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El Principio de Elusividad Cósmica
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El Principio de Elusividad Cósmica

(Primera parte)

 

Ignacio Darnaude Rojas-Marcos

Sevilla – España

 

Los ovnis: Un intrigante baile de máscaras

 

Resulta que el mundo no es lo que parece. Según múltiples referencias, la fachada de la realidad no se corresponde ni de lejos con su genuino noumen ontológico, lo que Kant denominó "la cosa en sí misma". Y los reinos y esferas de vida que no percibimos, representan mil veces el infinitésimo universo tridimensional que entra por los ojos. Si nos detenemos a pensar, existir es pura decepción, un chasco en toda regla perpetrado por los sentidos, que no captan el 99 % de todo lo que existe. La colosal impostura obedece a una maquinación de los guionistas y coreógrafos que desde dimensiones incorpóreas telecomandan el Gran Guiñol que es esta perra vida. Y la reacción de los estafados, el pueblo soberano, ante el gato por liebre, se limita a ajustarse las anteojeras, conformismo y encogerse de hombros.

Fuentes de la revelación contemporánea, aseveran que además de las piaras humanas que nos deja otear el buen pastor en nuestro redil planetario, en recintos no físicos radica una infinitud de apriscos ultragalácticos, que bullen con arcanas ovejas y zoologías exógenas que no somos capaces de imaginar. Porqueros prestidigitadores oriundos de otras mansiones se encargan por lo visto de birlar ante nuestra mirada inquisitiva las dehesas y el ganado extra – nuestros hermanos de otras dimensiones – que se cría en invisibles encinares del vasto latifundio que es el universo.

El escamoteo de lo real a cambio de tramposos simulacros es tan antiguo como el mundo; nació con todo aquello del Verbo y hágase la luz. La engañifa audio / táctil / visual la barruntamos en muchas facetas de la existencia, pero se detecta de forma particularmente ostensible en el nebuloso acontecer de los objetos no identificados. Salta a la vista que el gran montaje ufológico fue diseñado a propósito, en la inteligencia de que bajo ninguna circunstancia se produzcan constataciones incontrovertibles, que pongan de manifiesto la presencia de los tan ridiculizados platillos volantes, sus tripulaciones y remotos cuarteles generales.

A tal fin los exonautas se muestran siempre bajo velo, y los ovnis deambulan por la atmósfera, sobrevuelan instalaciones estratégicas y plantas atómicas, toman tierra, expelen enanos braquicéfalos, platican con humildes lugareños, dictan gruesos mamotretos a los contactados, abducen y preñan a inermes amas de casa, pero se cuidan mucho de pasar tarjeta de visita. No hay duda de que el show interdimensional lo han programado adrede, con tan sofisticada ingeniería psicológica que en ningún momento genere pruebas incontestables.

Más de lo mismo: En medio siglo de intensa actividad ovni, sus ocupantes no nos han legado una sola comprobación segura. Llamativa anomalía que deja muy clara una de sus muchas rarezas: El Fenómeno nada y guarda la ropa. Exhibe su extraña parafernalia con harta impudicia, pero a la vez se oculta a sí mismo con sabia deliberación. Su adicción a la anfibología hace que el ufódromo apeste a chamusquina: Después de millones de avistamientos no disponemos, como sería de esperar, de fotos indubitables, actas notariales solemnizando encuentros con discos voladores, ni testimonios de absoluta solvencia. Todo queda una y otra vez en agua de borrajas, y la gente mira para otro lado.

Esta sorprendente unanimidad a lo largo de medio siglo, en cuanto al quehacer oscurantista de la marabunta extraterrestre, pone de relieve que ha de funcionar algún férreo poder de coordinación centralizada, capaz de disciplinar los usos y costumbres de la abigarrada y masiva inmigración alienoplanetaria en el globo terráqueo. Al menos para que nunca se vulnere el sempiterno encubrimiento de los actores cósmicos. Tras protagonizar millones de incidentes ovni, han dejado patente su intención de arrojar la piedra y esconder la mano. No hay duda de que los dioses de este nuevo Olimpo de la era espacial gustan de la visita interplanetaria, pero manipulando las circunstancias de tal modo que los desprevenidos terrícolas no lleguen a creérselo del todo.

En fin, la historia de la ovnilogía es un perenne juego al escondite, en el que ni por casualidad se encuentra a los esfumantes alienígenas. No han podido darse pues, ni son de esperar, invasiones de película ni aterrizajes a la luz del día y ante las cámaras de televisión en el jardín de la Casa Blanca, como anhelan los candorosos adeptos de una trasnochada ufología de lo aparente. El investigador avisado, si no quiere caer víctima de la frustración ni acabar en una casa de salud, debe contar de antemano con la mencionada estrategia del estoy / no estoy, practicada con cínica sinvergonzonería por la quinta columna de los de Arriba. Y descartar para los restos cualquier tipo de desempeño E.T. fehaciente y a rostro descubierto.

¿Hay quién dé más? El truco de "hacer sin que lo parezca" y "parecer lo que no se es" conforma la primera constante a tener en cuenta en la ciencia ufológica. Su funcionamiento es perfecto: No se ha constatado un maldito fallo en cincuenta años. Sin una sola excepción histórica, todos y cada uno de los incontables episodios de avistamientos, aterrizajes, huellas y restos sobre el terreno, ufonautas, contactos y abducciones, son dudosos y presentan fallos, elementos incongruentes y detalles sospechosos que les restan seriedad científica y verosimilitud ante la opinión pública.

¿Es normal tanta chapuza por parte de superdotados del Espacio, la evanescencia en los sucesos y el zafarse una y mil veces por la tangente? A todas luces no. Aquí se malicia un plan, y excelente organización. Campaña tan infalible de no mostrar la jeta y evadir pruebas, indica que el juego de aparecer y escaquearse es justamente uno de sus objetivos prioritarios, cuyo cumplimiento han elaborado con extremada eficacia.

Y hay más: Los ovnis estrellados y cadáveres de humanoides, que se dicen en poder de los servicios de inteligencia norteamericanos, no se deben a accidentes aleatorios. El hecho tan anómalo de que sobrevengan en áreas desérticas y los aparatos y tripulantes se conserven casi intactos, sugiere que han sido "depositados" a sabiendas por el Espacio, de espaldas al gran público, con miras de convencer selectivamente a las autoridades y sin desestabilizar el establishment local. Por tanto Roswell y asimilables no vulneran la inviolable táctica del enmascaramiento E.T.

El asombroso prodigio de que después de decenas de millones de observaciones no dispongamos de una sola evidencia desde el verano de l947, ya define al Fenómeno como "una intromisión completamente ajena a la imperfecta tecnología de este mundo". En tal sentido los marcianos se comportan como ladrones en la noche, sutilizándose bajo máscaras cual comparsas de una tragedia griega en la edad cibernética. Se encuentran en este geoide trabajando a gran escala en algún proyecto desconocido, pero se libran con exquisitas precauciones de hacerse notar de forma irreversible.

Sin ir más lejos, gozan representando mimos ante testigos solitarios con defectos de carácter, a quienes luego nadie dará fe: Tarambanas elegidos de antemano con la mala uva de aprovechar su conflictiva idiosincrasia y deteriorada credibilidad personal. Y mediante tal estratagema, quitarle hierro al evento OVNI, que es lo que se pretende. Sin perjuicio de que, al mismo tiempo, la subcultura E.T. vaya calando gradualmente en el género humano: su objetivo Nº 1.

 

La enciclopédica incultura extraterrestre de los ufólogos

 

Por otro lado los extradimensionales lucen en el ámbito terrestre una anatomía tan insólita como variada: Enanos, gigantes, cabezones, cíclopes de un solo ojo, reptilianos, y otras muchas rarezas por el estilo. Semejante "carrocería" no es, con bastante probabilidad, su armazón somático natural. La envoltura ficticia que dejan ver con interplanetaria caradura puede haber sido materializada in situ segundos antes, coagulando de la energía universal un seudo organismo físico artificial y momentáneo, que no corresponde necesariamente a su genuina conformación. Remachemos que el plan E.T. consiste en hacernos creer ex profeso en lo que no son, obviando su verdadero quid ontológico.

Y para difuminarse fabrican sobre la marcha, gracias a su avanzada tecnología psico – física, la imagen visual de cara a la galería humana que más les convenga en orden a alcanzar sus metas secretas. Es desesperante, pero después de diez lustros de estudios, carecemos de técnicas prospectivas que nos permitan averiguar la auténtica realidad que se oculta tras sus ropajes de carnaval y extravagantes cuerpos recién salidos del horno.

Recordemos que nuestro único banco de datos para acometer una investigación rigurosa en torno a los histrionautas (nunca mejor dicho), se basa en el proceder y aspecto externo de los malhadados vagabundos del cosmos. Y estamos hartos de comprobar que ambos son fingidos, pura comedia, caracterizaciones didácticas ante el terrenal patio de butacas. Es como si un heraldo de Ganímedes pretendiera estudiar la fauna humana contemplando en un teatro "El Mercader de Venecia". Al limitarse como única referencia a los figurantes en escena, se le escaparían irremisiblemente la médula y enjundia del planeta, sus gloriosos paisajes, urbes y apasionados habitantes de carne y hueso, amén de la deslumbrante complejidad de esta raza imposible y embrujadora.

Pero abundemos en la oprobiosa ignorancia que nos aqueja: conocemos de sus señorías marcianas no lo que en verdad son, sino aquello que simulan ser cual saltimbanquis en el proscenio terrestre, en orden a crearse determinado estereotipo a su mejor conveniencia (el paripé de que son tan antropomórficos y "humanos" como nosotros, verbigracia). Siento dar la mala noticia, pero como detectives óvnicos estamos condenados a un estentóreo fracaso. La exclusiva materia prima con la que trabajamos son simples apariencias histriónicas, que no dan para alcanzar conclusiones fiables. Nuestras indagaciones nos llevarán a percibir, en el mejor de los casos y siempre con la venia de los primastros del Empíreo, embaucadoras bioformas irreales, sobrepuestas al noumen incognoscible de las exotribus. Morfologías acaso de cartón piedra, que los turistas del espacio / tiempo deciden mostrarnos entre risas burlonas. Al tiempo que escudan allende la verja vibratoria su genuina identidad, figura somática, origen y propósitos, parámetros esenciales que permanecen inalcanzables para el protocolo científico.

 

El eterno camuflaje de Dios y del mundo

 

Puede resultar deprimente, pero no nos queda otra opción, si no deseamos engañarnos en demasía, que tomar a los extraterrestres como lo que en rigor son: actores siderales, que representan en los cielos un drama pedagógico, destinado a ilustrar a una humanidad ignorante y retrasada.

Además de constituir el paradigma explicativo, absolutamente esencial, del gran misterio ufológico (con él, enigmas que no tenían pies ni cabeza se comprenden por primera vez), el factor elusivo condiciona asimismo los más profundos y heterogéneos entresijos del funcionamiento de toda la realidad universal. El arte de la desaparición de los responsables cósmicos, del quitarse de en medio con tal de no salir en la foto, siendo la elite del poder en el ente Universo, S.A., comporta un kafkiano dispositivo subyacente, encargado de transfigurar las apariencias de lo sensible, de cara a las criaturas. Pauta de altísimo rango, que es a la par uno de los fundamentos inmanentes de los habitats – para nosotros – inobservables. Su notoria manifestación en el campo de los O.V.N.I.s no es más que otro caso particular de una regularidad cosmosférica de mucho más vasto alcance.

El comportamiento no a las claras, sino disimulado, del "mecano" de las cosas, es como un artero guión de la película que los demiurgos-cineastas nos proyectan en el decorado de lo visible. Fantasmagórica historieta en la que sus libretistas, agazapados tras las bambalinas, han ocultado con primoroso maquiavelismo los rastros de sus propias andanzas organizativas, de lo mucho que dinamiza y enriquece al universo aunque nosotros no lo columbremos, y de todo aquello que ha surgido de una previa causa intencional.

A las puertas del siglo XXI ya es obvio que la fachada que distinguen nuestros toscos sentidos no es ni por asomo todo cuanto palpita en el haz de infinitos universos simultáneos y por supuesto habitados. Lo transensorial no resulta imperceptible por casualidad; más bien ha sido camuflado adrede. Quiere decir que el inmenso, hipercomplejo y polidimensional edificio de la metafísica, dramáticamente real, nos exhibe empero una sola de sus múltiples caras: la modesta porción del entramado global construida aposta de tal forma que pueda ser atrapada por el ineficiente mecanismo de captación de los huéspedes que aprendemos a vivir en este planeta 3-D, cuya trama física emerge emboscada en un trasfondo tetradimensional.

A estas alturas no es ningún secreto que nos desarrollamos inmersos en la multisfera que generosamente nos presta acogida. Se trata de un conglomerado viviente de espacio(s), tiempo(s), vibración, innumerables planos frecuenciales que hierven de vida y pensamiento, átomos físicos y astrales, amén de inteligencia causal y energía volitiva. En tan insondable contexto, la modesta "sobra" del cosmos total que logra colarse a través del finísimo cedazo de la visión humana, hace las veces de alguna suerte de alucinación educativa, sin pretensiones de representar a lo real.

A tales efectos pedagógicos nos enchiqueran en un glamouroso hábitat – engañabobos fabricado ad hoc (el planeta Tierra es uno de ellos), adonde nos exilian por una larga temporada con idea de que adquiramos experiencia de carácter primario, imprescindible en los albores de la evolución. Allí protagonizamos las pasiones viscerales, inmensamente atractivas, de la inicial etapa zoo-humana: egoísmo, comer, beber y dormir, sexo, celos, alcohol y drogas, la pereza y el hedonismo, posesiones, riqueza, lujo y consumismo, vanidad, ambición, orgullo, poder y dominio, gloria y fama, odio, venganza, crueldad... En estos orbes de la materia densa se sigue interaccionando, hasta tanto no aprendamos a superar con éxito la aduana de otras dimensiones etéreas menos animalizadas.

En las enrarecidas esferas sitas más arriba en la escala de Jacob, a las que ascenderemos algún día gracias a un esfuerzo evolutivo meritocrático, prevalece la sustancia inconsútil, "materia" no perceptible por ahora respecto a los inquilinos de este recinto sólido y táctil, que los físicos y astrónomos convencionales consideran el único posible.

 

Un universo intencional y voluntarista

 

El encubrimiento de los agentes cósmicos adquiere vigencia no sólo en la naturaleza terrenal, sino también en la globalidad de lo creado. El trascendental precepto del juego universal al escondite, implicaría que todo lo que existe ha sido concebido y materializado por jerarquías expertas, en base a criterios racionales de optimización de lo Manifestado. Y que el mantenimiento, administración y control de los mundos, gentes y circunstancias, lo llevan a cabo, por decirlo así, miríadas de presidentes, consejeros delegados, directores generales, responsables de área y capataces en la gran empresa que a efectos prácticos es la divinosfera.

Las actuaciones deliberadas de causa personalista, en orden a que el Rolex cósmico dé la hora exacta, se efectúan con delicadas precauciones, cuidando al máximo de que no quede la menor huella de una mano directiva. Esta se esconde siempre, con pasmosa habilidad, tras arrojar su piedra creativa o regidora, con el fin de que, prima facie, dé la impresión de que la naturaleza, los mundos y Todo-Lo-Que-Hay "marchan solos", sin chairmans que los gobiernen.

Con tan tortuoso modus operandi se evita perturbar el autónomo desarrollo de las independientes estirpes planetarias, garantizado por una ley cósmica de elevado status. Y, por encima de todo, queda preservada la capacidad real de escoger por parte de las criaturas. Los seres volitivos logran así ejercitar su libre elección de opciones, sin la coacción irresistible, hacia la adopción de determinadas creencias en torno a lo que anida más allá de la muralla cognoscitiva, que impondría una evidencia sensorial pura y dura respecto a los arcanos de la metafísica.

El comportamiento elusivo de los mentores siderales, responsables de adoptar las decisiones teleológicas tras los visillos de la percepción, no es una clave exclusivamente terrestre ni ocasional, sino que ha estado imperante desde el alba de la creación en la infinitud cosmocrática. En base a la revelación moderna, tanto en la naturaleza observable como en los reinos intangibles, y en orden a optimizar el funcionamiento sinérgico del Todo, trabajarían cuatrillones de especialistas cosmosféricos, ocupados en la racional concepción, planeamiento, creación, organización, control y mantenimiento de la hipercompleja realidad pluridimensional integrante del infiniverso.

En el ilimitado ensamblaje de inagotables universos interpenetrados, nuestro bienamado cosmos tridimensional compuesto de espacio, tiempo, galaxias, soles y planetas, conforma un irrelevante piso más, cohesionado en la dimensión puramente física de átomos materiales. Representa la enésima planta del montón, imbricada a su vez en la estructura del inconcebible rascacielos de una exosfera que ya sabemos posee contextura infini-dimensional. Todo ello perviviría felizmente al margen del caos y la arbitrariedad, atado y bien atado por maromas que desaparecen como por arte de magia tras cumplir su misión.

Lo anterior querría decir que los estratosféricos gestores del conjunto omniversal administran los mundos y regulan toda suerte de problemas y situaciones de sus humanidades e individuos, sin ser vistos ni dejar indicio alguno de su tarea gerencial, con el propósito de eliminar cualesquier traza de su management macrocósmico.

Toda esta borrosa gestión de lo real se instaura a fin de que, como ya hemos apuntado, las entidades conscientes (o sea, los "administrados") saquen la espuria impresión de que el esquema de las cosas se auto-organiza a sí mismo espontáneamente, sin estar constreñido por la planificación, ley ni el orden. Y que la omnisfera se desempeña en sus cometidos aleatorios sin necesidad alguna de dioses dictatoriales, mentes rectoras ni manipulaciones voluntaristas. La consecuencia es que la masiva tutela, gobierno y gestión personalizada de los asuntos del omniverso, es incuestionablemente real, pero indemostrable per se. En cierto modo, aunque con severas restricciones, estamos manipulados – para nuestro mejor bien – y sin embargo no lo parece.

 

Disfraces, celosías y biombos cósmicos: Apoteosis de lo invisible

 

El campo de influencia de la elusiveness es de tal alcance, que impregna hasta las propias convicciones teológicas de los individuos. Si existiere la Primera Causa preconizada por los deístas, su actuación primordial, tras generar el multicosmos, habría consistido en escamotearse a sí misma, a sus lugartenientes colaboradores en la plasmación de lo Manifestado, y al noventa y nueve por ciento de lo creado – todo lo extradimensional – para hurtárselo al limitado y específico aparato de percepción de los seres físicos que residen en un medio de tres dimensiones, caso de la Tierra.

Los agnósticos por su parte hacen como que no tienen otra opción, y se dejan embaucar con mucho gusto por las falsas apariencias, descartando como fantasioso el amplísimo fragmento de la Creación perteneciente al reino de lo intangible, que para colmo es el más relevante. Estos librepensadores son consecuentes con el ilusorio maya sánscrito, y permiten de buen grado que los defrauden las inaprehensibles anteojeras y espejos deformantes que les encasqueta la elusiveness.

Sus compañeros de viaje, los ateos, en legítimo uso del lujo de la libertad de no creer en lo que no se ve, condescienden a picar con altanera ingenuidad en el burdo anzuelo que les tiende la aparencialidad estructural del tejido de las cosas. Eligen a nivel subconsciente, como estaba previsto por los Marionetistas que controlan los hilos allende la barrera sensorial, dejarse seducir por el oropel deliberadamente orquestado de las quiméricas apariencias. Y desde su lógica subjetiva, concluyen que no hay nada más que lo que vislumbran sus retinas, y que el universo marcha pasablemente bien por los raíles del azar y la espontaneidad de la naturaleza.

La ubicua norma del disimulo generalizado vela arteramente no sólo la subcultura exobiológica, sino que oscurece también, como acabamos de ver, la realidad parafísica e incluso los ámbitos inmateriales de la religión y la teodicea. La omnipresente Ley de la Acción Elusiva ya fue insinuada por los filósofos que denunciaron el velo de Isis y el perpetuo silencio de Dios. El notable folklorista galo Bertrand Meheust advirtió la operatividad de esta clave de bóveda del gobierno del cosmos en su libro Science-fiction et soucoupes volantes (1978). Y a Antonio Moya Cerpa (autor del Diccionario del lenguaje Ummo) le debemos la formulación de esta ley de leyes en términos explícitos.

 

El universo nos oferta por igual la luz y la oscuridad

 

Pascal (1623 – 1662) enuncia la niebla escaqueadora puesta en práctica por los factótums interdimensionales, consistente en mangonear el feudo 3-D parapetados tras una mampara opaca, en el siguiente Pensée: "No hubiera sido conveniente que Dios apareciera en una forma ostensiblemente divina, capaz de convencer por completo de su existencia a todo el mundo". "Pero tampoco resultaría apropiado que se manifestase de una manera tan reservada que no pudiera ser reconocido por aquellos que lo buscan sinceramente. Por tal motivo ha dispuesto hacerse perfectamente identificable de cara a los que anhelan con autenticidad su presencia. Y así, aparece abiertamente ante los que lo demandan de corazón, y al mismo tiempo permanece oculto a los ojos de los que de motu propio se alejan de El. Regula con tanta sutileza el conocimiento de Sí mismo, que nos ha ofrecido los necesarios signos de la deidad: Señales que resultan visibles para aquellos que van en pos de Dios, y sin embargo no son observadas por los que prefieren no buscarle. Hay por tanto suficiente luz para quienes sólo desean ver, pero también la oportuna oscuridad respecto a los que ostentan la predisposición contraria".

La tan citada elusiveness erradica del mapa visual cualquier evidencia vinculada a los vastos universos no atómicos que integran el pluricosmos multidimensional. Y asimismo emboza en una discreta nebulosa a la incansable actividad intencional que, si damos crédito a la revelación, se desarrolla en los reinos etéricos. Con tamaño latrocinio de lo no patente, sancionado por el ordenamiento cosmocrático que impera en la Totalidad, el sistema universal nos aguijonea sin pausa mediante una duda permanente, sumada a las estimulantes inquietudes generadas por una inseguridad existencial.

Pero, ¿a qué viene el laborar en la sombra? ¿Qué poderosas razones vetan a los altos ejecutivos de la cosmocracia el desenvolverse a cara descubierta? Salta a la vista que tanto el acontecer cosmogónico como la aparatosa comedia ufológica, están diseñados a propio intento, en la inteligencia de que nunca se produzcan constataciones incontrovertibles acerca de la visita de razas transplutonianas, ni sobre la existencia de jerarquías incorpóreas consagradas full time a encarrilar los eventos cósmicos.

En el entendimiento de Don Elkins y Carla Rueckert, autores de Secrets of the UFO (parvo estudio publicado en 1977, y que como otras obras maestras pasó desapercibido), la realidad cosmosférica no se da a conocer sin subterfugios. Prefiere desplegar ante las criaturas, de forma premeditada, un subrepticio 50 % de meros indicios no concluyentes, que parecieran avalar en parte la hipotética existencia del abrumador segmento de los entes inobservables. Es decir, lo Potencial (la masa existencial ya planeada, pero que todavía no ha surgido al campo de lo Manifestado), más el insondable infiniverso archidimensional, a excepción del modesto fragmento físico que captan nuestros rudimentarios sentidos corporales (el "aldeano" cosmos espacio / temporal con el que estamos familiarizados).

Pero al mismo tiempo, y echando mano de criterios algebraicamente imparciales y equitativos, el Todo exhibe otra segunda y compensatoria mitad equivalente de pistas y cabos sueltos no decisorios, simples vislumbres que insinúan, sin llegar a la demostración, la probable inexistencia del vasto "paquete" del cosmos que elude al aparato perceptor del Homo Erectus, dioses, arcángeles, exonautas y ufos incluidos.

Esta equilibrada ostentación fifty-fifty de indicadores simbólicos no definitivos, representa, si atamos cabos, una democrática oportunidad abierta a todas las actitudes, ideologías, creencias y opiniones. A modo de pancartas, nos enseñan un abanico de vestigios ilustrativos, de multívoco significado, puestos en juego con ánimo de descartar sesgos preconcebidos, y de paso semiafirmar y cuasinegar al unísono (según interprete cada uno a su aire) la presencia del inasequible omniverso pluridimensional.

Estamos ante una draconiana cautela, instituida adrede por el poder cosmocrático, impuesta para garantizar en cualesquier circunstancia la preservación del sacrosanto libre albedrío de los seres pensantes, gozne al que se supedita y sobre el que rota nada menos que el conjunto de la multirealidad.

Ante semejante escaparate de ambigüedad calculada, en torno a la ontología y naturaleza íntima de los estratos superfísicos, los sujetos gozan así de la capacidad muy real de escoger sin coacciones, y en base a sus irrestrictas preferencias personales, entre las opciones antitéticas y mutuamente excluyentes de creer o no creer en todo lo que yace en el claroscuro de lo hipotético, y que no pueden ver ni tocar (Dios, falanges angélicas, potestades, tronos y dominaciones, extraterrestres, la ley y el orden que pudieren regir el supercosmos, planificación teleológica y sinérgica de todo cuanto palpita en la unisfera, universos paralelos, planetas habitados de sustancia etérica, reinos dimensionales alternativos, etc., etc.). ¿Puede concebirse mayor respeto a la libérrima posibilidad de elección de creencias por parte de los mortales?

El importantísimo postulado de salvaguardar a toda costa el libre arbitrio, intocable axioma al que se somete todo lo demás en el acervo de los universos, sería de este modo la justificación de un cosmos de diseño ambivalente de cara a sus pobladores, difuminado por la aviesa ingeniería psicológica de la elusiveness, con todos sus serios inconvenientes. (Dudas de por vida, continuo aturdimiento de los buscadores de la verdad, desánimo y tirar la toalla ante la falta vitalicia de respuestas fiables, reacciones de nihilismo, "rebeldes sin causa", etc.). Hablamos de un entorno ultradimensional en el que nada suprafísico resulta, prima facie, claro, evidente ni incontestable. Y donde el conocimiento no es en modo alguno automático, gratuito ni entra por los sentidos, sino que hay que investigarlo a nivel individual, en solitario y a pulso.



 
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