El Increíble Caso del Hombre que Se "Derritió" Imprimir E-Mail
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El Increíble Caso del Hombre que Se "Derritió"
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El increíble caso del hombre que se "derritió"

(Primera parte)

 

Pablo Villarrubia Mauso

Madrid – España

 

En 1946, cerca de un año antes del famoso incidente en el monte Rainer (EEUU) que proclamó el inicio de la era moderna de los OVNIs, un campesino moría de forma atroz en la zona rural de Brasil. Una extraña luz condujo, en pocas horas, a João Prestes Filho a la muerte a causa de intensas quemaduras según algunos testigos, o por el desprendimiento de sus carnes dejando expuestos huesos y tendones, según otros. Pablo Villarrubia estuvo en Brasil para desvelar nuevos aspectos de este fascinante caso.

La respuesta para uno de los más desconcertantes y pavorosos casos de la historia mundial de la ufología empezó en el pequeño y apestoso hotel, el Minas Gerais, donde el historiador y ufólogo Cláudio Tsuyoshi Suenaga y yo nos habíamos hospedado para investigar varios ataques de supuestos chupa – cabras que actuaban en aquella región. Estábamos en el pueblo de São Roque, a 47 km. de la ciudad de São Paulo (Brasil) cuando mi compañero de habitación me alertó en medio del silencio de la noche sobre el hallazgo de una página de un periódico que había recogido en el interior de un mugriento cuarto de baño.

Entre el éxtasis y la emoción, atropellando las palabras, el joven nipo – brasileño me leyó el contenido de dicho periódico del 12 de abril de 1997: "Falleció el 06 de abril, en su residencia, en esta ciudad, el estimado Sr. Roque Prestes... con 91 años de edad... era hermano de João Prestes (fallecido)..." Para nuestro asombro, habíamos topado con la pista de los parientes de João Prestes Filho, el hombre que el 04 de marzo de 1946 murió de una forma totalmente atroz: tras ser atacado por una extraña luz, sus carnes empezaron a desgajarse a trozos de los huesos, especialmente de la mandíbula, pecho, manos, dedos, piernas y pies hasta consumir su vida en pocas horas. Algunos pedazos de carne quedaron colgando de los tendones ante el espanto de los testigos e impotencia de la víctima.

El Hotel Minas Gerais fue testigo de nuestro insomnio e intranquilidad hasta el amanecer, cuando contactamos vía telefónica con el hijo del fallecido Roque Prestes. En cuestión de minutos, y a paso acelerado, llegábamos a la sencilla residencia del sexagenario Luis Prestes, en la periferia del São Roque. Luis aún estaba enlutado por el reciente fallecimiento de su padre, Roque, un ex – soldado de la revolución constitucionalista de 1932.

"Hasta hace poco tiempo, antes de morir, mi padre recordaba el trágico fin de su hermano en aquel lejano año de 1946. Yo era pequeño, tenía unos 9 años, pero me acuerdo perfectamente lo que le pasó a mi tío João. Era semana de carnaval y João, que odiaba tales festividades decidió irse de pesca montado en su carroza. Él vivía en Araçariguama, un pueblecito cercano a tan sólo 7 km. de São Roque y, a la sazón, un lugar muy aislado y tranquilo. Mi tía se fue a las fiestas junto con los hijos y le dejó hecha la cena en su casa", nos reconstruía los hechos Luis Prestes ante nuestras miradas atentas.

"Yo estaba en Araçariguama cuando me dijeron que mi tío estaba moribundo en casa de un pariente. Quise entrar pero no me dejaron, pues era muy niño y me podía impresionar con el estado físico de João. Mi padre sí que habló con él y le contó que al volver a casa abrió la ventana y algo como un fuego o "antorcha de fuego" entró en el cuarto donde se encontraba. Se cayó al suelo y sintió que el cuerpo le ardía. Se enrolló en una manta y vino caminando más de dos kilómetros hasta la villa. Mi padre decía que João sólo estaba quemado de la cintura hacía arriba, a excepción de los cabellos. Yo llegué a ver a mi tío moribundo, cuando lo sacaban de la casa para llevárselo en un camión a Santana do Parnaíba, donde existía un hospital. Me acuerdo que estaba envuelto con unas sábanas ennegrecidas quizás por lo quemado del cuerpo. João murió antes de ingresar en el hospital", nos seguía contando Luis Prestes mientras gravábamos su testimonio.

"Se ha publicado en varios libros publicados en inglés, japonés y hasta en ruso que João Prestes murió de una manera atroz, cayéndose trozos de su cuerpo, como las orejas o la carne de los brazos. ¿Esto es cierto?", indagué. "No. Su apariencia, según mi padre que le acompañó al hospital, era realmente penosa, pero no llegaba a eso. Presentaba quemaduras graves por el cuerpo. La piel, carne, estaba oscura. No presentaba ninguna lesión corporal", nos reveló nuestro interlocutor cambiando parcialmente la historia que se había impreso en los libros y centenares de artículos publicados sobre el caso.

"Mi padre, que era sub – delegado de policía de Santana do Parnaíba, solicitó la colaboración de la policía científica para pesquisar el caso, pero no sé nada sobre los resultados. Lo cierto es que en la habitación donde João se encontraba cuando apareció el fuego nada se quemó. Tampoco tenía enemigos o alguien que le hiciera aquello. Aún moribundo dijo repetidas veces que había sido la luz su agresora y que era ‘cosa de otro mundo’", añadió nuestro interlocutor. Un dato nos hizo retomar la realidad con asombro. "En Araçariguama y región, en aquellos tiempos, se veían constantemente unas bolas de fuego que decían ser ‘assombraçoes’ (espantos). Algunos creían que procedía de la mina de oro que hoy en día está cerrada. Y sucedían otras cosas raras. Mi fallecido padre nos contaba que hacia 1922 pudo ver, junto con mi abuelo y un tío mío, un ‘lobisomem’ (hombre – lobo) por la noche. Mi tío le arrojó una piedra y le dio en la mano. Al día siguiente, un vecino apareció con la mano enfajada. Otras personas contaban casos semejantes", nos informaba Luis Prestes. En nuestras mentes se configuraba la idea de que Araçariguama y la región de São Roque podría ser una fantástica "zona ventana" por donde emergían una sorprendente cantidad y variedad de fenómenos anómalos.

La teoría parecía cuadrar con los subsiguientes datos que nos daría nuestro informante. "A Emiliano Prestes, también mi tío y hermano de João Prestes, le sucedió algo igualmente espeluznante. Algunos meses después de la trágica muerte de su hermano estaba caminando por un bosque de Araçariguama, en Agua Podre, el mismo donde surgió en 1922 el lobisomen y la luz que quemó a João, cuando se le apareció una antorcha de fuego en el aire. Emiliano, apavorado, se arrimó a una barranca cuando la cosa se le vino en cima. Lo único que pudo hacer fue arrodillarse y rezar por su vida. Nos contó que sintió un intenso calor pero, por suerte, la antorcha se apartó y desapareció", nos relataba Luis añadiendo más misterios a la lista de la región.

La "antorcha" o "bola de fuego" también fue vista en varias ocasiones por el padre de Luis, durante su juventud, objeto que asustaba a los caballos y caballeros que transitaban por las oscuras noches de Araçariguama para llegar a sus humildes casas campesinas. "Las luces se veían más entre las 3 y 4 horas de la madrugada, y eran tres o cuatro veces más grandes que la Luna. Las personas sentían el calor de las luces aunque estuvieran lejos. Se distanciaban a velocidades tremendas. Mi padre dejó de ir a las fiestas por la noche a causa de estas luces", recordaba Luis Prestes.

 

Otras agresiones

 

Antes de terminar la entrevista, satisfechos por los nuevos datos arrojadores de nuevas luces sobre el caso João Prestes y cuando no pensábamos añadir nada más a las informaciones prestadas, Luis Prestes nos dio una valiosa pista: la existencia de, posiblemente, el último testigo vivo de las postreras horas de vida de João. "Es un señor muy mayor pero muy lúcido y fuerte. Vive aquí cerca de mi barrio en São Roque. Esta es su dirección". Inmediatamente caminamos hasta la casa de Vergílio Francisco Alves. Cuando allí llegamos su hija nos comunicó que el padre estaba trabajando en el huerto enfrente de la casa, cortando con una hoz la maleza. Al cabo de un rato apareció Vergílio que, para nuestra sorpresa, nos mostró su carnet de identidad donde daba fe de sus 92 años de existencia con plena salud.

Sentado en el raído sofá de su sencilla casa, Vergílio nos contó que era primo segundo de João Prestes. "Yo nací y me crié en Araçariguama. Allí empecé a trabajar en la mina de oro de Morro Velho a los 15 ó 16 años. Había un ingeniero inglés que no sabía escribir mi nombre y me llamaba ‘garoto de ouro’ (niño de oro). Pero os cuento lo que sé sobre la horrible muerte de João. Fue en 1946 y era carnaval. Se fue a pescar cerca de allí, en el río Tietê, montado en su carroza, mientras que la esposa y los hijos se fueron a las festividades. Hacia tiempo seco, no llovía. Cuando regresó puso su caballo en el corral y le dio de comer maíz. Enseguida echó los peces en una cazuela y calentó en el horno a leña el agua para ducharse en una palangana. Cuando se cambió de ropa se le apareció, en un cuarto, una especie de rayo o luz amarilla que iluminó todo. João sintió que su cuerpo ardía y que la barba, aún corta, estaba quemada. Apavorado, y sin poder mover las manos, João levantó el pestiño de la puerta de salida de la casa con los dientes y se lanzó descalzo a la calle, pues nunca usaba calzado, corriendo más de dos kilómetros hasta llegar, a gritos, cerca de la iglesia de Araçariguama, a la casa de su hermana María. Allí se tiró a la cama y dijo que estaba quemado. Vino enseguida el comisario de la policía, João Malaquías, quién le dijo que no era para culpar a nadie por lo que le había sucedido pues, lo que le había atacado no era ‘cosa de este mundo’. Después empezó a tronar, tronar y cayó un fuerte lluvia...", esta parte del relato de Vergílio me recordó el caso Varginha, ocurrido en 1997, en Minas Gerais, cuando tras la aparición y supuesta captura de una o más criaturas supuestamente de origen extraterrestre, sucedió un violento aguacero como jamás se había visto en Varginha. En muchos casos "Fortianos" (en homenaje a Charles Fort, investigador de hechos insólitos), suelen ocurrir cambios importantes atmosféricos.

"Entonces, ¿usted vio a João Prestes cuando agonizaba?", le indagó Cláudio Suegana a Vergílio Alves. "Sí. Mi primo, Emiliano Prestes, era mi vecino, me llamó. Cuando llegué a casa de María, me encontré a João Malaquías, el comisario, hablando con João, éste tumbado en la cama y se le empezaba a trabar la lengua. Su piel, que era blanca, estaba tostada, medio rojiza, como si se hubiera asado. Lo más quemado eran las manos y el rostro. Las manos las tenía retorcidas. Su pelo no se quemó y tampoco sus pies ni las ropas. Sólo se quemó de la cintura hacia arriba. Los pies los tenía desollados por haber venido corriendo y pisado sobre piedras".

"¿En ningún momento usted vio que la carne de João se le cayera a pedazos?", le pregunté. "No, no. Tenía la piel y carne quemadas, pero no se le caían. Creo que fue cosa del boitatá, pues éste ya le había atacado anteriormente a João..." nos revelaba Vergílio. Cláudio y yo nos mirábamos con estupefacción ante la novedosa información del lúcido nonagenario.

"Cuéntenos esta otra agresión...", le dijimos casi al unísono. "Cuando João era tropero (conductor de ganado), aún muy joven vivía junto con el padre en Araçariguama. Un cierto día, al atardecer, cuando conducía los burros por un cerro, vio un fuego que cayó del cielo, una bola de fuego. Estaba cerca de una capilla, donde había una cruz, y sintió la bola pasando a su lado, y casi lo golpeó. João me contaba que allí, a veces, se veían diez o doce bolas que surgían en el cielo. Algunas eran rojizas, otras del color de la luna. A veces, cinco o seis caían al suelo y explotaban. La gente llamaba esas luces de boitatá..." seguía contándonos Vergílio. Abro un paréntesis para explicar que la palabra "boitátá" es de origen indígena y designaba misteriosas luces que solían perseguir y hasta matar a los nativos, según las crónicas coloniales portuguesas y los relatos del padre canario José de Anchieta en el siglo XVI.

El propio Vergílio fue testigo de la aparición de una de tales luces, que surgió por detrás de la montaña donde estaban las minas de oro y cayó en otro cerro, donde también siempre aparecen luces raras, el cerro de Saboão. "También llamábamos de ‘mãe do ouro’ (madre del oro) a esas bolas de fuego. También había el ‘lagarto de oro’, un fuego alargado que se movía en línea recta, despacio, sin hacer ruido".

La misteriosa mina de oro de Morro Velho está hoy por hoy abandonada. Allí, uno de los principales focos de apariciones de luces, vivió el general canadiense George Raston que fundó la mina en 1926 y fue cerrada a finales de los años 30.

Mientras comíamos algunos deliciosos plátanos cultivados por Vergílio en su finca, éste nos contaba que en Araçariguama se habían visto hombres – lobo, confirmándonos las informaciones facilitadas por Luis Prestes.

"¿Quién se llevó a João al hospital?", le pregunté a Vergílio para retomar y concluir nuestra entrevista sobre el caso.

"Malaquías, el comisario, se lo quería llevar a un hospital de São Paulo, pero la carretera estaba muy mal y se fueron hasta Santana do Parnaíba. Luego se le pidió una pesquisa a la policía técnica y no pudieron dar una respuesta para el suceso, sólo dijeron que no había nada quemado en la casa de João, pues algunos aseguraron que se había quemado con un candelero".



 
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