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Visitantes en Devoto

 

Liliana Flotta – Eduardo Grosso

Buenos Aires – Argentina

 

[Nota de Carlos Iurchuk: El texto que se reproduce a continuación es parte del capítulo 3 del libro "Terror Nocturno – Historias reales de visitantes extraterrestres". Reproducido aquí con autorización expresa de los autores.]

 

No es una novedad afirmar que el espectro en que se dividen los estudios ufológicos es cada vez mayor, y que día a día ganan en complejidad. Tanto es así que los investigadores han tenido que ampliar su horizonte intelectual y nutrirse a través del aporte de distintas disciplinas, que hoy parecen imprescindibles cuando queremos abarcar el estudio sistemático del fenómeno ovni.

Hoy asistimos al hecho de contemplar nuevos "fenómenos dentro del fenómeno". Sin duda, los llamados visitantes de dormitorio son una muestra de ello, donde a pesar de no haber ovni asociado (no siempre ocurre así), pertenecen sin duda a la pléyade de los estudios que abarca la moderna ufología.

En el capítulo 1, nos hemos referido a estos extraños visitantes que por las noches se introducen en las habitaciones de sorprendidos y aterrorizados testigos.

Por casualidad o por causalidad de estar trabajando, durante varios años en el barrio de Villa Devoto (Capital Federal, República Argentina), hemos tenido la suerte de encontrarnos con una docena de casos que en un primer momento creímos desconectados entre sí, y en los que ahora hemos encontrado coincidencias. Sin duda las más sorprendentes son la sincronización en espacio y tiempo; todos estos casos ocurren en un radio de 10 cuadras y en el término de un año.

Por otra parte, en esa época, tuvimos una treintena de denuncias de avistamientos ovni en la zona, desde la clásica "polvera" hasta un ovni en forma de "heladera" volando a 20 metros de altura en la zona de las calles Nogoya y Sanabria.

¿Cómo podemos interpretar estos casos? Y lo más importante: ¿Cómo explicarlos?

La labor del investigador está dictada por la recolección de datos, la interpretación de éstos, y por último la emisión de un informe con las conclusiones pertinentes que aclaren el caso o lo declaren "sin identificar, por datos insuficientes".

Sería fácil y torpe por parte nuestra, y de cualquier investigador, declarar a todos los casos como "presencia extraterrestre" sin más trámite. De la misma manera consideramos que es incorrecto recurrir al principio de "economía de hipótesis" y asegurar que son casos de alucinaciones, recuerdo reprimidos, o simplemente elucubraciones de una mente enferma. Como discutiremos en otro capítulo, es necesario abrirnos a nuevas posibilidades, de una manera racional pero no dogmática. Es tan malo un creyente a ultranza como un refutador profesional. El camino de la investigación o del saber no pasa por los extremos.

Nuestro proyecto establece recopilar hechos, evidencias y establecer factores coincidentes que nos permitan emitir hipótesis de trabajo, que acertadas o equivocadas promuevan la discusión y su estudio en un nivel superior.

Vamos pues a referirnos a continuación a cinco de los casos más interesantes que nos ha tocado investigar en Devoto.

 

El caso María T.

 

María T. despertó sobresaltada esa madrugada con el ruido de una puerta que se abría. Aterrorizada descubrió que no podía moverse, todos sus músculos estaban paralizados; tampoco podía gritar, ningún sonido salía de su garganta. Y con todas sus fuerzas deseaba correr y gritar, para alejar aquello que, amenazador, la observaba desde el costado izquierdo de su cama, demasiado cerca y demasiado consistente. Real.

Era una figura pequeña, como de 80 centímetros de altura, totalmente envuelto en una luz fosforescente verde brillante. A pesar del miedo y la parálisis, los ojos de María T. podían moverse y su mente estaba fresca y despierta. Pudo darse cuenta de que el ser, esa cosa, tenía una enorme cabeza, con grandes ojos oscuros que la ocupaban casi por completo.

El cuerpo era muy pequeño, podía ver sus pequeños brazos y sus manos, todo envuelto en el mismo brillo verde. Pero esas manos no tenían cinco dedos. Ese ser, esa cosa, no parecía ser humano.

En breves instantes, la criatura fosforescente se desplazó y desapareció, atravesando la ventana como una estela de luz fugaz que se desmaterializó. La ventana tenía baja las persianas y cerrados los vidrios, y además la protegían las rejas de hierro.

Este, no es el tema de un cuento fantástico, ni de una pesadilla, aunque así lo parezca. Esto está ocurriendo.

Los relatos se suceden en todo el mundo y también aquí en nuestro país. Este hecho que acabamos de exponer ocurrió en la ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Villa Devoto, en el mes de marzo de 1990. Tampoco es un caso aislado, ya que desde 1990 hasta mediados de 1992, tuvimos acceso a la investigación de los mencionados doce casos con las mismas características, que se registraron en la misma zona, en un radio de 10 cuadras.

Es llamativo el hecho que los protagonistas de estas "visitas nocturnas", no se conocen entre sí, pero describen con total exactitud la misma experiencia, el mismo ser y, además, presentan en sus cuerpos, en algunos casos como única prueba física, las mismas marcas.

Pero vamos por partes. A nuestra mesa de trabajo, comenzaron a llegar desde el exterior investigaciones similares a partir de 1985.

En ese primer momento dimos poco crédito a estas experiencias, hasta que su sucesión se hizo mayor y comenzaron a generarse también en Argentina.

Las visitas suelen repetirse a lo largo de la vida del protagonista y entrando más en sus recuerdos, la primera experiencia se registra en la infancia.

Volvamos ahora al caso específico de María T. En ese momento, 1990, contaba con 54 años de edad. Una dama muy culta, María T., es odontóloga, desempeñándose como Jefa de Odontología de un importante instituto médico de Bs. As., siendo también concertista de piano y pintora.

Al concluir ese episodio con la desaparición de la figura luminosa, la habitación quedó a oscuras, recuperó el movimiento y vio a su perrita Belén, que a pesar de estar despierta, se le notaba atontada.

Consultada por la conducta posterior del animalito, que siempre dormía en la habitación con ella, nos comentó que siguió aletargada y se negaba a volver al lugar.

De todos modos, María T., intentó no dar más importancia a la vivencia y tratar de obviarla.

Sin embargo, unos meses después, en septiembre de ese año 1990, la visita se repite. Esa noche siente que alguien la toca en el cuello y al abrir los ojos, vuelve a notar la rigidez paralizante que le impide mover un solo músculo. Al mismo tiempo escucha una voz emitiendo un sonido gutural inentendible.

A su lado, se encontraba el mismo ser fosforescente que gesticulaba emitiendo esos sonidos. Era todo luz y sólo puede notar sus ojos negros enormes, con fulgores rojos y una boca lineal que al moverse atraviesa la parte inferior de ese rostro de un lado a otro. Sintió que la piel del ser era rugosa, áspera y caliente, y al tocarla, primero en el cuello y luego en el brazo, la quemó.

En cuestión de segundos, recupera el movimiento y control de su cuerpo. Cuando logra incorporarse, la criatura a su lado se desplaza frente a sus ojos, como levitando, sin tocar el suelo, desapareciendo por la ventana cerrada.

La dama en cuestión no puede volver a dormir, se levanta cuando el resplandor desaparece y allí, en su ventana descubre la prueba de su visita. En la cortina, había una notoria área de 80 centímetros quemada, mostrando un tono marrón tostado, casi en el centro de la ventana, sobre el paño derecho y a unos 50 centímetros del borde inferior de la tela, de color blanco.

En los días siguientes, un helecho que tenía sobre el televisor junto a la ventana, se fue secando, sin que quedara nada de él.

Pero, además, María T., notó a partir de ese momento, una marca detrás de su oreja derecha con apariencia de corte de 1 centímetro de largo, que permanece aún muy notable ya que no se tuesta al sol. Hasta el día de hoy permanece asustada y temerosa.

 

Visitantes, experiencias en una familia

 

Una tarde febrero de 1992, un caballero se acercó a nuestro instituto para transmitirnos su experiencia.

Tenía 66 años en ese entonces, mostraba una actitud bondadosa, que se acentuaba con su cabello completamente blanco y una mirada profunda.

Damián Franco desciende de padres italianos igual que su esposa Rosa. Tienen tres hijos: Laura, Sebastián y Analía, todos casados.

Una noche de enero, muy calurosa, despertó sobresaltado por un ruido; con asombro, vio que a los pies de su cama, brillaba una figura como de 80 centímetros de alto. Su cabeza muy grande, con ojos oscuros y enormes era lo más visible, ya que el intenso brillo que emitía no dejaba ver mucho más.

Se dijo asimismo que debía estar dormido, parpadeo y volvió a ver la figura luminosa que giraba y salía por la puerta del dormitorio desplazándose hacia el comedor de la vivienda.

A su lado en la cama, su esposa dormía profundamente.

Don Damián se levantó y corrió a la figura, o más bien, a la estela luminosa que atravesó la sala, y la habitación que ocupaban sus hijas cuando eran solteras.

Había desaparecido. Revisó el departamento pero todo estaba en orden y sin saber qué pensar sobre su experiencia, volvió a su cama y la dejó en suspenso.

Tal vez algún día se enteraría.

Aproximadamente 30 días después, en una noche de febrero, despierta al escuchar su nombre. Allí estaba otra vez a los pies de su cama, la misma figura luminosa, destellando en colores violáceos su brillo inquietante y con sus ojos fijos en él.

Apenas pudo incorporar su cabeza, ya que estaba paralizado. Definitivamente comprendió que no era un sueño. Había lago allí y lo observaba; tenía brazos, flacos, pero definidos; un cuerpo muy chiquito, desproporcionado con respecto a su enorme cabeza. Esta vez no cerró los ojos y lo miró detenidamente.

No era humano, se parecía más a un insecto grande. No sentía miedo, solo asombro ante algo tan inusitado como aquello que estaba viendo.

A los pocos segundos, la criatura giró y se desplazó, como la vez anterior, desapareciendo de su vista.

Esta última visita se había producido dos días antes de que Don Damián se acercara a nuestra casa. Ante lo reciente del hecho y habiendo investigado otros fenómenos similares en la misma zona, solicitamos ampliar nuestra investigación "in situ".

Fue así que se nos permitió la entrada a la casa de los Franco, una familia que ostenta singularmente el calificativo de este apellido supuesto.

Y fue también el primer paso en el conocimiento de una serie de hechos de los que fuimos observadores privilegiados.

Entrevistamos a su hija mayor Laura, en ese entonces de 41 años, que nos comentó haber descubierto manchas de sangre en su cama, a la altura de su espalda, que también se evidenciaban en el camisón. Su esposo, recuerda haber despertado una madrugada, cuando una intensa luz azul entraba por la ventana inundando la habitación; Laura dormía profundamente y él, inexplicablemente, volvió a dormirse sin entender, al día presente, por qué no se levantó a investigar que pasaba, puesto que la ventana daba a su patio, de donde provenía la luz.

Cuando despertó, vio la espalda de su esposa con esas manchas de sangre y marcas como de rasguños en la piel.

Laura no tiene ningún recuerdo consciente de lo que pudo haber ocurrido, no sintió ningún dolor, aunque las marcas persistieron durante algún tiempo.

En esa época, vivía muy cerca de la casa de sus padres, en el mismo barrio.

Lo que siempre llamó su atención, es una cicatriz queloide que presenta en la pierna derecha de forma circular, que apareció sin ella saber cómo a sus treinta y dos años. La cicatriz tiene tres milímetros de diámetro. Los bordes son dentados, como si se hubiese practicado una extracción de tejido con un sacabocados.

Conociendo de dermatología, sabe que un queloide es la consecuencia de una cicatrización anómala luego de una incisión. Es casi imposible no recordar haberse producido una herida de estas características en la zona en que se encuentra. Aunque resulta mucho más difícil, que una incisión lo bastante profunda como para producir un queloide cicatrice de la noche a la mañana.

Ante los relatos y la existencia de las marcas en el cuerpo de Laura, interrogamos por separado a los dos miembros de este matrimonio en busca de otras pautas comunes de los visitados o abducidos por entidades extrañas.

Ambos recuerdan en su infancia una presencia extraña en el dormitorio. Despertar escuchando su nombre y ver luces en la habitación.

En los dos, se presenta un silbido en uno de los oídos que por unos segundos impide la audición.

Ambos han experimentado el mismo fenómeno endocrino, que consiste en grandes descargas de orina durante la noche, obligándolos a interrumpir su descanso entre siete y diez veces.

Encontramos además, un suceso curioso; la sangre de Laura difiere de la de sus padres.

Esto es, no tiene el grupo sanguíneo ni de su padre ni de su madre. Por supuesto, nos llamó la atención y agregó otros intereses en la tarea de investigación.

Reunidos todos los integrantes de la familia una tarde, recordaron un episodio vivido en el verano de 1966 y protagonizado por Analía, que en ese momento sólo tenía tres años de edad.

Vivían en una quinta en la zona oeste del Gran Buenos Aires, en ese tiempo. Laura y Analía ocupaban la habitación cuya ventana daba a la calle, breve jardín y cerca mediante. Enfrente, se extendía un cerrado bosque de una propiedad abandonada.

"Hacía mucho calor (cuenta Laura) y la ventana tenía levantada la persiana hasta la mitad y los vidrios abiertos. Me despertó Analía, que lloraba arrodillada en el silloncito debajo de la ventana".

Inmediatamente, corrieron los padres a la habitación de las niñas, tratando de calmar a la más chiquita.

Analía, se había despertado como todas las noches sin sobresaltos, pero vio luces que entrando por la ventana se reflejaban en la pared.

"Eran rojas, amarillas y azules (recuerda Analía). Me fui a la ventana y me subí a mi silloncito para ver afuera. Había tres aparatos con forma circular, uno muy bajo, justo frente a la ventana, que emitía las luces dentro de la habitación. Los otros dos flotaban más arriba, a la altura de las copas de los árboles. Las luces giraban y eran muy brillantes, los aparatos no hacían ruido. Me quedé allí quieta mirándolos y de golpe desaparecieron. Entonces creo que me asusté y empecé a llorar y gritar".

Nuestra amistad con la familia se ha hecho más fuerte en estos años, los hemos visitado a menudo y ahondado en sus experiencias.

Así, lentamente pudimos llegar a establecer que las visitas de ese extraño ser luminoso comenzaron para Don Damián a los cinco años.

Pero en apariencia, hubo otras que nuestro protagonista no recuerda.

Pudimos comprobar una mañana que su cama estaba manchada con lunares de sangre a la altura de las caderas.

Inmediatamente, recordamos que unos días antes otra de nuestras testigos, Hebe (su caso está expuesto en el próximo capítulo), aparecía con una clara marca en la cadera derecha.

Rosa, la señora esposa de Damián no había visto las manchas, que descubrimos nosotros antes que ella arreglara el dormitorio.

En septiembre de 1996, se presenta nuevamente el visitante, hasta ahora por última vez.

Esa noche, Damián tuvo claramente la imagen mental de un paisaje yermo, sin vida, que percibía mientras contemplaba a la criatura brillante.

El protagonista cree que fue un mensaje telepático enviado por el ser.

En el momento de escribir esta obra, una de sus nietas, Florencia, de 11 años, ha comenzado a tener este tipo de experiencias nocturnas y también de manera consciente.

La niña despertó una noche al sentir que alguien apretaba su brazo y le quitaba las sábanas que la cubrían. Con horror, vio que un "muñeco" de cabeza grande, sin pelo y ojos penetrantes, se encontraba junto a ella en su cama. La habitación estaba muy iluminada. Sólo cuando la luz se apagó, se sintió libre y gritó.

El relato de Florencia, que nos fue referido por ella misma, sin estar presentes sus padres ni abuelos, nos está llevando a la conclusión que el fenómeno afecta a toda la familia.

 

Una presencia diabólica

 

A este caso lo conocimos a través de la madre de la protagonista.

Elizabeth R., y su marido (ambos de 32 años de edad) fueron testigos del hecho cuando una noche, a poco de irse a acostar (mayo de 1992), sienten un ruido y ven ambos un pequeño ser como los descriptos en los casos anteriores, fosforescente, que los mira desde los pies de la cama. La ubicación geográfica de la casa de este matrimonio es a 100 metros de la casa de la familia Franco y a 300 metros de la casa de María T.

El matrimonio es profundamente religioso, católicos practicantes; cuando el ser extraño hace su aparición en el dormitorio, comienzan a rezar e instantes después el ser desaparece, sin que ellos (según explica la madre de Elizabeth) puedan explicarlo.

En días siguientes la pareja hace bendecir la casa por medio de un sacerdote católico. La creencia de la pareja es que esa noche habían recibido la "visita" de Satanás o de uno de sus secuaces, tal fue su profunda impresión.

En reiteradas ocasiones quisimos entrevistar a los protagonistas siendo rechazados sistemáticamente; en ese caso "la creencia religiosa excluyó a la investigación ufológica". No es la primera vez que nos pasa que al presentarnos como investigadores del fenómeno ovni o de actividad paranormal, se nos otorgue el extraño "privilegio" de tener que ver con cosas satánicas o de brujería. Por otro lado seguimos notando que el pensamiento mágico sigue prevaleciendo sobre el investigativo; sigue siendo más "normal" creer en la aparición de un Angel o de un Diablo (que son figuras atávicas y fáciles de reconocer por nuestro subconsciente), que un ser chiquito y cabezón, aunque éste deje evidencia física muchas veces.

El hecho de rezar y que la figura desaparezca es curioso, pero recordamos un caso en EE.UU., donde la reiterada víctima recomendaba a otros protagonistas de hechos similares, que rezaran o recitaran un mantram en el momento de la aparición de los seres, ya que eso les impediría a éstos llevar a cabo sus planes. Reconocemos que para una persona creyente, rezar o utilizar otro método de "conexión con lo infinito" puede disparar dispositivos subconscientes que de alguna manera anulen la percepción.

En este caso estamos hablando de un hombre y una mujer que simultáneamente ven una figura definida con todo detalle.

¿Puede darse una alucinación conjunta con tales coincidencias?

¿Hay algún proceso psicológico que lo explique satisfactoriamente?

Hasta ahora no hemos tenido respuesta satisfactoria.

 

El caso de Sandra y Sergio

 

Este caso al que vamos a referirnos a continuación, ocurrió en julio de 1992, a pocas cuadras del anterior y también es protagonizado por un matrimonio; en este caso por Sandra (27 años) y Sergio A. (26 años).

Aquella noche, a poco de acostarse y ya con la habitación oscura, ambos perciben que son observados y ven a través de una ventana que da hacia un patio interno (ellos estaban en una planta baja) algo que los sorprende.

Aquí los relatos difieren, ya que Sandra observa un pequeño ser que parecía flotando; mientras tanto su marido declara haber visto únicamente una esfera luminosa. Después de un instante esta luz desaparece y Sergio se levanta caminando hacia la ventana para seguir observándola, aunque sin éxito.

Según lo declarado por Sandra, su vecina del piso superior se asustó esa noche al ver una esfera luminosa dentro de su casa; este último detalle hemos podido confirmarlo personalmente.

Este caso tiene una connotación sumamente interesante, ya que Sandra, al tiempo de esta experiencia, tenía un fibroma que le causaba cierta preocupación. Tiempo después de esta vivencia, ella "sueña" que un ser pequeño, de cabeza enorme entra a su habitación, la paraliza y procede a introducirle una larga aguja en uno de sus ovarios, el dolor es tan insoportable que ella despierta aterrorizada.

Tiempo después descubre que está embarazada, y al hacer una ecografía se sorprende, porque el fibroma había desaparecido por completo.

No es la primera vez que los visitados mejoran su salud o sus dolencias después de las visitas. Actualmente Sandra y Sergio se han mudado al gran Buenos Aires, donde Sandra tuvo su nuevo niño. Al día de hoy estamos tratando de localizarla para confirmar si su descendencia cumple con algunos descubrimientos realizados por nosotros y que describimos en los últimos capítulos.

 

Sobre los autores:

Eduardo L. Grosso es Licenciado en Administración de Empresas, investigador en el campo de la Parapsicología y el fenómeno Ovni.

Liliana E. Flotta de Grosso es docente y esteticista; también investigadora de fenómenos parapsicológicos y ovníloga.

Desde 1987, dirigen el Instituto de Parapsicología Investigativa y el Centro Cultural Shambhala. Han brindado gran cantidad de conferencias y seminarios sobre su especialidad y publicado artículos en diversos medios de Argentina y del exterior.

A partir de 1986 comenzaron a estudiar los casos de abducciones y "visitantes de dormitorio", debido a la abundante casuística que comenzaron a recoger en nuestro país.

En 1994 fueron premiados con el premio "Educarte 1994" por su labor de investigación y labor en el medio radiofónico, premio otorgado por la Secretaría de la Minoridad y el Ministerio de Educación de la Nación.

En este momento se encuentran abocados al estudio integral de esta fenomenología, dirigiendo un grupo interdisciplinario a tal efecto.

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