OPARS (Objetos fuera de su Tiempo) Imprimir E-Mail

Música Propia: VinsMarti.es

 

La palabra opars viene de las iniciales en inglés de una frase que viene a significar eso. Objetos encontrados donde no deberían estar, donde es imposible que estén. Pero están.

Primero hablaré de, o citaré, algunos de estos molestos objetos. Hay más, algunos tan conocidos como la máquina de Antiquitera. Después vendrá un pequeño relato a modo de especulación sobre su origen y otros sueños…

*Algunos están expuestos en museos. La mayoría no, crían polvo en sus almacenes. Como un juguete de madera, al menos podría ser eso, que cualquiera que lo vea sin dudar diría que es un avión. Sólo que se trata de un objeto del antiguo Egipto, conservado, en el almacén del museo del Cairo.

*La famosa pila de Bagdad, conservada hasta la guerra de Irak en el museo de dicha ciudad, es un pequeño generador eléctrico formado por un recipiente de barro y una varilla metálica. Su sorprendente uso lo descubrió un científico curioso, intrigado por la forma y características de ese objeto secular.

*El mapa de Piri Reis, perteneciente a un marino turco del siglo XV, anterior al descubrimiento de América y muy anterior al momento en que al fin se trazó el primer mapa, fiable, del continente. Y es que este mapa refleja la costa sudamericana ¡pero además parte de la Antártida! (y este último continente helado fue descubierto siglos después. Se conserva, como no, en el almacén del museo Topkapi de Estambul.

Y otros dos, en esta breve muestra, que tiene la peculiaridad de haber sido examinados científicamente de manera exhaustiva:

*Las calaveras de cristal. Ya que hay varias, pero sobre todo destaca una de ellas por ser más grande y estar articulada su mandíbula. Me refiero a las antiguas, claro está. Posteriormente se han tallado algunas más pero esas ya no son opars.

Las auténticas proceden de las culturas mayas y aztecas y se han encontrado generalmente en ruinas de dichas culturas. La mayor antes citada es llamada “Calavera del Destino” y está tallada en cristal puro de cuarzo, con los prismas de la base y las lentes pulidas de los ojos brillando intensamente. El cráneo, perfectamente pulido, tiene un alto grado de pureza (7 sobre 10 en la escala de Mohs). Esto quiere decir que sólo con la fundición del mineral y con un molde, el tallado con otras piedras de mayor dureza (por ejemplo el diamante) o un láser se puede obtener un resultado parecido. Y los mayas no tenían esa capacidad tecnológica.

La descubrió en 1924 el explorador inglés, de personalidad parecida al personaje de Indiana Jones, Mitchell Hedges en las ruinas mayas de Lubaantum, en Belice. Fue después de remover unas piedras que cubrían un altar. Para más asombro los descendientes de la familia entregaron la calavera a los laboratorios Hewlett Packard en 1970, y allí descubrieron que fue tallada en contra del eje natural del cristal. Esto ni siquiera se haría en la actualidad porque provocaría la rotura del cuarzo, ni siquiera sería posible utilizando tecnología láser.

Se ha especulado sobre su técnica de construcción, pero la única “posible” sería la de haber estado tallándola durante vidas enteras con fricción con arena, cosa que hubiera llevado unos 200 años.

Los expertos del British Museum la datan sobre el 1300 d. C., pero los indígenas que acompañaban a su descubridor afirmaban que tenía más de 3600 años de antigüedad.

A esta calavera se sumaron enseguida datos fabulosos. Por ejemplo y en testimonios del personal de mantenimiento del museo, a su alrededor se moverían objetos solos y a veces desprende olores extraños y perfumados. El caso es que la tenían miedo y consiguieron que por las noches estuviera tapada con un paño.

Existe respecto a ella una leyenda indígena. Habría 13 calaveras y cuando todas estuvieran redescubiertas y relacionadas, transmitirían a los humanos todo su conocimiento. Pero esto no sucedería hasta que los humanos hubieran alcanzado una integridad moral suficiente…

*Y el martillo de Texas.

Fue descubierto fosilizado en 1934, cerca de la localidad tejana de London. Estaba incrustado en la roca. La madera del mango fosilizada y la cabeza de hierro fundida con la roca. Esto significaba que el martillo era ¡anterior a la roca!.

Durante mucho tiempo el martillo crió polvo en un pequeño museo local, hasta que por fin a alguien se le ocurrió investigarlo y hacer un análisis detallado. El mango de madera petrificada significa que han tenido que pasar al menos 140 millones de años para ese proceso. Cuando los primeros homínidos no surgieron hasta hace 7 millones de años y hacer herramientas fue sólo hace dos millones. En cuanto a la cabeza de hierro es de una pureza casi total, algo que sólo puede lograrse con avanzadas técnicas metalúrgicas. Igual que el hecho, descubierto gracias a rayos x, de que durante su fabricación se había purificado y endurecido. Pero la roca en la que estaba fundida seguía teniendo ¡140 millones de años!. Y este último dato implica, además, que el objeto en cuestión estuvo sometido a una presión atmosférica distinta de la actual. Otra cosa que remite a épocas remotísimas.

*También están las huellas humanas. Huellas de zapatos en estratos de hace dos o tres millones de años, como las que se encontraron en Nevada en 1882, o otra huella en el desierto de Gobi a mediados del XIX, en un estrato fechado en unos 200 millones de antigüedad.

¿La historia de la Tierra es tal y como nos la han contado?. ¿Quién y cuándo vivió en ella?. ¿Recuerdos del futuro?, ¿otras humanidades, o viajeros del tiempo?... ¿Qué quedaría de nosotros bajo adversas y radicales circunstancias?. ¿Un trozo de cinta de video?. Seguro que los arqueólogos del futuro la clasificarían como objeto de culto, ya que provendría de una “civilización” que sólo dejó al desierto como único rastro de su existencia.

 

Y ahora el pequeño cuento:

Perdido en el bosque infinito

Soy un hombre muerto, perdido entre el bosque sin límites de los registros akásicos.

Así llaman ahora al registro vital.

Morí, porque así lo quise, a principios del siglo XIX y en un poblado de indios sioux. Cuando todavía no habían ensuciado nada con su pezuña los rostros pálidos. Claro que yo era uno de ellos, pero a mí me llegaron a aceptar como chamán y viví con ellos bastantes años.

Sin embargo nací en la Tierra hacia el año 10.000 .d.C., no quiero marear con cifras exactas que no servirían de nada. Y se trata de una cifra según la cronología desde la que escribo esto, que podría llamarse crónicas, o mejor Memorias en resumen de una feliz confusión. En realidad me cansa la mera idea de hacerlo, pero sigue pesando esa vieja necesidad de escribir.

Porque mis recuerdos se volvieron infinitos y húmedos, destilando toda clase de jugos, exudaciones, lágrimas, semen, sudores, mar… Todos los líquidos imaginables. Y luego secos y ásperos como roca desmenuzada. Y finalmente tenues y luminosos como la estela de una estrella errante. Pero se ordenaron en dos grupos: memorias personales y colectivas.

Al perderme en los registros akásicos lo primero que se me ocurrió fue que acababa de caer en el cuento “el aleph” de Borges. Luego, la sensación de laberinto y entrelazamiento fue desvaneciéndose y empecé a distinguir momentos concretos de mi vida personal, o colectiva. De uno en uno.

Aparecía en ellos como efecto inmediato de un deseo puro, sin dudas. Una voluntad imperiosa que surgía de mi interior y sin embargo también venía de fuera. Y así supe que las leyendas que circulaban cuando fui un hombre vivo, eran ciertas. Que habían existido humanidades anteriores en el océano Índico y Pacífico (repito, utilizo nombres actuales) de Lemuria y Mu. Las vi. Fueron mucho más grandiosas que la mía y la actual, aunque no tecnológicamente, sino en espíritu. Y no por mayor altura moral sino por mayor inocencia. No la inocencia sinónimo de ingenuidad o ignorancia. Inocencia en el sentido de pureza, de un alma indómita y por tanto libre, y un corazón amante. He llegado a la conclusión, dentro de lo que cabe pues las visitas a los registros akásicos acaban dejando un poso de cuestionamiento y relativización constante, de que los “pueblos”, el grupo de personas que viven una vida sabia, natural y mágica llegan muy lejos en satisfacción y felicidad, pero no tienen un gran desarrollo material. No lo necesitan, no lo sobrevaloran. Para este tipo de humanos la tierra no tiene dueño y está viva.

En cuanto a los supervivientes de nuestra propia humanidad, quedamos unos pocos. Macilentos y aturdidos, doloridos y acuciados, que pasamos nuestra historia a los humanos de estadio evolutivo muy “primitivo”, en las lejanas regiones de la Tierra a donde llegamos huyendo de la catástrofe, de aquel final sorprendente y radical. Pero finalmente el recuerdo que quedó de nosotros fue el relato de la enseñanza de unos dioses venidos del mar, o del cielo, por parte de los considerados ahora primeras civilizaciones de la humanidad actual. Que, para los humanos de ahora, es la única humanidad que ha existido. Es curiosa la forma mezquina en que la historia es considerada ahora. Una historia despojada y simplista, sin la melancolía de lo inacabable, sin el peso de lo extraordinario. Ahora, como en mi época, los humanos consideran una leyenda la existencia de otros mundos perdidos anteriores al suyo.

Sólo que entonces, en el 10.000 a.d.C. mis contemporáneos y yo vimos la leyenda hacerse realidad. Nos pasó a nosotros y desaparecimos. El sol oscurecido, las olas gigantes y el polvo en el aire borraron todo rastro de nuestro paso por la Tierra.

Salvo algún objeto aquí y allá, que los arqueólogos eluden, o califican con el nebuloso término de “objetos de culto” y olvidan a continuación. Objetos molestos por su chirriar a contrapelo de su época. Yo mismo sé de la existencia de algunos de ellos. Por referencias en revistas paranormales (curiosa palabra) y citados de pasada en unos pocos libros. Y poco más. Quizá un científico con vocación que indaga y lo analiza y afirma su carácter de objeto fuera de su tiempo. Todo el mundo mira hacia otro lado y al poco tiempo todo se ha olvidado. Les aterra rozar la revelación que implica.

Y quedamos nosotros, claro, los pocos supervivientes que huimos preferentemente en barcos, hacia las costas de América, las africanas, o la atlántica europea. Allí donde construimos monumentos megalíticos, canalizando los puntos telúricos.

Cuando desaparecen los instrumentos y herramientas con las que se ha manejado la técnica, sólo queda una teoría más o menos incomprensible. Y herramientas inapropiadas o toscas para ponerla en práctica. Claro que jugábamos con la ventaja de conocer (unos pocos) técnicas como la del reblandecimiento y endurecimiento de la piedra. Uno de esos tipos cayó por casualidad en Egipto y su paso está claro para el que sepa ver en los innumerables restos de pelo, o uñas, o diversas partículas orgánicas que se han encontrado dentro de los bloques de piedra construidos, al analizarlos al microscopio.

Yo estuve allí con él. Pero lo mío siempre fue la literatura y la filosofía y eso fue lo que les aporté. Porque fue una experiencia rara el ser tratado como alguien superior. Daba pena. Y ganas de reír sin que se asustaran. Aquellos pequeños objetos que habíamos llevado con nosotros y cuyas pilas duraron el tiempo suficiente como para mirarnos como a bichos raros… Les volvía locos escuchar música a través de unos cascos, la potente linterna y, por supuesto, el rotulador y el boli. Luego, todo se acabó. Nos quedamos desnudos, como ellos, y con un bagaje pesado y molesto de un pasado inútil y fabuloso.

Cuando huí de mi continente, oscurecido y hundiéndose, tenía 37 años. En Egipto viví otros 20, sin abandonar mis estudios mitológicos que siempre me habían inspirado, sólo que un día se me ocurrió practicar cosas que sabía, como teorías más o menos esotéricas. Y mi carácter visionario se disparó, bien alimentado. Y allí mismo, frente a la puerta de los mundos que es el crepúsculo, que hundía al sol entre las dunas y la vegetación de la ribera del Nilo, tomé contacto por vez primera con el registro akásico.

Volví de él melancólico y turbado, hambriento de historias y maravillas, perplejo. Miré mi habitación sumida ya en la oscuridad de la noche y encendí como pude la antorcha que me gustaba tener a mi izquierda. El resto de la luz venía de lámparas de aceite. Un método rústico y romántico del tiempo de mis tatarabuelos.

Y así fui entrando cada vez más en esa dimensión de dimensiones, donde encontraba dragones, políticos alemanes del XIX, poetas griegos, la revolución roja en Rusia, la enigmática desaparición de famosos personajes de la historia con todos los datos, una bailarina hindú bailando en el siglo V, una nevada en Madrid en los fríos años 20 del siglo pasado, un niño fenicio jugando con una canica, Drácula sobrevolando la vida de su autor, manos escribiendo en todas las épocas, la sonrisa de duende de Mozart, la solución del enigma de su muerte y de la de Allan Poe, un argelino fundamentalista degollando mujeres a finales del siglo XX, una chica riéndose en un café de Estocolmo hace poco, multitudes de ciudades, esquinas y rincones, pozos y cuevas, caballos al galope y naves siderales, sangre y música, chistes y sueños, casas y caras. ¿Algunas habría sido yo?...

Primero lo hice cada semana. Luego 3 días a la semana, después días alternos y finalmente todos los días. Hasta que me perdí. Y ya no pude volver a mi pequeña casa en la orilla del Nilo. Como si se hubiese cerrado una puerta y pudiera desplazarme a cualquier momento del tiempo, excepto allí. ¿Qué había hecho mal?. ¿O es esto más real que una vida cotidiana ordenada por límites muy nítidos?. Claro que puedo quedarme en un lugar espacio-temporal el tiempo que quiera. Con el paso de los siglos, he llegado a percibir que en realidad así es con todo el mundo. Vivimos en nuestro mundo mientras así lo percibimos. Si cambiara nuestra percepción cambiaría nuestro mundo. Físicamente también.

Acabé eligiendo para vivir la tribu de indios sioux de principios del XIX. Y al morir allí me encontré de nuevo en el remolino laberíntico de los registros akásicos, como si nuestra visión del mundo propiciara, una vez más, el lugar a donde íbamos tras la muerte. ¿Lo creábamos, o lo elegíamos?. En mi caso parecería más bien lo segundo. Una inercia viajera de quien ha pisado el mismo camino innumerables veces. Y sin embargo es una senda con reservas interminables de regiones desconocidas. No sólo está la historia completa de todas las humanidades, sino todas las posibilidades que no llegaron a materializarse en una dimensión pero sí en otra. Cada encrucijada con todos sus caminos hasta el final, llenos a su vez de nuevas encrucijadas. Y además todo lo imaginado por los seres vivos. Los sueños de las plantas y de los seres humanos. Las creaciones artísticas y los miedos. Las especulaciones y los deseos. Una hada bebiendo vodka con Lenin. La palidez de la sangrienta condesa Bathory del XVII bailando con Don Quijote. Elvis Prestley bromeando con el Cid.

También llegué a descubrir la causa del desastre que hundió y aniquiló a mi continente, Atlántida. Un fallo en un proyecto de control climático, con un efecto desencadenando otro, que en poco tiempo nos hizo abandonar nuestras casas a los pocos que seguíamos vivos. Pero había perdido ya toda su importancia. Era un grano de arena en las inmensidades de la vida y los milenios. Había aprendido que la absorbente presencia de cualquier actualidad, con todo su poso real, no era más que un viento pasajero entre tormentas siderales. Que el alma es tan infinita como las estrellas y las dimensiones. Que interior y exterior son dos caras de un poder inagotable. Que en una taza de café reside el universo y que el misterio se agita y bulle en el objeto o la mirada más simple.

Siento un gozo melancólico, pero exaltante, en reproducir aquí tres citas de humanos de diversas épocas:

“La realidad puede no ser verdad y la verdad puede no ser real”, Murakami, escritor japonés de principios del siglo XXI.

Los otros dos no consigo ubicarlos, aunque pertenecen a los últimos 500 años:

“Ninguna revelación particular es posible si la misma existencia no es, por entero, un instrumento de revelación”, William Temple.

“Es sólo un sueño si se desconoce la relación entre la luna y el sol, entre el agua y el aire, entre la plenitud y la aniquilación”, Chitra Banerjee.

A veces me confundo. Sé que soy, pero no sé exactamente dónde…

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Rafael  - Anfibios extinguidos hace millones de años en Espa     |2010-06-29 17:31:56
He hecho unos descubrimientos muy interesantes, y los he estudiado, durante año y pico. Corresponden a una etapa de la Humanidad totalmente desconocida. Hablamos de una civilización humana, de hace millones de años, y que tecnológicamente y científicamente estaba mas adelantada que la actual humanidad.
No hay objetos fuera de tiempo, pues corresponden, a una Humanidad, que no ha llegado hasta aquí, nada mas. Son recuerdos de un pasado muy lejano, estos objetos, al no ser biodegradables, se han conservado a lo largo de los tiempos.
Los descubrimientos hechos por mi, son representaciones en piedras talladas, y otros, de anfibios extinguidos en España, hace millones de años, e inmortalizados por una Humanidad, que fue coetánea de estas criaturas.
Lo podéis ver en mi blog:
****miacco.wordpress.com
Sección: ANFIBIOS EXTINGUIDOS (RECOPILACION)
Sección: Anfibios Extinguidos, Humanoides (TALLADOS)

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