad carecemos de información acerca del camino que tomó, porque inevitablemente encontró los imponentes ríos Ganges y Gaṇḍakī, pero nada se sabe acerca de dónde y cómo los cruzó. Cuando yo atravesé el río Ganges a bordo de un transbordador a vapor de 600 toneladas, el viaje duró una hora. Para evitar los lugares poco profundos y los bancos de arena, fue una travesía en diagonal, que implicó un gran desvío río abajo. El Gaṇḍakī no es tan ancho, pero no deja de ser un río muy grande con fuerte oleaje. Para llegar a Magadha, Shākyamuni tuvo que cruzar esos mismos ríos.

A su llegada buscó a Ᾱrāḍa Kālāma y Udraka Rāmaputra, ambos maestros en meditación, pero no tardó mucho en alcanzar los mismo niveles de trance meditativo que sus maestros habían logrado. Viendo esto y comprendiendo cuán inusualmente dotado era Shākyamuni, Ᾱrāḍa Kālāma le sugirió que se unieran para instruir a un gran número de discípulos. Pero Shākyamuni percibió que el nivel que había alcanzado no era la verdadera iluminación y rechazó la invitación. Udraka Rāmaputra le enseñó cómo alcanzar niveles de meditación aún más altos que Shākyamuni fácilmente dominó. Las meditaciones que enseñaban estos dos maestros eran muy sofisticadas, pero Shākyamuni no estaba satisfecho. Rāmaputra, al igual que Kālāma también intentó retener a Shākyamuni consigo, pero Shākyamuni se negó y los dejó, decidiendo unirse enseguida a un grupo de ascetas.

Prácticas ascéticas

En esa época los ascetas gozaban de gran respeto en la India, pues se consideraba que el ascetismo era la práctica esencial para alcanzar la liberación. Había en Magadha lo que llamaban “el bosque de los ascetas”, donde se reunían esas personas, y fue ahí donde Shākyamuni se sometió a la prueba. Cuando digo “ascetismo” me refiero a la creencia en la India de que se podía alcanzar la iluminación soportando el dolor físico -dolor que el individuo se infligía a sí mismo intencionalmente-. Hoy el yoga es bien conocido fuera de la India. En la India su historia es extremadamente antigua, siendo anterior a la época de Shākyamuni. Existen muchas formas de yoga; una se centra en el entrenamiento del cuerpo; otra tiene que ver con el dominio de la mente por medio de la meditación. El ascetismo es una forma de yoga, en la cual uno causa a su cuerpo dolor extremo. 

Shākyamuni practicó seis años el ascetismo. Existían diversas clases de ascetismo que se practicaban en esa época y probablemente Shākyamuni practicó la mayor parte de ellas de acuerdo con las creencias de sus pares. Él mismo relata sus prácticas ascéticas que eran tan dolorosas que ninguna otra persona podía aguantarlas. La reducción gradual del alimento era una forma de práctica ascética. El consumo de frijoles o de arroz podía reducirse a un frijol o grano de arroz por día. O se podía tomar una pequeña cantidad de alimento, pero el intervalo entre cada comida crecía, hasta llegar a comer una vez en varios días y finalmente una vez en varias semanas. Esto equivale a ayunar durante periodos prolongados. Los sutras con frecuencia señalan que aquellos que lo rodeaban pensaban “Gotama ha muerto”, y por eso sabemos que Shākyamuni arriesgaba su vida durante sus prácticas ascéticas. 

Otra práctica que se nos refiere era la de taparse la nariz y la boca y contener el aliento. Aunque dejar de respirar tiene como efecto la muerte, se decía que, si uno cierra la nariz y la boca, uno respira por todos los poros de la piel, convirtiendo al cuerpo entero en una masa febril. Hay en el Museo de Lahore, en Pakistán, una famosa estatua que muestra a Shākyamuni en la tortura de su práctica ascética. Es una magnífica escultura en el estilo de Gandhara, que representa a un Shākyamuni demacrado, con los ojos hundidos y las costillas visibles, pero fijo en una actitud de intrépida resolución. 

Todavía se pueden ver ascetas en la India que permanecen sentados durante largas horas bajo el ardiente calor del sol, o con la cabeza inmóvil inclinada hacia abajo durante todo el día, o acostados sobre lechos de clavos, o en otras posturas dolorosas. Tales prácticas ascéticas derivan de la creencia de que el espíritu se libera y enaltece si puede ser separado de su cuerpo material, lo que debe ser realizado sometiendo al cuerpo a tortuosas experiencias. Es difícil imaginar ahora tal enaltecimiento del espíritu. En nuestras vidas cotidianas, en lugar de convertirnos en seres libres y exaltados, incluso un dolor relativamente simple como un dolor de muelas nos saca de quicio. ¿Cómo entonces someternos a la tortura que implica estar acostado sobre un lecho de clavos tan picudos que nos harían sangrar?

Pero viviendo en una época en que se creía que el ascetismo era la llave para la liberación, era natural que Shākyamuni ensayara también este camino, aunque él probablemente hacía algo inusual al dedicarse al ascetismo al punto de poner en riesgo su vida. Finalmente, sin embargo, se dio cuenta de la futilidad del ascetismo y decidió abandonarlo. Esto fue considerado como una apostasía por aquellos que lo rodeaban y, por ser los ascetas tan respetados, el dejarlos invitaba al desprecio. Pero Shākyamuni con toda sinceridad buscaba el camino hacia la verdadera iluminación y así, descubriendo la verdad acerca del ascetismo él, valientemente, renunció al mismo. 

Enseguida se dirigió a la ribera del río Nairanjanā, cerca del “bosque de los ascetas” y se bañó en él. Los indios rutinariamente se bañan, varias veces al día, en alguna laguna o en un río y hay en ello un sentido religioso. En contraste, hay una práctica tradicional de acuerdo con la cual los ascetas se cubren el cuerpo de lodo con la intención de no lavarlo jamás. Así, el baño de Shākyamuni simboliza el rechazo al credo del ascetismo. Después de terminar su baño y de subir a la playa del río, recibió un poco de sopa de arroz cocido en leche de manos de Sujātā, una niña de la aldea. De hecho Sujātā había estado haciendo ofrendas diarias a un árbol, grande y viejo, del lugar, con la esperanza de que se le cumpliera un deseo, y se llenó de alegría al encontrar a un demacrado asceta sentado al pie de ese árbol, pues lo tomó por el espíritu del árbol. Entonces ella corrió a su casa y con cuidado preparó una sopa de arroz  para él, como una ofrenda. La sopa de arroz es extremadamente nutritiva y, después de comerla, Shākyamuni se sintió recuperado física y mentalmente. 

Confrontación con Māra y logro del camino

En la ribera oeste del río Nairanjanā había un gran árbol de ramas extendidas, una variedad de la higuera pipalla o ashvattha en sánscrito.  Después fue conocido con el nombre de “árbol de la Bodhi” o árbol de la iluminación, pues fue bajo este árbol que Shākyamuni alcanzó la iluminación total. Por haberse convertido Shākyamuni en un “Buddha” (iluminado, buda) bajo este árbol y por estar ese lugar ubicado cerca de 6 millas al sur de la ciudad de Gayā, se le dio a este lugar el nombre de Buddha-Gayā (actualmente Bodhgāya). 

Una de las versiones de la biografía relata que antes de este suceso Shākyamuni escaló una montaña en la ribera este del Nairanjanā, conocida con el nombre de “Montaña Antes de la Iluminación” (Prāg-bodhi). Además en la orilla este del río se puede encontrar actualmente una aldea llamada Sujātā-kutī, y este nombre sugiere que de allí salió Sujātā a ofrecerle la sopa de arroz con leche a Shākyamuni. Pero finalmente Shākyamuni cruzó hacia la orilla oeste del río y, esparciendo un poco de yerba cortada bajo el árbol de la Bodhi, se sentó a meditar. Al sentarse tomó una firme determinación: “Esta vez no me levantaré de este asiento hasta alcanzar la iluminación”. Finalmente (según fuentes budistas traducidas al chino), en el octavo día del decimosegundo mes, ya entrada la noche cuando el planeta Venus brillaba en el cielo, él alcanzó “la suprema iluminación”. Pero, cuando estaba a punto de alcanzar la iluminación, fue atacado por las huestes de Māra. Fue mediante su combate con Māra y mediante su victoria sobre él, que pudo alcanzar la iluminación, por lo que a menudo en el Budismo chino se vinculan estos dos hechos en la frase: “Derrota de Māra, Realización del Camino”. 

La palabra sánscrita māra es transcrita en chino por la palabra mo-lo, que generalmente se abrevia en mo. En los tiempos antiguos no existía el signo mo, y se piensa que fue creado especialmente para los fines de esta transcripción, combinando el signo que representa el elemento vocal mo con el signo que significa fantasma. “Māra”, que significa destrucción o matanza, esencialmente significa destruir o matar, o sea, tiene el valor de muerte. En las grutas budistas del Asia Central existen varios frescos bien conocidos que muestran a las huestes de Māra; las imágenes son realmente atemorizantes. Si Shākyamuni lograba alcanzar su iluminación y con ello la verdadera enseñanza se convertía en algo asequible para el mundo, la influencia de Māra se reduciría, por lo que aparece con sus huestes ante Shākyamuni en un intento por impedir la liberación de éste. En estos frescos vemos a sus guerreros, feos y con rostros innobles, confrontando a Shākyamuni con espadas, lanzas y otras armas, listos para atacarlo. 

En las biografías de Buda varían las descripciones del ejército de Māra, aunque todas lo describen en detalle. Hay en ellas una colección real de lo horrible y lo grotesco: algunos de los soldados tienen sólo un ojo, algunos sólo media cara; otros, tres cabezas; unos tienen la lengua colgándoles fuera de la boca con la punta partida y tan larga que llega al suelo. Algunos tienen cabezas que son únicamente calaveras, cabezas pegadas al vientre, o cabezas de jabalí o dragón; los hay con dos piernas y varios torsos, o con un torso y varias cabezas. Llevando toda clase de armas imaginables, ellos rodean a Buda, que permanece sentado, poniendo a prueba su resolución de no moverse. Saltan de una forma u otra, mientras de sus cuerpos salen llamas, algunos incluso flotan en el aire amenazándolo. Hay guerreros que empuñan lo que parece ser un instrumento lanza-llamas, y hay culebras que escupen veneno. A pesar de toda esta intimidación. Shākyamuni sigue sentado sin moverse. Māra trata de aplastar su determinación adulándolo con palabras suaves. Le susurra al oído: “Sí sólo dejaras este lugar y regresaras a tu hogar, te convertirías en un gran emperador y conquistador del mundo.” Al no tener éxito, Māra le envía a sus tres hijas para seducirlo sexualmente. Las tres hijas recurren a toda clase de ardides amorosos de que disponen, exhibiendo su piel semejante al alabastro, atrayéndolo con canciones y danzas, miradas de soslayo y dulces palabras de elogio. Se pasean frente a él levantando sus faldas y diciéndole cosas como: “Quisiera ser la servidora de un gran hombre como tú”. Pero, es innecesario decirlo, Shākyamuni permanece inmutable.

Un aspecto interesante de este relato es que cuando los guerreros de Māra colocan flechas en los arcos, las flechas se incendian de repente; las flechas y lanzas se detienen a medio camino; una mano que maneja una espada se vuelve rígida; la lluvia de armas incendiarias que cae sobre Shākyamuni se convierte en flores de loto coloradas. En la última línea que describe las coqueterías de las tres jóvenes se narra que ellas de pronto se convierten en mujeres ancianas. Se dice que todos estos milagros son el resultado de las virtudes de Shākyamuni, y los dioses ayudan a que se realicen con el fin de exaltarlo. ¡Qué hermoso y emocionante espectáculo ver que las armas se vuelven pétalos de flores! ¡Si pudiéramos nosotros hacer esa maravillosa transformación en el mundo moderno, con nuestras armas inmensamente más poderosas!

En medio de la batalla tiene lugar una conversación entre Shākyamuni y Māra. Māra trata de debilitar la confianza en sí mismo que posee Shākyamuni empleando toda índole de subterfugios lingüísticos -adulación, razonamiento, etcétera-. Shākyamuni le recuerda a Māra que su decisión es del orden más alto, que no titubeará, y que con toda seguridad alcanzará la iluminación. Cuando invoca a los dioses como testigos, se abre la tierra y de ella surge una diosa de la tierra que porta una vasija llena de flores de loto, mientras la tierra tiembla en sus seis direcciones. Māra es completamente derrotado. La iconografía de esta escena en el arte budista muestra a Shākyamuni en su bhūmi-sparsamudrā, es decir, sentado en la posición de loto con la mano derecha extendida sobre su rodilla derecha, apuntando hacia abajo, lo que indica que es el momento en que solicita el testimonio de la diosa de la tierra. 

Es durante este episodio dramático, “Derrota de Māra, Realización del Camino”, que se logra la iluminación de Shākyamuni: el exorcismo de Māra debe ser considerado como la conclusión del Camino. Se entiende que aquí, Māra representa los kleshas o afecciones mentales que son la base del sufrimiento. En otras palabras, el combate con Māra no es otra cosa que la lucha dentro de uno mismo. El alejamiento de Māra significa que los kleshas están ahora ausentes. Los tres principales kleshas son la codicia, el enojo y la estupidez, y hay que expulsarlos a todos. Aunque la expulsión de los kleshas representa la iluminación, esto en sí mismo no es suficiente. Si no hay la chispa de una lucidez penetrante, la luz de la sabiduría, no hay una iluminación verdadera. Si sólo se tratara de dominar a los kleshas, por ejemplo el kelsha del deseo sexual que se va apagando con la edad, todos alcanzarían la iluminación. Pero en realidad, la tranquila satisfacción de la vejez, normalmente trae consigo la disminución de la claridad de los poderes intelectuales de uno. En el Budismo Mahāyāna es importante eliminar los kleshas, pero más importante es llegar a la suprema sabiduría, la llamada “sabiduría de Buda”. La pregunta principal es: cuando Shākyamuni estaba sentado sumido en calma contemplación bajo el árbol de la Bodhi, después de que Māra se retiró, ¿qué clase de sabiduría adquirió?

Aquí las biografías de Buda relatan que en ese momento todas las acciones de sus vidas anteriores se volvieron para él claras como el cristal, pudo conocer con su “ojo divino” la condición espiritual de todos los seres conscientes y, sobre todo, percibió la cadena de doce causas conocida como pratītya-samutpāda o surgimiento en dependencia. Está fórmula del surgimiento en dependencia es algo complicada, pero para nuestros fines, basta decir solamente que es una explicación de la condición humana de confusión. El concepto de surgimiento en dependencia es exclusivo del Budismo. Más que un principio central de la doctrina budista, es su punto de vista filosófico fundamental. 

Renuencia para dedicarse a la prédica

La completa realización del camino, la iluminación de Buda, tuvo lugar alrededor de sus 35 años de edad. Si su renuncia al mundo se coloca a la edad de 29 años, entonces su práctica religiosa debe haber durado seis años. Siguieron entonces 45 años de sermones que propagaban el Dharma hasta que “entró en el Nirvana” a los 80 años de edad. Pero Shākyamuni no comenzó de inmediato a difundir el mensaje de su realización. La literatura relata un episodio que antecedió a su decisión de predicar el Dharma, en el que duda y aun rechaza la idea de predicar. Este suceso, común en todas sus biografías, tiene la mayor significancia. 

Después de llegar a la iluminación, Shākyamuni, ahora convertido en un Buddha (iluminado), se quedó un tiempo en el mismo lugar (se dice generalmente que fueron cinco o siete semanas). Reflexionó sobre el proceso que lo llevó a su liberación espiritual y se dio tiempo para saborear profundamente la felicidad del Dharma que había realizado. En una ocasión, la emoción lo embargó, contemplando el árbol de la Bodhi con renovados sentimientos de gratitud por el árbol que lo había cobijado del frío y del calor. En otra, durante una tormenta fría que duró una semana, se dice que fue protegido por Mucalinda, el rey de las serpientes (nāga), que envolvió con su capucha el cuerpo de Buda. Shākyamuni también pensó durante ese periodo acerca de a quién le podría hablar sobre el Dharma, esta verdad insuperable resplandeciente de alegría, que había realizado. Al mismo tiempo se le ocurrió que sería inútil hablar acerca de ese tema. 

“Al cabo de tanto esfuerzo y sufrimiento, he podido ahora ser capaz de captar la suprema verdad. Pero he abandonado la idea de explicársela a nadie. El mundo, que sufre de la lujuria y el odio, encontraría ciertamente difícil comprender esta enseñanza, pues es sutil y gran parte de su contenido va en contra de las opiniones comunes del mundo. Contiene puntos profundos y extremadamente sutiles que no son fácilmente comprendidos. Inflamados por las pasiones sensuales y envueltos en los opacos velos de la más negra ignorancia, los hombres nunca serían capaces de comprender esta enseñanza.”

Con estos pensamientos, Shākyamuni abandonó la idea de exponer el Dharma. Por lo menos las personas que escribieron las biografías sintieron que Shākyamuni, en un determinado momento, rechazó la idea de predicar el Dharma. Pero al enterarse de que había tomado esas decisión, el dios Brama se quedó perturbado y bajó inmediatamente de su cielo para decirle:

“Pese a todas las dificultades a las que te has enfrentado para alcanzar la iluminación y convertirte en el supremo Buda, sería una pérdida trágica que entraras en el Nirvana sin explicarle a otros lo que has logrado. Te ruego, por favor, expón el Dharma, pues en el estado de Magadha existen toda clase de ideas impuras e impropias acerca de la naturaleza del hombre. Los caminos heterodoxos de los seis maestros forman parte de ellas. Tienes que predicar la enseñanza correcta y pura para contrarrestarlos. Seguramente habrá personas que puedan comprenderte.”

Así fue como Brahmā le pidió que predicara el Dharma. A esto se le llamó “la súplica de Brahmā”. Su ruego para que Buda expusiera el Dharma fue repetido tres veces y cada vez Shākyamuni se negó. Finalmente, por un sentimiento de compasión por el mundo, aceptó cumplir con el deseo de Brahmā y predicar el Dharma. O sea que, con sus ojos de Buda, él observó las condiciones de la gente sumergida en el sufrimiento y comprendió que, aunque había personas necias o hundidas en la impureza y en el mal, también había algunas que eran sensatas, corrompidas por pocas faltas y que se esforzaban por el bien. A éstas las vio como flores de loto floreciendo en una laguna; algunos lotos permanecen sumergidos en el agua, algunos han alcanzado la superficie del agua, y algunos se yerguen por encima del agua con hermosas flores. Confió en que, cuando él expusiera el Dharma, las personas inteligentes lo comprenderían y aceptarían.

Hecha esta observación, Buda proclamó su decisión de predicar con el verso que sigue: 

¡Oh Brahmā! La puerta que lleva a la ambrosía ha sido abierta ahora.

Quien tenga oídos debe venir a escuchar con la fe más pura.

La palabra ambrosía, amrita en sánscrito, significa “que no muere, inmortal, eterno”. Y es así como comenzó la prédica de Buda. 

Propagando el Dharma

Antes de empezar a predicar, Buda consideró a quién le dirigiría su primer sermón. Recordando cuán inteligentes eran sus maestros Ārāda Kālāma y Udraka Rāmaputra, pensó que sería apropiado exponer el Dharma a ellos primero. Pero se enteró por medio de su visión sobrenatural que ambos habían fallecido recientemente, uno hacía una semana, y el otro justo el día anterior. Decidió entonces hablarles a los cinco bhikshus. Seis años antes, su padre, el rey, preocupado por la suerte de su hijo, les había pedido a estos cinco monjes errantes que acompañaran a Buda. Posteriormente ellos habían acompañado a Buda en sus prácticas, mientras realizaban sus austeridades en el bosque de los ascetas, pero cuando Shākyamuni abandonó el ascetismo, pensaron que se había degradado a sí mismo y lo dejaron para continuar practicando por su cuenta. A la larga se establecieron en el Parque de las Gacelas (mrigadāva), llamado así por las numerosas gacelas que vivían en la cercanía; ha sido identificado como el Sārnāth de la actualidad, una zona que se ubica en un suburbio al norte de Vārāṇsī (Benares). Para predicarles a estos bhikshus, Shākyamuni se encaminó solo hacia el Parque de las Gacelas. Partiendo de Bodhgayā, lugar en que alcanzó su iluminación, su ida hasta el Parque de las Gacelas tomó quizá más de diez días. 

No considerando ya a Shākyamuni como un verdadero mendicante, los cinco bhikshus habían decidido entre ellos no saludarlo ni darle la bienvenida si lo veían de nuevo. Pero al verlo, cuando se les acercaba, se sintieron tan conmovidos por su dignidad que corrieron a saludarlo y trajeron agua para lavarle los pies. Shâkyamuni les manifestó que había alcanzado la iluminación y había llegado a ser un Buddha (Buda, iluminado); entonces empezó su primer sermón. Este se conoce como “la primera puesta en movimiento de la rueda del Dharma”. La metáfora de la rueda es originalmente política, pues se refiere al ideal de un emperador conquistador del mundo que manda sus carros de guerra, “haciendo girar sus ruedas”, para unificar al mundo. De la misma manera, Buda, como maestro de toda la humanidad, hace girar la “rueda” del Dharma, dando inicio al gran acontecimiento de la exposición de la Verdad. El contenido de este primer sermón está recopilado en un pequeño texto titulado Sūtra de la Puesta en Movimiento de la Rueda. Su contenido incluye explicaciones de conceptos como el Camino del Medio, el Óctuple Camino, y las Cuatro Nobles Verdades.  

Al escuchar este primer sermón, los cinco monjes mendicantes, que eran hombres sabios y capaces, alcanzaron de inmediato el elevado estado espiritual conocido como Arhat. Incluyendo a Shākyamuni, esto significaba que había ahora seis Arhats en el mundo. En pocos días este número aumentó a 61, porque hubo una respuesta inmediata a Buda por parte de los jóvenes de Vārāṇasī, muchos de los cuales renunciaron al mundo y alcanzaron también la iluminación propia de un Arhat. En ese momento Shākyamuni dispersó al grupo y los envío, no en grupos de dos sino individualmente, para difundir la enseñanza a todo el mundo. Entonces el maestro regresó solo a Magadha. 

Mientras las biografías de Buda contienen muchos detalles en relación al camino que siguió hasta alcanzar la iluminación y en relación a la inicial puesta en movimiento de la rueda de la enseñanza, sólo dan un esbozo general acerca de lo que sucedió después. Aparte del importante suceso de su Nirvana, parece que se pensaba que todo lo que era necesario decir sobre la vida de Shākyamuni terminaba con la puesta en movimiento de la rueda del Dharma. Sin embargo, conocemos una variedad de acontecimientos que ocurrieron durante el curso de sus 45 años de prédica, gracias a su mención a lo largo de todo el Canon. He seleccionado solamente uno o dos incidentes de entre ellos para presentarlos aquí. 

Buda, el Venerado en el Mundo, se encaminó entonces solo hacia Magadha. En el trayecto muchas personas se unieron al movimiento religioso que ahora llamamos “Budismo”. Un hecho importante ocurrió en la ribera del río Nairanjanā, en el cual se había bañado antes, cuando Buda encontró y convirtió a tres hermanos llamados Kāshyapa, los cuales eran adoradores del fuego y dirigían cada uno a su propio grupo religioso. Esto significó que los miembros de cada uno de estos grupos, de 500, 300 y 200 personas respectivamente, también se unieran al movimiento budista que comenzaba a expandirse. El mayor de los Kāshyapa había ya alcanzado edad avanzada en ese momento y era aparentemente muy venerado en la región de Magadha. Sin embargo, los tres hermanos y su comunidad de mil discípulos se convirtieron todos ellos en bhikshus budistas. 

Acompañado por sus mil discípulos, Buda llegó a Rājagriha, la capital de Magadha. Allí se entrevistó con el rey, Bimbisāra, a quien Shākyamuni había conocido poco antes de su renunciación al mundo. Cuando el rey supo que Buda se había instalado en un bosque de las afueras de la ciudad, tomó consigo a sus ministros y fue a visitar a ese santo hombre; como consecuencia, el rey se convirtió al Budismo. En esa ocasión el rey donó a Buda y a su grupo un bosque de bambús como un lugar de retiro. La palabra “retiro” (vihāra) más tarde vino a significar un templo o monasterio, pero en aquella época simplemente se refería a un espacio físico, ya que no había por qué construir edificios para los monjes. Como ya se había dicho, el bhikshu no tenía hogar; peregrinaba de pueblo en pueblo. Sin embargo, durante los tres o cuatro meses de la época de las lluvias, estos mendicantes tenían que quedarse en un solo lugar, pues en esa época los insectos y los animales pequeños están muy activos y al pasar por los charcos y riachuelos era imposible no pisarlos y matarlos. Otra razón para que cese de actividades durante la época de las lluvias es simplemente que los caminos se volvían intransitables porque se inundaban. De todos modos, estaba prohibido viajar en esa época y cada bhikshu tenía que construirse un refugio temporal para protegerse de la lluvia. Por lo tanto, era indispensable contar con un lugar fijo. Fue para ese propósito que el rey les donó ese bosque de bambús.

Con residencias fijas durante la época de las lluvias en el verano, esta época se convirtió para los monjes en una sesión de estudio. Tales lugares de retiro, uno tras otro, se multiplicaron y difundieron a medida que la religión crecía. Quizá el más famoso de los retiros budistas fue Jetavana, donado por un rico comerciante llamado Sudatta. Estaba ubicado en un suburbio de Shrāvastī, capital de Kosala. A Sudatta le gustaba hacerle regalos a la gente, especialmente proporcionar alimentos a los mendicantes, y recibió así el sobrenombre de “proveedor de los solitarios” (Anāthapiṇḍada). Compró un jardín que era propiedad del príncipe Jeta, pegándole la cantidad de monedas de oro que era necesaria para cubrir el bosque entero, y enseguida se lo donó a Buda. 

Durante la estadía de Buda en Magadha, se unieron al grupo Maudgalyāyana y Shāriputra, quienes más tarde serían sus grandes discípulos. Como eran amigos, habían convenido permanecer juntos en sus estudios con cualquier buen maestro que pudieran encontrar. Había otros 250 discípulos de su común maestro cuando encontraron a Buda, y todo el grupo decidió seguirlos cuando ingresaron al sangha. Cuando los sutras dan el número de 1250 discípulos de Buda, se están refiriendo a estos 250 más los 1000 traídos por los tres hermanos Kākhyapa.

Se piensa que fue en esa época que Mahākāshyapa, originario de Magadha, se convirtió en discípulo. Se agrega el prefijo “mahā” a su nombre para distinguirlo de los hermanos Kāshyapa. También él era de edad avanzada en ese momento y muy estricto en su comportamiento. Era un hombre de una verdadera virtud, en quien Buda confiaba mucho. Después de la muerte de Buda fue Mahākāshyapa quien reunió a los bhikshus y dirigió la tarea de publicar el canon. 

No se sabe exactamente cuándo regresó Buda a su hogar en Kapilavastu por primera vez después de su iluminación.

En las biografías se dice que fue dos, seis, o doce años más tarde. Al saber el logro de su hijo, el rey frecuentemente enviaba mensajeros rogándole que regresara a Kapilavastu. Pero parece que Buda no tenía mucho interés en regresar a su hogar. Cuando por fin regresó, el pueblo de Shākya en masa le dio la bienvenida y él incluso dirigió un sermón a su padre. Durante su visita convenció a su hijo Rāhula y a su hermano menor Nanda, que estaba por contraer matrimonio, para que se unieran a la orden. Las circunstancias en las cuales Nanda tomó su decisión, constituyen el tema de un poema épico de Ashvaghosha titulado “Saundara-nanda”. La escena en que Rāhula encuentra “Al que todo el mundo venera” está bellamente representada en un medallón de la escultura de Amarāvatī, en el que se muestra a Rāhula con cerca de diez años de edad. Considerando éste y otros datos relevantes, lo más probable es que el regreso de Buda a su hogar haya tenido lugar entre dos y seis años después de su iluminación. 

La muerte de Buda. El Nirvana

Las biografías vuelven a ser relativamente detalladas en relación al último viaje de Buda, antes de su muerte. Buda ya contaba con 80 años de edad. Dejando Rājagriha, volvió sobre sus pasos en el camino que tomó por primera vez cuando abandonó a su familia y se dirigió al noroeste. Hacia el final de su recorrido, un discípulo recién convertido, el herrero Cunda, invitó a Buda y a sus compañeros a comer. Entre los alimentos que les sirvió había algo de carne de puerco (u hongos) que le produjeron terribles dolores de estómago a Buda, pero a pesar de ello continuó su viaje.

El ayudante personal de Buda, su primo Ᾱnanda era “Aquel que más ha oído”, pues, al estar siempre al lado de Buda, escuchaba todos los sermones que dirigía a una amplia diversidad de públicos. Estaba con Buda en su último viaje a Kushinagara. 

En camino otra vez al día siguiente de la comida que le ofreció Cunda, Buda tuvo mucho dolor y probablemente diarrea. Finalmente le dijo a Ᾱnada que estaba cansado y quería reposar. Ᾱnanda le extendió una manta al lado del camino y en ella se recostó Buda. ¿Cómo no podría uno sentirse conmovido por esta escena de Buda, en la avanzada edad de 80 años y debilitado por la enfermedad, el maestro de miles de discípulos, yaciendo al lado del camino en vez de buscar un lugar para recuperarse bajo el techo de algún discípulo o creyente? Esto demuestra cuán estricta era la actitud de Buda en su adherencia a la vida errante y sin hogar que había elegido.

Sintiendo sed le pidió a Ᾱnanda que le trajera agua. Cerca de allí había un río, pero unos minutos antes lo había cruzado una caravana de caballos y bueyes y sus aguas estaban turbias. Ᾱnanda le dijo que el agua estaba sucia y sugirió que caminasen hasta el siguiente riachuelo. Pero Buda le ordenó tres veces más que le trajera agua del río, y cuando Ᾱnanda se acercó por fin al río, encontró que el agua estaba totalmente transparente. Esto se explica como otro de los milagros realizados por los poderes sobrenaturales de Buda. 

Buda siguió su camino y, forzando a su cuerpo enfermo, llegó finalmente al pueblo de Kushinagara. Allí, entre dos árboles shāla, le dijo a Ᾱnandaque le preparara una cama. Cuando la cama estuvo lista, Buda se acostó sobre su lado derecho, apoyando un pie sobre el otro, su cabeza en dirección del norte y su cara mirando al oeste. En esta postura, que se llama “la posición de Nirvana”, murió Buda. Los árboles shāla crecen derechos y altos, y producen una madera dura que se usa para la construcción. Cuando los textos dicen que la cama fue preparada entre “un par de árboles shāla” no sabemos si esto se refiere a sólo dos árboles a cada lado de Buda o, según las traducciones al chino de este pasaje, a un par de árboles en cada una de las cuatro direcciones rodeando a Shākyamuni que yacía, o sea un total de ocho. En Japón, todas las pinturas de la escena del Nirvana muestran esta última disposición incluyendo a una multitud de dioses, discípulos y animales lamentándose por la muerte de Buda. 

Mientras Buda yacía, enfermo, un hombre religioso en busca de la verdad lo visitó, queriendo oír sus enseñanzas: se convirtió en el último discípulo directo de Buda. En esa ocasión Buda les preguntó dos o tres veces a sus discípulos reunidos si tenían algunas preguntas finales que hacerle. En vista de su silencio, Buda les dijo: “No me preguntéis como maestro, sino como si estuvierais preguntando a un amigo”. Pero nadie se atrevió a abrir la boca. Entonces agregó:

A la larga, todas las cosas finalmente perecen. No os volváis negligentes, mantened vuestra diligencia en la búsqueda del camino.

 

Estas fueron sus últimas palabras. Luego repitió una serie de los trances que se producen en la meditación y finalmente murió mientras estaba en samadhi. 

Ᾱnanda y los otros prepararon el cuerpo para la cremación. Parece que en esa época la cremación estaba reservada sólo para los jefes de estado. Le pusieron fuego al ataúd, pero no pudo arder. El discípulo de mayor edad, Mahākākyapa, se encontraba muy lejos en el sur propagando el Dharma. Al enterarse por azar de la naturaleza crítica de la enfermedad del Maestro, él y otros discípulos se apresuraron en ir a verlo, pero pese a su gran prisa llegaron siete días después de su muerte. Respetuosamente caminaron alrededor del ataúd y se inclinaron en señal de veneración: y así, una vez cumplida la formalidad de su último adiós, empezó a arder el fuego.

Después de un entierro bajo el suelo o en el agua, no queda nada de lo que haya que disponer, pero en la cremación quedan restos de hueso (shārīra) y cenizas. Los pobladores de Kushinagara querían llevarse los restos de Buda para ponerlos en un altar en su aldea. Pero la gente de toda la India, que había recibido las enseñanzas de Buda, quería que sus restos fueran repartidos entre sus seguidores. Los reyes de ocho estados de toda esa región se reunieron, aduciendo cada uno su derecho a los restos de Buda. La discusión se tornó tan violenta que casi los llevó a la guerra. Un hombre sabio, Droṇa, intercedió en la controversia, y el resultado fue que los restos se dividieron en ocho porciones. Los ocho reyes llevaron cada uno su parte a sus respectivos reinos y cada uno construyó un stupa (monumento funerario) para ponerla. Alguien tomó posesión de la urna en que esos restos habían sido guardados, otro reunió las cenizas de la pira, y sobre la urna y las cenizas también se cosntruyeron stupas. Así se construyeron un total de diez stupas en diversas partes de India.

El stupa es esencialmente un montículo de tierra o piedra que sirve como altar a la memoria de Buda. En estos primeros se colocaron los restos funerarios reales de Buda. Como estructuras arquitectónicas, se originaron con el Budismo, y se convirtieron en símbolos de esa religión en general. Durante los cientos y miles de años que siguieron a los primeros stupas, se erigieron innumerables stupas en todo el mundo budista, sin tomarse en cuenta si contenían o no reliquias de Buda. La transliteración china de stupa era ts'u-t'o-p'a, que fue abreviada primeramente en t'o-p'a y después de nuevo en t'o, que es el carácter chino para pagoda. Las pagodas, inicialmente construidas en forma de montículo, se fueron haciendo, con el transcurso del tiempo, más altas y constituidas por varios pisos. Sin embargo, las pagodas de tres o cinco pisos que se ven en la actualidad, conservan aún la forma original de montículo dentro de su estructura, mediante el elemento nombrado fu-po que se encuentra en el techo por debajo del ornamento de nueve círculos que corona la pagoda. 

Una vida tranquila y noble

He resumido los puntos fundamentales de la biografía de Shākyamuni Buda. Dentro de la tradición existe una lista de 12 ó 14 hechos que han sido considerados un resumen apropiado de su vida. En el Budismo chino normalmente son ocho, conocidos como “los ochos aspectos mediante los cuales se realizó el Camino”. La enumeración es diferente en los distintos textos. En uno de ellos, el primer hecho es el llamado “descenso del cielo”. Antes de su nacimiento en este mundo, Buda residía en el cielo Tushita; cuando llegó el momento en que debía renacer en la tierra, él consideró en qué país y dentro del cuál grupo étnico debía nacer, decidiéndose finalmente por la India y por el clan de los Shākya. Bajó entonces del cielo en forma de un elefante blanco. El segundo hecho fue su concepción. La reina Māyā tuvo un sueño en el que vio que un elefante blanco entraba en su costado derecho, y despertó habiendo concebido. A los seis hechos restantes se les dan los siguientes nombres: 3) nacimiento, 4) abandono del hogar y huida de la ciudad, 5) el sometimiento de Māra; 6) llegada al término del camino, 7) la primera puesta en movimiento de la rueda del Dharma, y 8) la entrada en el Nirvana. 

En la escultura India se han encontrado numerosas piedras aisladas en las que se han grabado ocho escenas de la vida de Buda. Posiblemente se empleaban estas piedras como ayuda para enseñar la vida de Buda. El grupo de episodios allí representados es un poco distinto a los anteriormente descritos, pero el tercero, el sexto, el séptimo y el octavo siempre están presentes. Son: el nacimiento que tuvo lugar en Lumbini (ubicado) actualmente cerca de la frontera de Nepal, en el lugar que ahora se conoce como la Lummindei); la iluminación de Buddhagayā (llamada ahora Bodhgayā); el primer sermón en Mrigadāva (que corresponde actualmente a Sarnāth); y su entrada en el Nirvana en Kushinagara (hoy Kasia). Los lugares geográficos en que ocurrieron estos cuatro sucesos se convirtieron en lugares santos a los que se esperaba que los budistas harían peregrinajes. De acuerdo con ellos, stupas, templos y otros monumentos conmemorativos han sido construidos en esas cuatro localidades y se han convertido en lugares de peregrinaje. Aún hoy muchos grupos de peregrinos llegan de países como Sri Lanka, Birmania, Tailandia, etcétera. Los habitantes de esos lugares han fabricado siempre recuerdos, por ejemplo medallones de barro para los peregrinos, industria que sin duda han contribuido al desarrollo del arte budista. 

La vida de Shākyamuni no estuvo ciertamente exenta de perturbaciones. En su juventud él voluntariamente se sometió a prácticas de austeridad que pusieron en peligro su vida. Es sus últimos años, su primo Devadatta, al mismo tiempo que renunciaba al mundo para convertirse en su discípulo, conspiraba para asesinar a Shākyamuni y tomar el mando de la orden budista. Hubo además un incidente trágico en el que el recién coronado rey de Kosala, Viḍūḍbha, resentido por haber sido humillado por el clan de los Shākyas, envió sus tropas al territorio de los Shākyas, en donde aniquilaron al pueblo entero. Pero, a pesar de todo, Shākyamuni vivió una larga vida tranquila y noble, que duró 80 años. Esto marca un contraste con la vida de Jesucristo, que apenas vivió poco más de treinta años, cayendo víctima de la opresión política que resultó en su sentencia de muerte por crucifixión. Aunque nacido en una familia real, Shākyamuni siempre se mantuvo al margen de la política; sin embargo, gozó del respeto de muchos reyes, algunos de los cuales fueron budistas. La vida de Mahoma también contrasta profundamente con la de Buda. Ejerciendo el poder político conjuntamente con su autoridad religiosa, Mahoma intentó crear una nación y en sus últimos años condujo a la batalla a grandes ejércitos, luchando día y noche. Se casó once veces y contrajo matrimonio con la última a los 62 años de edad, un año antes de morir. 

Es interesante considerar la manera en que la vida del fundador de una religión influye en el carácter subsecuente de la fe. Una de las características de la historia budista es la casi total ausencia de lucha religiosa bajo la bandera de la verdad religiosa. El budismo no combatió con otras religiones. Sería un error asumir que este hecho no tiene relación con la naturaleza pacífica del carácter de Shākyamuni, tal como se refleja en su forma de vida. Se piensa que los diversos relatos y actitudes ideológicas que aparecen en las biografías de Buda deben haber ejercido considerable influencia de muchas maneras en la doctrina y filosofía budistas de épocas siguientes.

  

      Traducción de María Urquidi 
 
 

Gadjin M. Nagao Profesor emérito de Estudios Budistas de la Universidad de Kyoto (Japón); miembro de la Academia del Japón; especialista en Estudios Budistas, principalmente de las escuelas Mādhyamika y Yogāchāra de Budismo Mahāyāna. Autor de varios libros y numerosos artículos y traducciones al inglés y reunidos en un volumen titulado Mādhyamika and Yogācāra, A study of Mahāyāna Philosophy. New York, Suny, 1991.

 

¿Qué es un buda?


Buda es una palabra sánscrita que significa “el que despertó”. Éste es el término que se le asigna al fundador del budismo. Él no era un dios ni era un profeta ni un mesías. El Buda nació como un ser humano normal que, a través de su esfuerzo, alcanzó un estado de perfecta sabiduría y completa sensibilidad hacia todo lo que existe. Dicho en otras palabras, él despertó a su propio potencial y a la naturaleza verdadera del mundo que le rodeaba.

A este estado tradicionalmente se le denomina “Iluminación” y es la esencia de la enseñanza budista. Todas sus doctrinas y prácticas están hechas para ayudar al ser humano, hombre o mujer, a llegar a su propio potencial de Iluminación.

Desde los tiempos del Buda muchos otros hombres y mujeres también han alcanzado el estado de iluminación, sin embargo, el título de “el Buda” se reserva generalmente para el pionero, Siddharta Gautama, el hombre que descubrió el sendero a la iluminación y que indicó el camino para que otros lo siguieran.

Niño Rico Insatisfecho
Siddhartha Gautama nació alrededor del año 560 AEC (antes de la Era Común) en una familia aristócrata y próspera del clan shakya, en lo que ahora es Nepal, al norte de la India. Algunas tradiciones indican que su padre era el rey de los shakyas y, aunque quizás esto no sea cierto, desde un punto de vista histórico parece ser verdad que en su niñez y juventud Siddhartha tuviera una vida de opulencia. Probablemente era una existencia de lujos sin muchos límites: manjares, ropa elegante y muchos sirvientes, lo cual, en el contexto de la India de los Himalayas de ese entonces, era semejante a un paraíso terrenal. A pesar de todo él no era feliz. Los placeres que lo rodeaban solo servían para que contactara con la insatisfacción y para provocarle un intenso deseo de encontrar algo que tuviera un sentido más profundo.

Paralelos actuales con la vida temprana de Siddhartha
Esto puede resultarle familiar a muchas personas en Occidente, donde las necesidades materiales son satisfechas de una manera relativamente fácil y donde las oportunidades para el ocio y la diversión serían la envidia de generaciones anteriores. No obstante, si observamos la cara de la gente que encontramos por las calles de cualquier ciudad occidental nos daremos cuenta que esta prosperidad no trae la felicidad automáticamente. Como Siddhartha, muchos de nosotros descubrimos que una vida dedicada sólo a satisfacer deseos materiales es vacía y poco satisfactoria.

La renuncia
La insatisfacción que sentía Siddhartha en su vida de lujo alcanzó un límite. A los veintinueve años decidió dejar su hogar familiar y su vida de comodidades para convertirse en errante en busca de la verdad, llevándose consigo únicamente su tazón para mendigar y unos sencillos hábitos.

El fermento religioso de la India antigua en la Era Axial
El mundo al que salió Siddhartha era bastante primitivo, comparado con nuestro mundo actual, sin embargo era mucho más rico, en un sentido filosófico y espiritual, que el mundo moderno occidental. Las escrituras budistas tempranas dan la impresión de que había una sociedad con un profundo interés por las cuestiones fundamentales de la existencia. Había un gran número de maestros de meditación, abundaban las escuelas de filosofía y los debates religiosos eran una especie de deporte popular con un muchos espectadores. Esto no sólo pasaba en India sino en Grecia, China, Persia y en Medio Oriente. A este fermento tan concentrado de genio humano en el mundo se le ha llamado la Era Axial. Dentro de esta atmósfera, Siddhartha anduvo errante seis años, meditando y aprendiendo de los más famosos maestros del norte de la India, con una admirable determinación por encontrar lo que sentía que le había faltado en su vida anterior.

Las  austeridades de Siddhartha
Por un tiempo dedicó su vida a un ascetismo extremo, dejando de comer y dormir con la esperanza de que esto le ayudara a alcanzar la verdad. Entonces, se dio cuenta de que no resultaba de utilidad para su práctica espiritual maltratar al cuerpo y, dándole la espalda al ascetismo, se dedicó de corazón a la meditación.

Su iluminación
Después de un esfuerzo continuo, una noche de luna llena del mes Vesakha, en el año 528 AEC, Siddhartha Gautama se sentó a meditar al pie de una higuera a la orilla del rió Niranjana, sitio que ahora se conoce con el nombre de Bodh-Gaya y juró que no se levantaría sin haber encontrado lo que buscaba.

En ese momento su determinación era invencible. Entró en un estado de meditación profunda y, mientras transcurría la noche, su conciencia iba penetrando capas cada vez más profundas de la naturaleza de la realidad, hasta que alcanzó una percepción directa y total de la verdad. Para cuando se vio ascender en el horizonte la estrella de la mañana, él había alcanzado una liberación que era inquebrantable. Siddhartha Gautama se había convertido en el Buda, el que había despertado por completo.

Los tres niveles de la Iluminación
La tradición budista de todas las escuelas habla de la iluminación como una experiencia compuesta de tres factores. Para empezar se habla de la iluminación como un estado de conciencia clara y pura -e incluso radiante-. En este estado de conciencia deja de experimentarse la dualidad sujeto-objeto. Sin embargo, ésta es una conciencia de las cosas como realmente son.

En segundo lugar, pero de igual importancia, se dice que la iluminación es un intenso estado de compasión y amor profundo que se desborda, no únicamente hacia los seres humanos sino hacia todos los seres vivientes; todos los seres que respiran, los que se mueven, los que sienten. Así es como siente la mente iluminada.

En tercer lugar, la Iluminación consiste en un estado o una experiencia de una energía mental y espiritual inagotable. Se puede decir que el estado de la Iluminación es un estado de una energía que se encuentra burbujeando continuamente; un estado de espontaneidad y creatividad absolutas e ininterrumpidas.

Esto es lo que quiere darse a entender por medio del término “Iluminación”, como se expresa en la tradición budista. Lo que sucede realmente es que el conocimiento se convierte en amor y la compasión en energía. La energía a su vez se convierte en sabiduría. Lo cierto es que no podemos separar ningún aspecto de los demás.

La enseñanza del Buda
La tradición budista en su totalidad existe para ayudar a otros a llegar al mismo tipo de despertar y de liberación. A esta enseñanza, en Occidente, se le conoce como budismo y fue la influencia religiosa más importante que tuvo la India durante los siguientes 1,500 años de su historia, después de la vida de Siddhartha Gautama.

 

 

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